«Tienes que entrevistar a la fía del Cordobés». Tardaré en enterarme del nombre de mi entrevistada: Carmen González. En parte, porque ella misma suele presentarse así: la hija del Cordobés. De quien también tardo en enterarme del nombre; el del DNI: Francisco González García. Que era de Fuente-Tójar, pero escuchó hablar de Asturias y sus minas por la radio, y aunque aquellos pozos podían ser un infierno, él decidió dejar lo que debía de ser un infierno peor —«polvo, sol, fatiga y hambre»— y venirse a los montes verdes de esta tierra, a extraer sus negros minerales. No tardó en implicarse en el movimiento obrero, en los años épicos de la Güelgona, ni en pasar por la cárcel. Su hija guarda sus papeles con devoción. En el reparto de los efectos del progenitor tras su muerte, ella dijo a sus hermanos que quería que su parte fuera aquella: los papeles; un archivo familiar inestimable. Pero en esta vida hay mucha, muchísima luz propia, y no solo la luz prestada de un pariente. Carmen fue militante comunista ella misma, trabajó muy duro para salir adelante, conoció la emigración, vivió experiencias muy curiosas en Bélgica, empleada como criada de una de las familias más acomodadas del país, e impresiona a este entrevistador al hablarle de su voracidad por el estudio y la determinación con que lo buscó; la de aquella clase obrera a la que se le cortaban las alas, pero se las fabricaba con lo que fuese.
Naciste en Andalucía, Carmen, ¿verdad? No ya en Asturias.
Sí, vinimos de Andalucía, de Córdoba. Yo nací en el cincuenta y tres. En Baena, Córdoba. Mi madre era de Baena, y mi padre, de Fuente-Tójar; cordobeses los dos. Mi padre trabajaba en lo que era el estraperlo, con un burro. Mi madre era hija de viuda, con cuatro hermanos, y como ella era diabética y no veía muy bien, la madre la tenía con ella en el mercado de abastos; vendía con ella les fabes, las lentejas, cestos, platos decorativos… Un poco de todo. Y una de las veces que mi padre fue al mercado la vio, surgió la llama y se casaron. Pero mi padre había hecho la mili en Vitoria, y le tiraba mucho el norte. Estaba agobiado allí, por el tipo de trabajos, por la miseria, por el patrón, el coger aceitunas, el ser jornalero a tiempo parcial y andar debiendo pelas. También tenía muchos hermanos y a la madre viuda; era todo una precariedad tremenda. Después de conocer a mi madre, se fue a Baena, donde todos los hermanos de ella tenían comercio: o pescadería, o frutería, o cosas de los platos estos; de recuerdos y demás. Eso a él le gustó y se afincó allí; luego, cuando se casaron, se fueron a vivir con mi abuela paterna, que tenía dos hijos casados viviendo con ella en la casa; una casa grande. En fin, eso, una precariedad tremenda y todos allí juntos. Pero mi padre escuchaba mucho la radio, y que hablaran todo el rato de Asturias, de las minas de Asturias.
Ahora hay quien dice, sin ponerse ni medio colorado, que en el franquismo todo el mundo tenía casa y un Seiscientos, se iba de vacaciones a Benidorm…
¡Qué va! Era todo una precariedad tremenda. Mi abuela, como mi abuelo era buen jornalero, tuvo una buena casa, y pudo meter ahí a todos sus hijos, pero no dejaban de estar todos ahí amontonados. Mi padre oía hablar de Asturias. Y un día cogió y, con los ahorros que tenía, se fue para allá. La acogida en aquel tiempo, imagínate: como ahora. Los inmigrantes durmieron en lavaderos por Blimea, por un sitio y por otro; era Duro Felguera todavía. Luego en pensiones en La Felguera y en Sama, donde podían. Y cuando mi padre ya fue afianzándose en el trabajo y tuvo unos poquitinos de ahorros, mandó dinero a mi madre y mi madre vino con mi hermano Paco y conmigo. Imagínate tú, con un colchón aquí amarrado, con todo, con los niños; y en aquella época, que en Madrid el tren que venía del sur estaba en un sitio y el que venía para el norte estaba en otra estación. Mi madre, analfabeta. Yo no sé cómo pudo, con todos aquellos bártulos y un baúl de ropa, atravesar todo Madrid para venir a Asturias.
¿Llegó a aprender a leer?
Aprendió luego, en el hogar de pensionistas de Laviana, sí. Y las cuentas las llevaba muy bien, porque luego se dedicó a vender pescado. Mi padre sí tenía conocimientos, porque era una persona con la mili, y luego, en los años de cárcel, terminó escribiendo bien y un montón de cosas que tengo yo ahora en el trastero. Los cuatro hermanos nos repartimos las cosas y yo me quedé con todo lo histórico de mi padre. Tengo todos los papeles de cuando estuvo en la cárcel, de todo lo que escribía.

¿Venía de familia de izquierdas, tu padre?
No, no. Bueno, su padre, al ser jornalero y andar de cortijo en cortijo, fue aprendiendo lo que era la ley del embudo; te tienes que aprender a defender. Eran muchos hermanos, había mucha esclavitud, y mi padre se informaba y les informaba. Pero la mili en el norte fue lo que le abrió los ojos.
¿Qué vio en el norte? ¿Una sociedad más libre, más moderna…?
Sí, sí.
Pero hizo la mili en Vitoria. ¿No le tentó el País Vasco?
Él oía hablar en la radio de las minas de Asturias, de lo de las huelgas, y fue lo que más le impactó. No sé. Algo más le llamó la atención. Probablemente oyera que había mucha oferta laboral en las minas. Él ahorró y, cuando se trajo a mi madre con nosotros dos, nos fuimos a vivir a un pueblín, a una aldea que se llama Muñera, a cinco kilómetros de Laviana, más o menos.
En dirección a Caso, ¿no?
