Una basílica para expiar la revolución: lo que Covadonga comparte con Montmartre

Tras la Comuna de París y los cantones del Sexenio, las derechas católicas de Francia y España levantaron sendas basílicas para pedir perdón por la revolución y conjurar su regreso.

Recomendados

Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en historia. Colabora con medios como La Marea, Público o Jot Down y es coordinador de El Cuaderno. Es autor de 'Yo podría haber sido Fidel Castro' (2024).

Una se levantó en la colina donde había estallado la Comuna de París; la otra, en la cuna mítica de la nación española. El Sacré-Coeur de París y la basílica de Covadonga son hijas de un mismo miedo: el que las revoluciones de 1868 a 1874 inspiraron a las gentes de orden. Las dos se pagaron con limosnas de multitudes de fieles, las dos se encaramaron a una altura para ser vistas y para vigilar, y las dos buscaron en un pasado remoto el antídoto contra un presente que las aterraba.

El miedo al rojo

París tuvo una Comuna y España, cantones. El Sexenio Revolucionario español no fue tan violento, ni llegó tan lejos, como la Comuna de París, pero no asustó menos a las gentes «de orden» del país. Práxedes Mateo Sagasta, viejo revolucionario liberal, vio en la Comuna de París «los hechos más bárbaros que registran los anales de la Historia» y, ya en las Cortes del Sexenio, promovía la ilegalización de la Internacional, «verdadera conspiración contra todo lo existente». Y la salvaje represión de los communards por la Tercera República Francesa no debió de desagradarle: en la Semana Sangrienta de mayo de 1871, las tropas versallesas de Adolphe Thiers mataron a entre diez mil y veinte mil parisinos, y en los meses siguientes unos cuarenta mil fueron detenidos y alrededor de cuatro mil quinientos deportados a Nueva Caledonia.

La revolución cantonal en una caricatura de 1873.
Barricadas en la Comuna de París.

Sofocada la revolución, cuenta un testigo citado por Enzo Traverso, se desencadenó en París «una furia demencial contra todo lo que era rojo: ropa, banderas, ideas y hasta el lenguaje»; el rojo se había convertido en «una enfermedad mortal» que había que extirpar como «la peste y el cólera». Y en medio de aquel clima se empezaron las obras de una basílica: la del Sacré-Coeur, en Montmartre. Aunque el proyecto era anterior a la Comuna, la Asamblea Nacional de 1873 la justificó como obra destinada a expiar y borrar los crímenes que habían coronado los dolores de Francia. La Comuna había estallado precisamente en Montmartre, cuando la Guardia Nacional impidió al ejército llevarse los cañones de la colina. Y por eso Rohault de Fleury proclamó que la nueva iglesia se alzaría allí donde la Comuna había empezado.

Sofocada la revolución, cuenta un testigo citado por Enzo Traverso, se desencadenó en París «una furia demencial contra todo lo que era rojo: ropa, banderas, ideas y hasta el lenguaje»

La revolución española fue menos dramática, pero tuvo sus momentos de vértigo: en el verano de 1873, con la Primera República recién nacida, los internacionalistas de Alcoy se alzaron en la revolución del Petróleo y mataron al alcalde, y una oleada de cantones independientes prendió de Sevilla a Valencia y de Málaga a Cartagena, cuyo cantón resistió hasta enero de 1874 con una flota propia que llegó a bombardear Almería y Alicante. Aquel susto no se olvidaría pronto. El régimen que vino después, la Restauración canovista, también se puso a edificar una basílica en cuanto echó a andar, y eligió para ella el lugar más simbólico posible: Covadonga, donde el mito situaba el nacimiento de España.

Del Auseva al Vaticano

Covadonga tenía, además, su propia cuenta pendiente con la revolución. El año de 1868 había empezado allí con un argayu que se había llevado por delante parte de la iglesia de la colegiata. En 1877, Alejandro Pidal recordaba la enorme piedra que había caído del Auseva sobre el santuario como «precursora de la avalancha de males que iban a despeñarse sobre España». Un nuevo obispo, Sanz y Forés, había llegado a Oviedo dos meses después de la revolución, convencido de que «la impiedad ha declarado guerra de muerte al catolicismo».

Vista de la basílica durante su construcción, en 1893.
Montmartre en obras.

