“La violencia de Gaza nos ha envenenado y degradado moralmente a todos”

Santiago Alba Rico publica "Gaza y el destino del mundo" cuando se cumplen tres años de la invasión de la Franja.

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Estela PG
Estela PG
Es periodista.

“El mejor ensayista español vivo”, según César Rendueles, Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) piensa Gaza como el lugar donde el mundo que conocíamos se ha inmolado. No como una anomalía, sino como el laboratorio visible del orden que viene. En su último ensayo, “Gaza y el destino del mundo” (Arpa, 2026), el filósofo y escritor, profundo conocedor del mundo árabe, repasa el impacto moral y político del genocidio. Entre sus páginas encontramos profundas reflexiones sobre la responsabilidad de Europa y Estados Unidos, la quiebra del relato mediático sobre Israel y el auge de una ultraderecha global.

Cuando se cumplen tres años del inicio de la invasión de Gaza conversamos con Alba Rico a propósito de su reciente visita a Asturies para hablar en La Llocura, Cambalache y La Revoltosa.

Sobre Gaza, ¿qué es exactamente lo que nos obliga a asumir como sociedad y a vernos a nosotros mismos como sociedad?

Varias cosas, pero hay una que me parece particularmente preocupante. Lo que nos obliga a asumir es que hemos mirado, por primera vez en la historia, algo que no debería haber ocurrido sin poder intervenir. Habitualmente, la violencia contamina al que la ejerce y al que la sufre. Pero, en este caso, también ha contaminado a quien, sencillamente, la ha mirado durante años: en tiempo real, minuto a minuto, en las cámaras de televisión, en las redes, etcétera.

Esto introduce una experiencia sin precedentes, una fractura civilizacional sin precedentes, porque la violencia nos ha envenenado y nos ha degradado moralmente a todos; tanto más cuanto que no hemos podido hacer nada para interrumpir la violencia del Estado de Israel. Creo que es una fractura civilizacional muy grande. En un momento del ensayo digo, de manera amarga y provocativa, que si Hitler hubiera introducido cámaras en las cámaras de gas, probablemente habría podido llegar hasta el final en la ejecución de su plan criminal contra los judíos.

Pensábamos que, cuanto más veíamos y más sabíamos, más nos protegíamos de la violencia. El genocidio de Gaza ha demostrado que es todo lo contrario: el impudor, el exhibicionismo y la desinhibición protegen al criminal, en lugar de erosionar su crueldad o su violencia.

Hablas sobre la responsabilidad que tenemos como observadores externos dentro del conflicto. ¿Cómo crees que hemos asumido esa responsabilidad? Y, por otro lado, ¿cuál crees que ha sido la responsabilidad que han tenido y siguen teniendo las potencias occidentales?

Está, por un lado, la culpabilidad, porque hay una dimensión casi moral en quien mira y no puede intervenir. Luego está la responsabilidad de quienes sí pueden intervenir y no han hecho nada. Y, obviamente, en relación con Israel, hay fundamentalmente dos polos o dos instancias: Estados Unidos y Europa.

Estados Unidos ha apoyado a Israel de forma activa, decidida y también impudorosa. Europa, en cambio, no ha recurrido —mientras sí lo hacía con Rusia— a los instrumentos que tiene para presionar a Israel; ni siquiera ha sido capaz de suspender los acuerdos comerciales preferenciales con el país. Por lo tanto, creo que, en ese sentido, nuestros gobiernos son en buena parte responsables de lo que ha ocurrido y de lo que sigue ocurriendo.

No hay que olvidar que, mientras mantenemos esta conversación, están muriendo niños: unos, bombardeados, porque los bombardeos prosiguen todos los días; otros, de hambre; otros, por enfermedades evitables.

“Necesitamos que Europa cumpla otro papel si queremos no solamente conservar para nosotros los valores democráticos”

La cuestión es que, en realidad, esta posición de Estados Unidos y de Europa está contribuyendo al debilitamiento de ambos, es decir, de eso que se ha llamado el bloque occidental, frente a un llamado sur global que ya no siente ni ganas de copiar los modelos de gobernanza o de gestión democrática que propone Occidente. Y esto es terrible, porque a todos nos daña. Necesitamos que Europa cumpla otro papel si queremos no solamente conservar para nosotros los valores democráticos, sino también transmitírselos a poblaciones de otras regiones del mundo que están viviendo bajo dictaduras.