Sí, tirando para El Condao, para el monte. Estuvimos con derecho a cocina en casa de una señora que se llamaba Sinda, que era guapísima: tenía unos ojos preciosos. Era madre soltera y tenía ganado. Nos dejó la sala, que era preciosa, y debajo era donde estaban las vacas, así que era calentito. Mi madre se había llevado el colchón de plumas, y luego ellos eran muy apañados los dos, y cogieron hojas de panoyes y nos hicieron un colchón de hojas de panoya a Paco y a mí. Luego, cuando ya mi padre logra entrar a trabajar, coge una casa que todavía está allí, en Muñera, y que me encanta; una casa grandísima. Se hace con ella y empiezan a venir los hermanos poco a poco.
¿Teníais animales, huerta, etcétera; aquello del «obrero mixto»?
Sí, sí, sí. Luego vino mi abuela con mis tíos, cada uno con su pareja, y mi primo Rafa. Fue una infancia bastante feliz, aunque yo tenía fiebres reumáticas y estaba enferma cada poco. Necesitaba nutrientes, huevos, cosas varias, pero gracias a ese arropaje pude salir adelante con mejor salud. Me pasaba el día medio durmiendo, cuando me daban las fiebres; me hacían estar completamente ida. Pero bueno, crecí y lo superé. Allí nació mi hermano Pepe, y al poco ya le dieron a mi padre las casinas de la barriada de San José Obrero de Barredos, y nos fuimos a vivir allá, con Pepe bebé. Al poco, mi padre ya se integra más en la mina y en las huelgas y las revueltas que van surgiendo.
¿Qué era, picador?
No, ayudante de barrenista. Ponía los… ¿cómo se llamaban?
¿Los costeros?
Los costeros, sí.
¿Tuvo accidentes?
Sí, tuvo varios, pero menores: algún dedo, alguna cosa. No recuerdo que tuviese grandes bajas. Si no iba a trabajar, era porque había huelga. El accidente mayor fue en la cárcel, porque le dieron con la culata y le rompieron la columna; estuvo un montón de meses fastidiado.
¿Fue grande para ti el choque entre Andalucía y Asturias; el cambio de paisaje, de clima, dejar amigos atrás…?
Tenía tres años, así que no tuve mucho choque. Estaba muy arropada, además: ten en cuenta que estaba con mi padre, mi madre, mi abuela, mis dos tíos solteros, mi tía Dolores con su marido y su hijo… Formábamos una gran familia en aquella casa. Solamente recuerdo que vinieron mis primas por parte de mi madre y que me cogieron y me abrazaron, y de un vestido muy guapo que me hizo mi madre, que tengo la foto en casa, con un lacito aquí. Venía yo muy mona porque decían mis primas que, para llegar a Asturias, había que venir mona; que no dijeran que éramos unos pordioseros.
¿Cómo era la casa de Barredos?
Tenía tres habitaciones y un aseo con ducha, lavabo, un lavadero y un tendedero. Aquello para mi madre era como la Moncloa; cuando entró fue apoteósico.
«Cuando sabían que iba a haber redada, mi madre me ponía su faja llena de propaganda y del dinero para los presos»
¿Tu madre trabajaba fuera de casa?
Se tuvo que poner a vender pescado cuando mi padre empezó a incorporarse más y más a la lucha y fue habiendo menos ingresos, hasta que mi padre acabó preso y despedido. Una precariedad tremenda, imagínate. Yo, cuando no teníamos mucho que comer, me iba al Nalón con mi hermano Paco a machacar piedras para vender el polvo aquel para fregar chapa. Y luego las piedrinas guapas las llevábamos a casa y, por la noche, las usábamos para envolverles las octavillas con una goma, e íbamos por Barredos tirando el correo a domicilio (risas). Paco era muy ingenioso. En el río cogía truchas, y ponía trampas a los pajarinos. Mi madre era analfabeta, pero también muy ingeniosa. ¡Tenía un ingenio…! Sabía hacer de todo. Y así fuimos tirando. Afortunadamente, en esas barriadas éramos todo gente que habíamos venido de Extremadura, de Andalucía, de Galicia…
Y había mucha solidaridad, ¿no?
Sí, sí. El del economato que apuntaba y que te sacaba, pues lo clásico: fabes, lentejas, arroz, el aceite, el bacalao, las latas de sardinas… Siempre tenían la deferencia de coger un poquitín más y venir con una bolsina y dejártelo ahí, en la puerta. Aunque había de todo. La derecha siempre estaba fastidiándola, por supuesto, y había vecinos de derechas que te tiraban piedras y de todo. ¡La ignorancia! Allí en la barriada éramos gente de toda España, gente que venía de pasarlo mal, y muchos no querían demasiadas huelgas, sino comer y vivir. Circulaban bulos, también; cosas para meter miedo. Se difundía que teníamos el oro de Moscú; que nos mandaban dinero de Moscú y de los países del Este; que vivíamos muy bien. Y cuando mi madre se iba a vender el pescao, igual venían, me picaban al timbre, me daban un empujón y me restolaban toda la casa.

¿Buscando les perres, como en la canción de Los Berrones?
¡Sí, sí! Por las tiendas, decían que teníamos el dinero en las macetas. Mi madre era muy cordobesa, y tenía la casa llena de plantas, pero ya me contarás: muchos duros y pesetas tienes que tener dentro de la tierra para tener mucho dinero, porque los billetes, como los metieses allí y regases la planta, ya me contarás. Pero bueno, la ignorancia es así, y las envidias. Aquello era el yin y el yang; había de todo. El que estaba contigo, el que te tiraba piedras y luego gente que no decía nada, que no quería que se supiese que estaban en la lucha, pero llegaban y te dejaban una bolsa de comestibles delante de la puerta.
¿Cómo fue incorporándose tu padre a la lucha, y cómo lo vivisteis en casa?
Fue incorporándose poco a poco. En la huelga del sesenta y dos ya se implicó bastante, con Anita y Tina y lo del maíz y todo eso, pero no quedó preso porque se tuvo que ir para casa: mi madre se puso de parto y nació mi hermana Rosy en la noche del 2 al 3 de mayo, a la una de la mañana.
