El actual Palacio del Congreso de los Diputados se inauguró el 31 de octubre de 1850, día del vigésimo cumpleaños de la reina Isabel II. Los primeros leones se colocaron a ambos lados de la escalinata en 1851; fueron modelados por Ponciano Ponzano y construidos en yeso pintado que imitaba el bronce. Asolados y a la intemperie, el yeso se deterioró rápidamente y en mayo de 1859 se encargó a José Bellver una nueva pareja. Esta nueva pareja era más pequeña y se consideró que carecía de la monumentalidad necesaria. Fueron rechazados y para el tercer intento se llamó de nuevo al aliterante Ponciano Ponzano. Se fundieron, para ello, dos nuevos leones en bronce en la Fábrica de Artillería de Sevilla. Anotemos su nacimiento: el primero el 24 de mayo de 1865 y el segundo el 22 de julio de 1865. Se utilizó para su construcción metal procedente de cañones capturados en la guerra de África. Tras años cincelando y perfeccionando sus formas finalmente llegaron a Madrid en 1872. El Archivo General de Andalucía sitúa la colocación el 26 de mayo de 1872 mientras que una ficha municipal madrileña indica el 20 de abril. Día arriba, día abajo, fue desde aquella primavera que los leones ocupan su emplazamiento actual desde la primera de aquel año.
De todas formas, hasta ahí la historia oficial. La historia que más me gusta sobre los leones es la siguiente:
Atalanta era hija de reyes. Según algunas fuentes, hija de reyes de Arcadia; según otras, hija de reyes de Beocia. Fuera cual fuese su código postal, su padre el rey, que deseaba un varón y no una hembra, renegó de ella y la abandonó en los montes. Allí fue amamantada y criada por una osa y creció al amparo y cuidado de la diosa Diana. A ella se consagró y siguiendo su ejemplo decidió mantener su virginidad durante toda la vida. Posiblemente otra motivación para este voto fue aquel oráculo que la advirtió que vincularse a alguien solamente iba a traerle problemas.
Por una serie de azares, su padre la acogió de nuevo y por otra serie de azares al final ella cedió a la propuesta de matrimonio. Atalanta permanecía firme no obstante en retrasar el matrimonio a toda costa y puso una condición: sólo se casaría con aquel pretendiente que le ganase en una carrera. Aquel que optara a competir con ella y no pudiera vencerla pagaría con su vida la derrota y por ello la Arcadia (o la Beocia) se fue llenando de imposibles pretendientes, disneicos cadáveres ante aquella diestra corredora que inspiraría a Orzowei unos cuantos añinos antes de que Orzowei existiera.

Hipómenes, descendiente de Neptuno, fue uno de esos pretendientes. Cuentan que saltaron chispas la primera vez que los dos se miraron. Él no pensó ya en nada más desde aquel momento y quizás ella bajó la guardia y fraguó cierta duda sobre la pertinencia de mantenerse invicta. El joven contaba con ciertas bazas a su favor: primero su origen divino con una genética, digamos, llamativa; segundo, y a causa de esto primero, la complicidad de la diosa Venus. Lo que se llama ahora ascensor social y tener redes y contactos. La diosa del amor y de la belleza asesoró al joven y entregó tres manzanas de oro del jardín de las Hespérides y motivó al corredor a que las fuera lanzando a lo largo de la carrera con el objeto de distraer a Atalanta. Así hizo; aunque la ventaja de Atalanta era evidente desde el principio, esta fue menguando en la medida que recogía las frutas. Finalmente, por muy poco, la victoria sonrió a Hipómenes.
La historia no tiene buen final. Embriagados de deseo y de hormonas los dos jóvenes miraron hacia otro lado y obviaron a los dioses. Ni agradecen a Venus su complicidad ni respetan el templo de Ceres-Cibeles cuando se entregan de forma desesperada y urgente a los ritos amatorios en un templo consagrado a esta diosa. Cibeles decide castigarlos mortalmente, pero quizás alguna otra deidad (“oye, que a fin de cuentas el muchacho es casi uno de los nuestros, reina”) intercede por ellos. La condena es convertirlos en leones. En la mitología griega los leones se aparean con leopardos, pero nunca entre ellos, de esta forma los dos amantes estarán eternamente unidos tirando del carro de la diosa, pero eternamente separados sin volver a tocarse nunca más. Además, Cibeles les castiga a tirar eternamente de su carro sin poder mirarse.
Atalanta e Hipómenes son los leones que tiran del carro de Cibeles desde tiempos pretéritos en las historias griegas y desde 1895 en su ubicación en la plaza del mismo nombre. Son también los leones que velan las puertas del templo de la palabra y de la soberanía del Pueblo. Si nos fijamos en sus esculturas en la plaza o en las escalinatas del Congreso observamos que los leones no se miran. Eternamente juntos, pero sin poder mirarse.
Posiblemente Ponciano Ponzo no pensaba en Atalante e Hipómenes al modelar sus leones de bronce. O posiblemente sí. Quien sabe. Paso a menudo por la escalinata y pienso a menudo que, aunque no puedan acercarse ni mirarse no está mal que alguien todavía recuerde su bella y triste historia. Cuando no mira el policía que vigila les paso una manina por la melena. Les digo lo que nos decía mi güela a mi hermana y a mí, a la hora de la siesta, para que estuviéramos tranquilinos y nos quedásemos dormidos: “Páxaru, páxaru, páxaru. Paxarín, paxarín, paxarín”.
Este texto forma parte del libro en proceso “Las cosas que no importan a nadie. Libro-Almanaque 2023-2026″



