Pienso, por ejemplo, en el mundo árabe, con la hipocresía que también lo ha caracterizado: muchos presidentes autocráticos hacen discursos retóricos de apoyo a Palestina, pero luego no hacen nada por ella, e incluso persiguen a las poblaciones que se manifiestan en su favor. Es obvio, entonces, que estas poblaciones del llamado sur global —que en un 95 % apoyan a Palestina— se encuentran sin nadie a quien recurrir, ni siquiera mentalmente, para detener esa barbaridad.

El daño que Estados Unidos y Europa han hecho a la legalidad internacional, al derecho internacional, creo que es, en estos momentos, probablemente irreversible.

Ya que parece que estamos hablando del fin del conflicto de Gaza, con el pesimismo que ha dejado todo el genocidio, ¿crees que puede haber algo de futuro esperanzador para lo que puede quedar de la población palestina ahora mismo? ¿Y crees que puede haber alguna posible compensación a nivel de justicia?

En estos momentos, lo único que nos debe impedir ser no ya pesimistas, sino terroristas, es precisamente la existencia y la resistencia de los propios palestinos. En definitiva, lo único que hemos podido transmitirles durante estos tres años ha sido un poco de solidaridad. No podíamos dejar de alegrarnos por la interrupción de la Vuelta Ciclista a España el año pasado, no porque eso tuviera —como no ha tenido— ningún efecto político inmediato, sino porque, en cualquier caso, para la población palestina de Gaza —que vive entre escombros, bombardeada todos los días, pero que aún mantiene ese contacto con el exterior— saber que hay gente pensando en ellos les nutre de energía y de fuerza para seguir, ingenuamente, haciendo todos los días los mismos gestos de supervivencia.

No nos podemos permitir ser pesimistas. Dicho esto, creo que hay que perder de vista, de manera inmediata, cualquier posibilidad de reconocimiento de un Estado palestino, bajo cualquier forma que queramos concebirlo, porque para que eso se produzca tienen que darse tres factores de manera simultánea. El primero es, desde luego, la presión de Europa y Estados Unidos sobre Israel.

El segundo es la revuelta del propio pueblo israelí contra sus dirigentes: mientras no haya una resistencia interna, es muy difícil que Israel —que niega la existencia del pueblo palestino y de un Estado palestino desde su fundación misma— se incline y acepte negociar. Y el tercero es la democratización de la zona, que estuvo a punto de producirse hace ya catorce años con las llamadas revoluciones árabes y que, naturalmente, Israel impidió —hizo todo lo posible por impedirla— a través de sus paniaguados dirigentes árabes del Golfo. Para que haya una solución al problema palestino, tienen que darse esas tres cosas: democratización del mundo árabe, presión de la población israelí sobre su gobierno y presión de Europa y Estados Unidos sobre el gobierno israelí.

Santiago Alba Rico en Oviedo/Uviéu. Foto: David Aguilar Sánchez

Ninguno de esos tres factores se está produciendo en estos momentos, pero conviene no dejarse llevar por el pesimismo. Como suelo citar, recordando esa pintada en una pared de Buenos Aires: «Dejemos el pesimismo para tiempos mejores». Ahora mismo no nos lo podemos permitir.

P: Como gran conocedor de la importancia del marco narrativo: ¿crees que ha habido un gran recorrido en lo que podemos considerar el relato —la representación mediática del conflicto de Gaza y Palestina— dentro de los medios de comunicación occidentales?

R: Lo que ha ocurrido, respecto de bombardeos anteriores o de acciones criminales de Israel en años pasados, es que en este caso se ha quebrado, de alguna manera, el prestigio de Israel como Estado democrático; así lo demuestran todas las encuestas que se han hecho en el conjunto del mundo. Se ha quedado muy solo, acompañado por gobiernos que, de esa manera, se pegan un tiro en el pie y cavan su propia tumba.

Israel era un Estado que gozaba de prestigio, desde luego, entre la población europea o entre la población de América Latina; ahora mismo ya no lo tiene. Nunca lo ha tenido en África ni en Oriente Próximo, pero es verdad que ese prestigio se ha quebrado y que será muy difícil que Israel lo recupere, al menos entre los sectores de población que sí lo tenían. Eso es importante, porque hay una quiebra de un relato que, en realidad, prolonga los mismos parámetros y los mismos temas.