En medio de la revolución, la vida sigue…
Mi padre tenía el bocadillo y todo preparado para ir a encerrarse, pero mi hermana, encima, nace en casa. Él no se podía ir a la una de la mañana. Entonces esa vez no queda preso. En la siguiente oleada, el sesenta y tres, sí se incorpora y automáticamente lo llevan al cuartel, a hacerle el suavizao, como yo digo; las torturas pertinentes. Fue cuando cogieron también a Anita y a Tina y las torturaron.
Lo del tacón.
Sí, a golpe de tacón.Pues en esa reyerta estaban también varios hombres, y uno era mi padre. Él empezó a entrar y salir de la cárcel. Mi padre, por un quítate p’allá, quedaba preso. Como era andaluz, además, era una persona muy temperamental, y si le decían algo, el insulto caía solo y con eso bastaba para que lo llevaran al cuartelillo. Le daban un buen suavizao, había una respuesta negativa a ese suavizao y entonces lo mandaban a Oviedo a pasar allí una temporadina, a la sombra; tres, cuatro meses. Allí en Oviedo se decidía si el delito era mayor o menor y si tenía que pagar cárcel en Oviedo o se iba a Carabanchel. Estuvo así nueve años, entrando y saliendo. En Carabanchel hubo un juicio que… ¿Qué año fue? Yo tenía trece años, y nací en el cincuenta y tres.
En el sesenta y seis, entonces.
Sí. Mi padre me invitó a ir con él al juicio. Los representaba esta Cristina Almeida, que acababa de sacar la carrera. Y había una señora que yo no sé si era artista o qué, pero que estaba ahí escuchando y me vio. Yo tenía, ya te digo: trece años, y me vino el periodo. No me encontraba bien. Tenía como sofocos. Además, tenía en el corazón grabadas todas las veces que había venido la policía y todo eso. Todavía no tenía base ni reflejos para procesar todo aquello. Entre una cosa y otra estaba muy emocionada, muy impactada; me puse muy nerviosa. Y vino esa señora que yo no sé quién era; con el tiempo pensé que igual era la madre de Bardem, alguien así muy importante, que estaba escuchándolo, me vio y me invitó a la cafetería, a tomar churros con chocolate. Luego salió Josefina Lastra, también muy agobiada, y esta señora nos invitó a comer. Nos fuimos con ella a su casa, y cuando terminó el juicio, mi padre, su marido y todos se pusieron a buscarnos. Estábamos en casa de esta señora y no tuve la picardía de tomar nota de quién era. ¡Era todo tan nuevo para mí, tan…! La casa era de postín: recuerdo servicio con cofia y demás. Luego nos fuimos a casa de mi tía, que vivía en el barrio del Pilar, y ahí nos pusimos en contacto con mi padre y el marido de Josefina y ya nos fueron a buscar y regresamos a Asturias. Era mi primera salida, y ver en vivo y en directo lo que era un juicio… ¡uf! Vine muy impactada. Lo pasamos mal, pero tuvimos la suerte de que mis tíos, al no estar implicados en la huelga, nos ayudaran económicamente. Eso fue un alivio grande y pudimos salir adelante.
¿Qué tal llevaba tu madre…? Por cierto, ¿cómo se llamaba?
Rosario; Rosario Pérez.

¿Qué tal llevaba la implicación en la lucha de tu padre? ¿Bien, o querría que se implicara menos?
No, no, al contrario. Me dejaba con mi hermana y ella se iba a todas las huelgas, a todas las manifestaciones, a lo del maíz… Lo vivía, era una más con las mujeres; se juntó al grupo aquel y luchó e hicieron encierros y tal. Estuvo en todo eso. Claro, la que se quedaba en casa con mi hermana era yo, y entonces en mi libreta escolar igual tengo en un curso cien faltas. Entre eso y las fiebres reumáticas, y que cuando me daban iba a la escuela cuando podía…
Vosotros también os fuisteis implicando en la lucha: lo que me contabas de las piedras y las octavillas.
Y en la escuela nos lo hacían pagar. Mi madre me hacía unos roscos así muy guapos, unas trenzas redondas, y teníamos una maestra que era gallega y que estaba puesta por quien estaba. Nos tenía controlados, a los hijos de los comunistas, y a mí, por un quítate p’allá, me castigaba con enciclopedias debajo de las rodillas. O con piedras.
Con garbanzos, tengo oído que se hacía.
Sí, sí. Bueno, mi madre me hacía aquellos roscos tan guapos, y cuando esta mujer decía alguna cosa que a mí no me gustaba, yo protestaba. Como mi padre: rebeca. Me daba unas guantadas que algún rosco de los que me había puesto mi madre hacía ¡clin, clan! Y tenía doble ración de eso de las rodillas. A mi hermano Paco le hacía lo mismo don José. Claro, ya ponían gente, en las escuelas de esas barriadas, que…
Gallegos hubo muchos.
Sí. Y venían a aleccionarnos. Luego nos llevaban a merendar; la maestra esta me llevaba a merendar, pero era para ver qué decía yo, para ver si confesaba algo, para tener información. Mi madre me decía: «Tú vete y merienda, que así ahorramos la cena. Pásatelo bien». Yo, nada: una tumba. Disimulaba, porque sabía lo que pasaba, y mi madre me decía: «Si dices algo, vas a estar sin ver a tu padre tres meses o cuatro. De lo que pasa aquí, tú, cuando salgas de puertas afuera, no tienes nada que contar». Nos aleccionaba. Sin meternos miedo ni nada, ¿eh? Simplemente nos sentaba allí y nos decía: esto es así, así y así. Nos daba la explicación dentro de lo que podía, porque claro: éramos niños, y podíamos irnos de la lengua. Ella confiaba mucho en mí, porque yo era muy prudente. Yo no tenía conocimientos, pero sabía que algo se cocía y que, si metía la pata, iba a ser peor para mi padre y para mi madre, así que había que mantener la calma. Mi madre tenía una faja, porque tenía hernia inguinal; una faja de aquellas de tubo. Y cuando sabían que iba a haber redadas policiales, cogía toda la propaganda y me ponía la faja a mí, llena de todo aquello. También el dinerín de cuando iban a los pozos a recolectar, y la lista de presos y despedidos, con la que daban proporcionalmente por los hijos que tenía cada uno. Era todo riguroso; todo de una honestidad y un trabajo…
Gente seria.