Corrían, por otra parte, los años del «papa prisionero», tras la conquista de los Estados Pontificios por la Italia unificada, y a uno y otro lado de los Pirineos se quería expiar también esa otra revolución. Alejandro Pidal cerraba aquel escrito de 1877 pidiendo donativos para la basílica sin que los católicos desatendieran «el cumplimiento de deberes tan sagrados como el de proporcionar al Sumo Pontífice Pío IX, despojado por la revolución, limosnas». La basílica parisina y la asturiana pertenecían a la misma constelación ultramontana; la que un superior marista resumía en 1877 en tres devociones: el Sagrado Corazón, la Inmaculada y el Romano Pontífice.

En ambos casos se buscó un lugar elevado. Montmartre convenía porque se ve desde todo París; Zola se quejaba en 1898 de que era imposible no ver la basílica. En Covadonga se escogió una colina llamada El Cueto, que se aplanó, por ser «centro geográfico» del anfiteatro de montañas, y porque su plaza almenada permitiría «atalayar cuanto transita por la vía que abajo serpea». Las dos iglesias estaban hechas para ser vistas desde abajo y para vigilar desde arriba. Pero ninguna de las dos colinas se dejó domar fácilmente: Montmartre, minado por antiguas canteras de yeso, necesitó 83 pozos rellenos de hormigón de 33 metros de profundidad antes de que se viera una sola piedra, y El Cueto también escondía «grandes oquedades que hicieron necesarias prolijas y gravosas tareas de relleno», y en ello se fueron cinco años y casi medio millón de pesetas. En Asturias como en París, la primera fase de la obra fue un gasto enterrado literalmente, que exigía a los donantes fe en lo que no veían: una pedagogía de la constancia que La Época exaltaría en 1902 al llamar a la basílica «maravilla de la fe, de la constancia y del entusiasmo».

Piedra a piedra

El Sacré-Coeur se pagó con una suscripción nacional de millones de donantes, organizada con ingenio: la souscription des pierres de Rohault de Fleury permitía a cada familia costear una piedra, una columna o una capilla y ver su nombre grabado en ella. En Covadonga, una Memoria de 1893 agradecía a todos los que, «desde el acaudalado hasta el pobre, han puesto una ventana, o una piedra, o una paletada de mortero en el templo de la Virgen». En ambos casos se construía un «monumento nacional» con una nación de donantes, graduada por la cuantía del donativo, y no con la nación de los votantes.

Contra un siglo que se jactaba de mirar hacia adelante, las dos basílicas escogieron un estilo que miraba lo más lejos posible hacia atrás. Abadie ganó el concurso francés con un romanobizantino opuesto al neobarroco del Segundo Imperio. En Covadonga, el adjetivo bizantino aparece en casi todos los textos de la primera década: Sanz y Forés prefería el «estilo de la transición del bizantino al ojival», y su sucesor, Martínez Vigil, defenderá todavía el «estilo bizantino del siglo XII». En ambos casos, el adjetivo expresaba menos un gusto artístico que una ideología: una arquitectura cristiana anterior al gótico significaba tomar distancia del Renacimiento y la Ilustración.

Hay, con todo, una diferencia esencial: el Sacré-Coeur domina una capital, y Covadonga, un valle remoto de los Picos de Europa, a un día de camino de Oviedo o de Gijón. Desde la basílica rosa no se divisaba ninguna colomina insurrecta. El verdadero equivalente español del Sacré-Coeur, levantado para vigilar barrios obreros, es el «Templo Expiatorio Nacional» del Tibidabo, «el nuevo Montmartre de Barcelona» en palabras del obispo que lanzó el proyecto en 1886. Pero Covadonga no necesitaba ver los barrios obreros para vigilarlos: vigilaba otra cosa, que era el tiempo. Montmartre expiaba una revolución; Covadonga la desmentía, recordando que España había nacido de una cruzada y no de una asamblea, y que todo lo que viniera después —las Cortes, los cantones, la Internacional— era un accidente en el relato de una nación católica desde la cuna. La basílica rosa no apuntaba hacia la ciudad, sino hacia el origen; y desde allí, como desde Montmartre, seguía mirando, con sus torres, hacia abajo.

Actualidad

spot_img