Estamos, una vez más, ante estos procedimientos de deshumanización del otro, que son problemas muy convencionales y muy banales: se repiten, no importa quién sea la víctima, ya sean los hutus, los rohinyás, los judíos o, en este caso, los palestinos. Creo que hay un relato que se repite una y otra vez desde la fundación de Israel, y que está todo encaminado a negar la existencia del pueblo palestino. Como sabes, en Israel nadie habla nunca de palestinos, sino de árabes, y eso es importante recordarlo.

Como sabemos, siguen insistiendo en que, en realidad, los palestinos son terroristas. Y, en este caso, lo que ocurre es que el terrorismo, como una mancha de aceite, ha acabado cubriendo el conjunto de la población palestina. Los niños mismos son terroristas.

Creo que ha habido una quiebra de ese discurso. El discurso de la hasbara israelí, de la propaganda israelí, había funcionado bastante bien, pero, en este caso, el propio impudor —que decíamos antes que había protegido al Estado de Israel— lo ha expuesto a un desprestigio político y moral sin precedentes. No sé cómo podemos aprovecharlo, pero convendría que, entre todos, pensáramos cómo hacerlo. No porque podamos hacer nada directamente contra Israel, sino porque sí hemos comprobado que contra nuestros propios gobiernos sí podemos hacer algo. Nuestra obligación, en este caso, es actuar sobre nuestros gobiernos, que son a quienes votamos y quienes, en realidad, están sosteniendo todo esto.

Incluido el nuestro, que probablemente es, en estos momentos, el mejor del mundo. Pero que sea el mejor del mundo dice mucho del mundo en el que vivimos.

¿Crees que Occidente está entendiendo la política internacional teniendo en cuenta a todos estos países —con las diferencias que hay entre ellos: la cultura, las dinámicas políticas y sociales—, o que estamos asumiendo esa democratización unitaria que se supone que nuestros gobiernos quieren dar al resto de países?

Yo creo que, en estos momentos, estamos sufriendo un proceso muy claro de desdemocratización global, y esa desdemocratización, en casi todas partes, está asumiendo rasgos muy parecidos. Cuando hablamos del mundo árabe, del mundo árabe musulmán, del Próximo Oriente o del sur global, por un lado es verdad que olvidamos las diferencias enormes que hay entre unos países y otros; pero, al mismo tiempo, también olvidamos que los retrocesos que sufre todo el mundo afectan por igual a poblaciones que siempre han sido olvidadas, tanto por Occidente como por sus propios gobiernos. Piensa, en estos momentos, en qué gobiernos son democráticos, en qué gobiernos se preocupan, de alguna manera, por el bienestar de sus ciudadanos.

Son muy pocos los que podemos encontrar: los contamos con los dedos de una mano. A mí lo que me preocupa no es tanto que no entendamos esas diferencias, sino que toda la población mundial, por igual, está viviendo un momento en el que la combinación de políticas neoliberales y neocoloniales con dictaduras y autocracias locales la está dejando, no solo sin acceso a servicios públicos ni a la satisfacción de cosas elementales, sino, de nuevo, sin voz. Y un mundo sin voz es un mundo que, finalmente, acaba gritando. Ya hemos visto lo que ocurre cuando no se permite a la gente ni comer, ni respirar, ni hablar.

Al final, todo estalla. En estos momentos, creo que estamos en un proceso en el que ese estallido se está canalizando a través de una ultraderecha global que, unas veces, adopta la forma de yihadismos o islamismos radicales; otras, la de neonazismos —como estamos viendo en Alemania, donde AfD acaba de ganar las elecciones en Sajonia—; y otras, la de evangelismos radicales y reaccionarismos religiosos. Creo que eso es lo que, en estos momentos, tiene en común todo el mundo. Entonces, cuando pensamos en las diferencias culturales, lo que hay que preguntarse es cómo esas diferencias están dando coloración a fenómenos que son transversales y globales.

Tenemos, entonces, una ultraderecha que en unos lugares adopta la forma de evangelismo militante; en otros, la de yihadismo; y en otros, la de neonazismo e islamofobia radical. Hay, por tanto, una cierta monotonía y homogeneidad en el fenómeno global que nos atenaza como una araña, aunque es verdad que en cada país, según su historia y su cultura, esto se manifiesta de una manera distinta. Pero veo que, ahora mismo, estamos todos un poco en el mismo lugar.