Sí, bueno, un orgullo. Si salió p’alante, fue gracias a la bondad y la seriedad de los hombres y mujeres que pusieron su granito de arena. Mi padre llegaba a primeros de mes después de recolectar y hacía un listado con los nombres y apellidos de cada persona. Empezaban por el número de hijos y se repartía a cada familia. Si estabas soltero y sin hijos, te daban una donación más pequeña, pero todo riguroso. Nunca tiré los papeles esos; lo tengo todo en casa.
“Mi padre se fue quedando más solo y cumpliendo cárcel y ya casi nadie nos ayudaba”
En un momento dado, te vas a vivir a Bruselas.
En el sesenta y ocho empezó a haber una crisis grande; algo se rompió. Con todos aquellos mensajes negativos que difundía la derecha, la gente estaba cansada de luchar, de pegarse con la policía… Y empezó a haber un éxodo tremendo de todos los luchadores: a Gijón, a las porterías, a Oviedo, a un sitio, a otro, a trabajar. Mi padre se fue quedando más solo y cumpliendo cárcel y ya casi nadie nos ayudaba. Pero en julio del sesenta y ocho, tenía yo quince años, vino Cándido Lobo Rozada y… ay, me emociono y todo [Carmen se enjuga unas lágrimas]. Vino y vio la miseria que había. Él se había ido a Bruselas escondido y llegaba con un anillo de oro y con una corbata muy llamativa, para parecer que era fachorra. Pero era del Partido. Mi madre, como era una persona muy sociable y muy educada, y teníamos algo que nos habían mandado de Baena —un poco de vino, un poco de morcilla, unos tomates…—, montó allí un picoteo. Estábamos todos allí en círculo, y de repente, me mira de arriba abajo y me dice: «¿Tú te quieres venir a Bruselas conmigo a trabajar? Yo tengo cuatro hijas y un hijo, y tienen allí ropa y de todo; si quieres…». ¡Imagínate cómo me vería para decirme lo de la ropa! Yo dije: «Pues vale». Mi madre y mi padre se quedaron mirando para mí en plan «¿Pero tú…?». Dije: «Mamá, si yo mando algo desde allí podemos comer. Ahora mismo no tenemos nada para comer. Hay que ser realistas. ¿Qué hacemos aquí?». Mi madre no podía ya vender pescado, andaba con diabetes, estaba mal, había tenido muchas hemorragias; no estaba físicamente para andar con el pescado en la cabeza o con el carrito de aquí para allá.
Y te fuiste.
Tengo el papel de haber hecho el pasaporte en Laviana. Me lo pagó todo Cándido, y después me buscó una familia que me llevase en coche, porque él tenía muchos hijos y no tenía sitio. Esa familia me llevó a Bruselas y, en el Boulevard du Midi, ya me fueron ellos a recoger, y me fui a vivir con ellos a Molenbeek. Tenían lo que todos los emigrantes; habían cogido un cuarto que era derecha e izquierda; en la izquierda estaba la cocina, con un buen fregadero y tal, una salita y el dormitorio del matrimonio. Y la otra pieza eran dos salas muy grandes y en una de las habitaciones dormían sus cuatro hijas y yo. Y en la otra, entre un armario y otro, dormían las dos abuelas; y después, con los armarios esos, había un camastro y dormía el hijo varón. El aseo lo teníamos fuera, a cuatro o cinco escalones. Las hijas eran muy hábiles las cuatro. El chaval también, pero ellas lo mismo cosían, que… Y en los momentos en que no estaban en las empresas trabajando, traían para hacer manualidades. Por ejemplo, una que estaba en un sitio de piedras preciosas y todo eso traía cintas, y estábamos ahí por la noche con las perlas y uno y otro, y nos daban equis francos por cada metro de cinta que hacíamos. Siempre estábamos trabajando. Aprendimos a coser; teníamos una máquina. Hacíamos la ropa, cocinábamos…
¿Encontraste trabajo rápido?
Una de las hijas no quiso estudiar, y estaba interna en casa de un pediatra. A través de ella me busqué yo otra y a ella me fui. Era la casa de una familia que se llamaba De Potter. Él era médico y ella venía de una de las mejores familias que había en Bruselas; su padre era escultor y era el que hacía todas las columnas de mármol de por allí. Una gente majísima, muy abierta. Viví muy a gusto con ellos.
¿Tu trabajo cuál era? ¿Cocinar, limpiar…?
A ver, con quince años, imagínate. Había una señora que venía unas horas y que era la cocinera, Anne-Marie del Cor Cattelani, italiana. Me acogió bien. Ella cocinaba y me decía por dónde tenía que pasar la aspiradora, si tenía que poner la lavadora, si tenía que hacer centrifugao, después planchar, recoger… Me iba diciendo las pautas de lo que tenía que hacer.

¿Te sorprendieron mucho algunas cosas de allí, en cuanto a un país más moderno que España? ¿Habías visto alguna vez una aspiradora?
Me adapté. Yo estaba acostumbrada a hacer las cosas de casa desde los seis años. Mi madre vendía pescado y yo era la que fregaba, la que hacía las cosas. Así que fíjate tú, lo de encontrarme con una aspiradora: ¡pues qué maravilla! Fue tanto lo que vi… En Asturias no había podido salir mucho a la calle, ni con las amigas, porque el círculo nuestro era muy cerrado. Yo no podía transmitir nada de lo que pasaba en aquella casa. Pero me adaptaba a las circunstancias. A mí me das una tirolina y me tiro, y veo a alguien subiéndose a un globo en la Campa Torres y me subo. No tengo problema.