Dentro de eso, ¿consideras algún territorio o movimiento social que pueda estar proponiéndose como una confrontación a todos estos procesos de radicalización que, al final, son totalitarios?

Si pensamos, por ejemplo, en el mundo árabe, que conozco bastante bien, la izquierda jugó un papel muy pequeño en las revoluciones de 2011-2015 y, hoy, es completamente irrelevante. No hay nada organizado —ni en términos discursivos ni en términos de partido o de estructura— capaz de interpelar a las mayorías sociales. Eso implica una orfandad muy grande: las poblaciones se refugian en una vida cotidiana cada vez más castigada. Pienso en Túnez, donde ahora mismo hay cortes de luz, como en La Habana, y donde no se encuentran productos básicos en los supermercados.

Existe, en estos momentos, esta incapacidad de la izquierda global para interpelar a las mayorías sociales. Y, en una situación así, ¿dónde te refugias? ¿En una vida privada en la que penetran los tentáculos de la desigualdad y de la creciente penuria económica, o en las fuerzas reaccionarias?

Yo no veo nada, salvo el único ejemplo que se me ocurre citar como esperanzador, y que surge, curiosamente, del corazón del imperio: de Estados Unidos. Hemos visto a Mamdani, que además es musulmán y que, en fin, ha recogido todas las reivindicaciones de eso que se llama el wokismo, de los woke, pero que, al mismo tiempo, tiene una propuesta de orden social y económico muy poderosa. Lo hemos visto movilizar a jóvenes, a asiáticos, a negros y a hispanos para alcanzar la alcaldía de Nueva York. Quizá ahí es donde vemos un futuro: en esa transversalidad y esa pluralidad de las reivindicaciones de estas últimas décadas de la izquierda, que tienen que ver, desde luego, con lo económico, pero también con los derechos civiles y con los derechos sexuales.

Es una figura que, de alguna manera, ha conseguido —en un lugar pequeño, aunque simbólicamente muy importante— interpelar a una mayoría social suficiente como para ganar las elecciones a la alcaldía, con, por cierto, la mayor participación de la historia en esos comicios municipales. Alguna esperanza tenemos que encontrar, y algún ejemplo de victoria tenemos que proponer para agarrarnos a algo. Pero habrá, seguro, millones, Estela, en estos momentos.

En el norte de África no conozco ninguna alternativa de izquierda progresista y republicana que pueda activar nuestra esperanza, pero seguro que en el África subsahariana hay decenas de iniciativas y movimientos a los que habría que prestar atención. Habrá que buscarlos, porque creo que necesitamos un asidero para la esperanza.

Una vez comentabas que uno de los errores que se había cometido era mantener esa visión de los clásicos bloques de izquierda y derecha, más asociados al siglo XX. Pero ha habido un proceso de aceleración tanto social como tecnológico que quizá ha ido más rápido de lo que la izquierda ha podido asumir con las reivindicaciones y necesidades actuales de la sociedad. Aunque muchas de ellas sigan siendo las mismas, también han evolucionado y han cambiado. ¿Crees que la izquierda no ha sabido adaptarse tan rápido? Porque en los bloques de derecha sí que lo estamos viendo.

Lo que yo digo, si juzgamos por el ejemplo de España, es que la propuesta del primer Podemos, a partir de 2014, fue precisamente acabar con el eje izquierda-derecha para plantear un populismo progresista en el que el eje fuese, más bien, las mayorías sufrientes contra esas minorías que entonces se llamaban «la casta»: el 1 %, el 99 % contra el 1 %. Y eso funcionó, inicialmente.

Pero lo curioso es que quien ha recogido ese discurso, y ha sabido llevarlo más lejos, ha sido justamente la extrema derecha, haciendo un poco lo mismo. Y, para hacerlo, ha tenido que inventarse una izquierda que no existe.

Fíjate en España, donde se habla de «gobierno socialcomunista» y se menciona constantemente el comunismo. Trump no deja de hablar del comunismo. El enemigo, por tanto, de esa derecha ultraderecha populista es algo que no existe: el comunismo, que todos sabemos que dejó de existir hace muchísimo tiempo.