¿Y cómo fue el choque de pasar de una dictadura a una democracia; la sensación de poder hablar en libertad, etcétera?
¡Fue tan oscura la dictadura! Ver llegar a mi padre despojado, de todas aquellas palizas; aquel silencio, todos callados, el no poder explayarte, el no poder tener amigas porque no sabías a quién le podías contar lo que pasaba en casa, porque te tiraban de la lengua, porque cualquiera podía ser un espía… En Bruselas salió la Carmen comunicativa, abierta, dinámica, alegre; la Carmen que quería hacer cosas sin que nadie le dijese «niña, eso no lo puedes hacer o decir». Yo era un espíritu libre. Tenía una mente muy soñadora, y siempre decía: «Después de esto, va a haber algo bueno». Apenas podía estudiar, pero mi hermano, como hombre, sí pudo; hacía bachiller en Laviana, y tenía en casa los libros. Y yo, cuando me quedaba sola, cogía los libros de mi hermano y me los empollaba. Me adaptaba, ya te digo; me decía: «Algo bueno va a venir detrás de esto; hay que luchar». Quemaba cada etapa con mucha ilusión. Cuando me tocaba quedarme con mis hermanos en casa, pues lo hacía. Ponía la radio y… A mí la radio me encantaba; la escuchaba mucho, porque mi padre —que era una persona que leía mucho y que, a su manera, estaba muy informado— fue lo primero que hizo: comprar una radio.
Escucharíais la Pirenaica, supongo.
Sí, escuchábamos la Pirenaica, y venía toda la gente de Barredos por la noche; teníamos las reuniones allí.
Aquello de escucharla bajito, o debajo de una manta, ¿no?
Sí, sí. Yo, eso: escuchaba mucho la radio. Cuando me quedaba en casa con mi hermana, escuchaba a Guillermo Sautier Casaseca, una novela que había, a Matilde Conesa… Todo aquello. Yo soñaba. Ponía la radio, la escuchaba y bailaba mientras limpiaba. Me ponía contenta esforzarme por que, cuando llegase mi madre, estuviera impoluto el suelo rojo aquel. Me buscaba mis ingenios y mis salidas; lo llevaba como podía. Por eso cuando me dijeron «¿quieres ir a Bruselas?», dije que sí, y mi madre se quedó: «¿Pero qué conoces tú de…?».

Pues lo mismo que ella de Asturias cuando vino desde Córdoba, ¿no? (risas)
Claro. Yo dije: «Habrá comida, ¿no?». Yo era muy tragona, y ellos tenían necesidad. «Pues ya me desenvolveré». Y me desenvolví perfectamente. Empecé a ganar dos mil quinientos francos belgas, que al cambio eran seis mil pesetas. Mi madre tenía una libreta de pan de medio año; la libreta de lo que debía en la tienda. Tenía pufos. Yo se los pagué y, a las primeras vacaciones que vine, le compré una lavadora, y al año siguiente una televisión.
Mucho orgullo, para ti, ¿no?
Sí, sí… En Bélgica me fue bien. De aquella familia para la que trabajé, ella me llevó a un colegio católico de Lille e hice el primer año de francés. Yo había pasado ilegal a Bruselas, pero ella se informó de toda mi historia y me sacó para que yo tuviera los papeles. Aprendí el francés rápido. Desde que entré a trabajar en su casa, ella ponía primero diez palabras, y luego eran veinte, y luego… Buscaba la traducción en español y yo me tenía que aprender las diez, veinte, treinta, cuarenta palabras. Íbamos paulatinamente apuntando y yo me iba aprendiendo esas palabras. Y ella iba aprendiendo el español. Los niños también me ayudaban. El más pequeño era François, y luego estaban Jean-Paul y Olivier. El Jean-Paul era chiquitín, de ojos azules, y venía a dormir conmigo. Ellos oían a su madre, y entonces estaban en la bañera y me decían: la lumière, le robinet, y así con todo: el suelo, la mampara, esto, lo otro… Íbamos a la cocina y tenía que deletrear todo lo que había en la cocina; luego íbamos al salón y todo lo que había en el salón. Luego me llevó a Lille y me saqué el título. Lo pasé muy bien. Me compró ropa guapa, y el sitio era… Yo era la primera vez que iba a un self-service de esos que puedes coger lo que quieras.
¿Era un ambiente muy pijo el del colegio?
Había muchas chicas estadounidenses y de países latinos; gente de pasta, gente bien. Yo no sé cómo lo hice, pero saqué el título, y fue gracias a ella. Me llevaba su marido en coche y todo. Con el título, luego, fui a la Alianza Francesa y me matriculé, e hice hasta quinto. Y a los dos años de sacar esos títulos de francés, en el García Lorca había mucha gente que quería tener un título español.
El García Lorca era el centro aquel del Partido Comunista, ¿no?
Sí. Había un grupo de jóvenes comunistas que queríamos tener un bachillerato, algo de España, y entonces yo, avispada siempre, y siempre la pionera, fui hablando con este y con aquel y juntamos un grupo. En la embajada nos habían dicho que nos traían una profesora de Madrid si juntábamos a diez o doce, y lo conseguimos. Se llamaba Amparo. Tengo el primer graduado escolar que se hizo en la Agregaduría Cultural de Bruselas, que equivalía a tercero de bachiller en aquel momento.




Cuéntame más del García Lorca. ¿Cómo era? ¿Unos bajos en algún lado, un edificio…?
Era un edificio que tenía una cocina en la que mujeres de Asturias y de todos los sitios colaboraban y trabajaban. También se hacían bailes, se vendía el Mundo Obrero, papeletas para los mineros… Estaba muy cerca de donde llegaban el ALSA y el tren, y acogían a todos los españoles que venían recomendados por alguien y que no tenían donde dormir. A cualquiera que venía de cualquier sitio le buscaban habitación, comida y cobijo.
¿Las habitaciones estaban allí mismo?
No, no: te buscaban.
¿En casas de gente o tal?
Sí, sí. Te ponían un colchón aunque fuese en el rellano. Aquella era, fue, una gente majísima. Llegaba el domingo y no estabas sola: te invitaban a comer. ¡Una solidaridad…! Muy majo todo el mundo. Luego estaban también los que iban por su cuenta, pero iban al baile. Había varios tipos de inmigrante. Obviamente, a mí me tocó el García Lorca porque me llevó Cándido, que era del PCE, igual que yo. Las hijas de Cándido, sin embargo, no querían militar; querían vivir su juventud. A la hora del tema político, yo me quedaba con su padre y vendía el Mundo Obrero, papeletas, recolectaba lo que hubiera que recolectar… Había que sacar dinero para ayudar a la gente que seguía aquí, porque el río no se acababa; siempre había gente que necesitaba ayuda.
Luego te vuelves a Asturias.
Sí. Cuando a mi padre le dieron la amnistía y empezó a cobrar, dijo que me viniese para Asturias, y yo me vine. Yo tenía una vida muy cómoda con los belgas, que me llevaban con ellos a las vacaciones y a todos los sitios, así que me costó volver, y me arrepentí un poquitín, pero, por otra parte… A Cándido y Nieves se les habían ido casando los hijos y se quedaron solos, y yo sentía que los tenía que liberar de ocuparse de mí, y que pudieran salir y hacer su vida. Yo también quería hacer mi vida; a mí me gustaban los chicos, tenía ya veinte años, quería independizarme, no quería ser un estorbo para esa familia. Habían hecho un trabajo encomiable manteniéndome cinco años, me habían ayudado, y a mí ya me tocaba irme. Con los De Potter también estaba muy bien, y quedaba con el hijo mayor, que tenía unos amigos con los que salía, y me llevaban a las afueras, a la casa que tenían y demás. Tenía esa vida con ellos, pero tampoco se me podía ir la pinza: yo no era una De Potter; yo estaba allí trabajando. Mi madre estaba mal, porque con todo lo que había pasado, la diabetes, los abuelos, los problemas que tuvo, estaba muy deteriorada. Y con esa obediencia a mis padres, cuando mi madre me dice que me necesita, si tú me dices «ven», lo dejo todo… Así que me vine. Aquí tuve que matricularme en cuarto de bachiller en Sama. Y me salió bien, pero claro: en Barredos el dinero se me fue acabando; lo que había traído. Además, para mí aquel ya era un mundo muy pequeño. En Sama había tenido un pequeño contratiempo… Mira, con esto de que las mujeres y de que los hombres tal y cual, lo voy a decir. El profesor de Física me tiró el picao.
¿Era mayor?
No, era joven, pero quería tener una noche tórrida. Yo tenía un cuatro y pico en Física.
Y te dijo «te apruebo si…», ¿no?
Sí. ¿Qué hice yo? Cogí y me fui de Sama; pasé la matrícula para Gijón y me vine a casa de una amiga, Lola Menéndez de Llano, que ahora está en Australia. Estuve un curso haciendo nada más que esa asignatura. Luego ya pude hacer quinto y luego hice sexto también aquí en Gijón, pero la Física la llevaba mal. Desarrollar y todo eso me costaba. Ya cuarto y quinto los había sacado por los pelos, pero en sexto, para la base que tenía de no haber asistido mucho a la escuela, me desenvolvía bien, pero no me daba para las derivadas. Luego me llamaron de Bruselas aquellos con los que había estado los cinco años; me mandaron una carta invitándome a pasar una temporada con ellos.
¿Eran así como de izquierdas, o de qué pie cojeaban?
Eran democratacristianos. Me escuchaban lo que yo decía y tal, pero ella era de las mejores familias de Bruselas, como te dije, y él un ginecólogo de postín. Lo que eran era amplios y respetuosos.
Y antifranquistas, entiendo.
Sí, sí. Ella empezó a leer cosas de España y tal, y hablaba conmigo y me decía «bravo, Carmen». Eran personas con mucha cultura; no eran ningunos tontos. Para mí, Bruselas fue una universidad. Estoy muy agradecida a los De Potter. Tenían una casa a las afueras de Bruselas y yo iba con ellos, e iba a disfrutar. Me hicieron también un carné e iba a la piscina con ellos los fines de semana, a patinar, al teatro… Tenía una vida buenísima.
¿No eras la chacha, sino casi una más?
Sí, sí, una más. Yo era una más. Comía en el comedor con ellos y andaba en bicicleta con ellos. Y mira, para que veas la amplitud de esa gente: mi hermano, el pequeño, que es del sesenta y ocho, tonteó con la droga; fue víctima. Y entonces no estaba muy bien y mi madre y mi padre no sabían muy bien cómo atajarlo y me lo mandaron para Bruselas, y esa familia lo acogió. Lo tuve allí conmigo; ella tenía hijos de su edad y sobrinos y lo llevaban allí, a aquella casa. Mi hermano es un curioso, un manitas, y estuvo feliz. Hizo trabajos, hizo cosas, participó, y tenía su habitación y su comida y demás.
¿Y «se curó»?
Sí, sí, salió adelante. Luego ya volvió con mis padres y se casó con la novia de toda la vida, y está en Laviana asentado. ¡Es que la Cuenca en aquella época era…! Siempre estaban haciendo que los hijos de los luchadores cayesen en la droga. Era una manera de acabar con la lucha. A los jóvenes los tenían abrasados. Con nosotros era otra cosa. Pepe ya era más pequeño y también cayó, por las amistades, pero Paco y yo, que veníamos de Andalucía, que éramos los mayores, éramos búnker. A nosotros no nos corrompía ni el que asó la manteca. Éramos afines a papá y a mamá y a lo que pasaba allí, y si íbamos fuera y cogíamos alas, era para aprender, para ayudar, para traer recursos a casa. Teníamos una escuela tan grande que no nos pillaban.