Dejó de existir, desde luego, como organización estatal y de la producción, pero también como ideología. Es paradójico, y a la vez interesante, ver cómo la ultraderecha ha sabido activar e interpelar a las mayorías sociales a través de una confrontación completamente ilusoria contra un comunismo que no existe, pero que, en la cabeza de quienes votan a la ultraderecha, sí existe: como una amenaza inminente que hay que frenar.

Son un poco los mecanismos que vienen de la Guerra Fría y de todos esos principios de la Propaganda, ¿no?

Sí, pero lo curioso es que, durante la Guerra Fría, sí había países que al menos se decían comunistas; había una Unión Soviética. Como siempre contaba Fontana, el comunismo no fue una realidad en la Unión Soviética de Stalin, pero sí lo fue, de alguna manera, como amenaza: la Unión Soviética de Stalin y la amenaza del comunismo son la fuente, la artífice indirecta, del Estado del bienestar europeo. Es decir, el Estado del bienestar europeo es lo que ha habido de socialismo en el mundo durante un periodo relativamente breve, gracias a la existencia de un bloque que se decía comunista y que, en realidad, no lo era.

Son, en fin, paradojas de la historia. Ahora mismo, en todo caso, estamos en una situación en la que hay que encontrar la manera de recuperar el modo de interpelar a las mayorías sociales sin hacer concesiones en términos de derechos civiles, de todo lo que se ha adquirido en cuestiones de género, etcétera. Porque veo también una cierta izquierda que recupera viejos discursos, aparentemente muy radicales, en los que, frente a un fantasma de identitarismo de género y demás, se refugia en un identitarismo obrerista o en un identitarismo viejuno.

Creo que eso es peligroso, y parte de la ilusión de que, en realidad, habría que combatir a la ultraderecha aceptando rellenar de contenido ese fantasma que invoca una y otra vez: el comunismo stalinista de antaño. Y creo que no es una buena idea.

Creo que no podemos hacer ninguna concesión en el ámbito de los derechos civiles, de género, sexuales o reproductivos. Eso es muy peligroso.

Cuando hablas de esas concesiones o de esas negociaciones dentro de estrategias políticas, llega un momento en el que estamos hablando de derechos humanos, de la Carta de la ONU: cosas que se suponían intocables y que ahora están en tela de juicio.

Por eso, en mi libro digo que, naturalmente, el derecho internacional nunca se ha cumplido del todo: se ha violado reiteradamente. Por eso mismo era el triunfo de la hipocresía; pero era una hipocresía triunfante, porque la hipocresía también introduce efectos performativos en el mundo, obliga a negociar, a sentarse a una mesa de negociación. Hemos pasado de la hipocresía al cinismo, a la declaración explícita de «yo me quiero quedar con Groenlandia» o «yo me voy a quedar con Ucrania, o con Israel».

«Nunca habrá un Estado palestino, nos vamos a quedar con toda Gaza», lo han repetido una y otra vez en los últimos días; o «vamos a matar a treinta niños al día», como decía Ben-Gevir, el ministro de Seguridad Nacional israelí. A alguien le podría parecer que, al menos, ya sabemos a qué atenernos: han caído las máscaras y tenemos un mundo explícitamente violento; eso sería bueno, por lo menos sería un mundo transparente. Pero no es bueno, porque la opacidad de la hipocresía ha obligado, muchas veces, a sentarse a mesas de negociación y a llegar a acuerdos; tiene efectos. Es siempre preferible la hipocresía a la violencia explícita.

En ese sentido, creo que sí se puede hablar de que el genocidio de Gaza, como eje simbólico del nuevo orden mundial, ha acabado con el mundo surgido de la Segunda Guerra Mundial y con el derecho internacional que cristaliza en los tribunales de Núremberg y en la fundación de las Naciones Unidas. Creo que sí. Es muy difícil, siempre, porque somos cuerpos diminutos sumergidos en el flujo del tiempo, saber si se está acabando el verano, si hemos cogido una gripe, si nos ha abandonado nuestro amante o si estamos viviendo una encrucijada civilizacional. Yo diría que no es una gripe, que no se ha acabado el verano y que no es que nos haya abandonado nuestro amante: es que estamos viviendo, realmente, una encrucijada civilizacional.

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