¿Pero vivías con los De Potter o con Cándido y Nieves?
Vivía con la familia de lunes a viernes y el fin de semana me iba con Cándido y Nieves. Cándido me había traído, era mi tutor, aunque luego, al asegurarme los De Potter, pasé a su tutela. Yo me fui para allá con mucha precariedad física; era miope perdida, por ejemplo, pero llevaba unas gafas que no estaban adecuadas. Me las había puesto gracias a una vecina que se llamaba María Invención Macías Lucas.
¡María Invención!
Sí, sí. Su madre veía que yo tropezaba con todo y me hizo pasar a… ¡La vergüenza que yo pasé! Yo era muy tímida. Tenía un mundo interior y de saber mucho de muchas cosas, pero lo que era mundo callejero, de amigas y eso, ese no lo tenía. No tenía tiempo.
¿Y qué tal fue la vuelta a España después de esos años en Bruselas?
Pues bueno… Había ya democracia, de acuerdo, pero en ciertos sitios y barrios estaba un poco pintada en falso. Seguía habiendo mucha policía, seguía habiendo mucha gente afín al régimen, y seguían tirando constantemente el bulo. Cuando yo llegué, resultó que yo había estado en una whiskería. Yo venía tan fina y tan guapa que tenía que ser que había estado por ahí… tal. Claro, yo tenía un espíritu libre, estaba acostumbrada a andar en bici y a hacer lo que yo quería. Llevando una vida honesta, no haciendo nada malo, pero en cuanto llegué apareció el bulo ese. Llego a Sama y me tira el picao el profesor, pasa esto, pasa lo otro, voy a Laviana a la fiesta y soba aquí, soba allí… Yo decía: «¿Esta gente de qué va?». Llevé decepción con el regreso y llevé decepción con la falsa democracia.
Y me imagino que los que te sobaban en la fiesta podían ser del régimen, de izquierdas o mediopensionistas, ¿no? Porque en eso no hay ideologías; hombres gochos los hay en todas las parroquias.
Sí, sí. Yo, cuando llego, digo: bueno, aquí hay democracia y todos los españolitos somos más majos que Dios. Confundí churras con merinas. Como habíamos estado tan cerrados dentro de la cúpula, y yo no había estado abierta a la vida social… En fin, llevé decepción. ¿Cómo una cuenca minera y luchadora…? ¿Esto qué mi madre ye? Que en Bruselas también, ¿eh? En Bruselas tuve el yin y el yang; tuve enamoramiento y también un poquitín como de rechazo en algunas cuestiones. A mí no me gustaba, cuando ibas a los bares españoles, el sobeteo y las tonterías del asturiano cuando estaba con el culín de sidra. El machismo era… En fin. Y luego empiezas a ver el enchufismo. Mi padre siguió honesto y honrado, pero otros… enchufismo. Para mí tampoco había nada, porque era la hija del Cordobés. Y Paco, lo mismo.
¿Enchufes a gente del Partido, dices?
Mucho enchufismo de… El que no había hecho nada fue el que encontró trabajo. Yo seguí rigurosamente los cánones de mi padre y terminé viniendo para Gijón, porque en la Cuenca no encontraba gran cosa. Estuve vendiendo libros. Empecé con un amigo de Barredos; vendíamos libros de matemáticas, el Urban 8 y cosas de esas. Venta a domicilio para pagarme luego, ya al venir para Gijón, la pensión en la casa de una amiga en la que estaba.

Así que te vienes para Gijón.
Vengo para Gijón y tampoco encuentro trabajo. Había una crisis tremenda ya, también aquí. Trabajé en casa de una familia de Somió; de María Antonia Felgueroso, que tenía nueve hijos.
¿Familia de Paz Fernández Felgueroso?
Sí, eran familia, pero por parte del marido. Ella era cubana, guapísima, altísima, con unos ojos azules… Su padre era alemán. Se vino para acá y trabajó algo en una whiskería, porque era emigrante, y ahí conoció a uno de los Felgueroso y se casó y fundó la familia aquella; nueve hijos. Tenía un gran casoplón con nueve casinas y ahí tenían un señor que era alemán; la vinculación con él debía de ser por algo de su vida anterior, pero ella no contó nunca nada. Sus hijos tenían buenos trabajos y tal, aunque llegó un momento en que la red de los Felgueroso fue cayendo. Y entonces ella me cogió… Verás cómo me cogió. Yo vivía en Barredos, con mis padres, vendiendo los libros, pero una amiga mía de las que estaban haciendo bachillerato conmigo había tenido un pequeño percance con su padre. Su padre se había metido con ella por la noche.
Ay.
Eso pasaba mucho en las Cuencas…
Otro reverso tenebroso de la imagen idealizada, ¿no?
Sí. A veces los padres se metían con las hijas. Bueno, yo me encariñé mucho con esa amiga, porque ella me pidió ayuda, pero en un momento dado, desapareció. Y su madre vino a decirme: «Pasa esto». Dije yo: «Date. A esta ya le pasó algo con su padre y se fue». Vine aquí a Gijón y lo primero que hice fue ir al centro de la calle del Agua en la que cogían asistentas, a preguntar. Y estando sentada para preguntar por esta amiga, estaba la Felgueroso, y ya ves el palique que tengo y el gracejo, que en aquel momento tenía más. Raca, raca, raca… Y cuando ya llevamos un rato de conversación y ella estaba superenamorada de mis dotes, me dice: «¿Y tú qué haces aquí?». Dije: yo vengo porque me pasa esto con una amiga que no tiene medios económicos, ni tiene nada, ni tampoco tiene maldad para haber hecho nada. Tiene que estar en algún sitio interna. Tuvo que haber pasado por aquí y estar en alguna casa interna. Dijo ella: «¡Pues vaya lista que eres! ¿Tú sabes cocinar?». Le digo: mira, cuando yo era así [hace gesto de poca altura, de la altura de un niño], mi madre me aprendió a hacer fabes, lentejas y todo lo demás. «¿Quieres trabajar conmigo?», me dijo ella. Digo: «Vale. ¿De qué?». «De cocinera». Digo: «Bueno». Y me dice: «Pero no te puedo asegurar, porque estoy en las últimas». Mucho Felgueroso, mucho casoplón, muchos hijos, pero la cosa no daba para más. Pues nada, María Antonia. Era un casoplón rojo que había habido bailes en su día, de los Felgueroso que montaron las minas de Ciaño…
Ah, coño. La Quinta Bauer, ¿no? Hacen bodas. Yo estuve en una boda ahí.
Sí, sí. Ahí trabajé; ahí me metí de cocinera.
Quinta Bauer, apellido alemán… Será lo que decías del alemán aquel. Tendrá algo que ver.
Ni idea, pero ahí me metí de cocinera. Estaban ella, los hijos, el alemán aquel y una señora que se llamaba Vidalia y que era el ama de llaves y la que limpiaba y miraba quién entraba y quién salía, y me adoraba. Yo hacía nueve tortillas para las nueve casas, ella hacía una pota de lentejas para los nueve y luego lo metía en un carrito y así iba repartiendo por los chalés de los hijos. A las tres, tres y pico, terminaba y me iba al Calderón de la Barca a estudiar las derivadas famosas, a ver si lo sacaba p’alante.
¿A la amiga aquella la encontraste?
Sí: después de hablar con esta señora, cuando me tocó, entré y pregunté por mi amiga. Me dicen: «¿Por qué la vienes a buscar?». Digo: bueno, porque estoy muy preocupada por una situación familiar que tiene, y como soy la más amiga que tiene aquí, me siento responsable y tal. La Felgueroso ya les había hablado de mí; de que era una persona de fiar. Entonces me dieron la dirección de la casa donde estaba, en El Rinconín, donde el camping y los chalés. Me presenté allí; se llevó una sorpresa tremenda. Y entonces fui a casa de esta amiga, Lola, le pedí habitación y me quedé ya en Gijón, para que ella viniese conmigo a casa de Lola. Milité aquí en el PCE de Gijón y ahí estuve hasta que en diciembre me di el batacazo de no sacar la asignatura de Física. Ahí me desmorono y digo: «¿Qué hago aquí?».
¿Clases de francés no te planteaste darlas?
Sí que me lo planteé, y fui hasta la Alianza Francesa, pero yo vine un mes antes de acabar en la academia, y el quinto lo tenía todo aprobado salvo una asignatura. Con el quinto sí podía haber dado clase, pero al faltarme esa asignatura… Yo estaba aquí, y fui a hacer el examen, pero ¿sabes qué pasa? Que fue un error grande por mi parte venir. Perdí el ritmo, saqué un 4,8 o un 4,9 y no me lo convalidaron.

Te quedaste a una décima.
Sí, y lo mismo con el bachillerato. Me quedé a una décima por la Física, y ahí ya dije: bah. Estaba cansada, no me gustaba el ambiente que había, cogí los bártulos y me fui para Bruselas otra vez. Me invitaron los belgas. Habían comprado una casa a las afueras y me fui con ellos. Estaba muy cansada de estar eventual, de no tener nada firme. Y me fui con un amigo mío que con el tiempo fue mi cuñado: Ángel Claudio, que era de El Entrego y muy amigo de César, el que luego fue mi marido. Que a mí me gustaba mucho, aunque tenía el pelo rubio así como… [Carmen hace un gesto de «frondosidad»].
Rubio pero a lo afro.
Sí, sí, ja, ja. Era grande, tenía mucha espalda, y tenía estrabismo también. Pero a mí me gustaba. Tenía los ojos azules. Pero era la época en que yo no quería comprometerme.
¿De dónde es César?
Era de Mieres. Falleció hace siete años. A mí me gustaba. Pero eso; yo no quería regresar a Asturias. La cosa quedó así. Pero con mi cuñado, como era de El Entrego, seguimos siendo amigos. Había hecho la mili en Oviedo, y yo de aquella estaba vendiendo libros por Oviedo, por las casas, porque no encontré otra cosa. Me hice amiga de él y cuando volví a Bélgica a pasar aquella temporada con los De Potter, escribí a Ángel, y Ángel estaba en contacto con César, porque eran muy amigos, y vinieron los dos a buscarme a la estación de autobús. Él se recordaba de mí, de los bailes y uno y otro, y yo vi a César muy cambiado, saladísimo, con su pelo ya corto, los ojos azules, no sé qué. Me gustaban mucho sus manos. Y me dijo: «Cordobesa, te invito a comer». Yo dije: «Vale» (risas). Y me llevó a la Grand Place, y cantaba José Feliciano, «amor mío que estás en la colina», y estuvimos allí en una quedada juvenil, escuchando a José Feliciano.
Dos cruces, ¿Qué será?…
Sí, sí. Y nada, pues nos gustamos, y mi cuñado desapareció, y, por supuesto, yo pasé la noche con César, ¿para qué te voy a engañar? (risas). La cosa fue así, oye, ¿pa’ qué vamos a andar con tapujos? Ya tenía veinticinco años, que tampoco pasa nada.
¿Tu primera vez con un chico?
Sí, sí…
¿Esto de qué año hablamos?
El setenta y ocho. Yo me fui a Bruselas otra vez en junio del setenta y ocho. Primero estuve en casa de esta familia española, pero al poco César encontró casa y ya me fui a vivir con él, y luego con mi cuñado. En el Boulevard du Midi, era. Tuve tan mala suerte que, al llegar, me encuentro con la realidad de que había perdido los derechos de la nacionalidad de allí por muy poquitín, por unos días. Primero fui a casa de los españoles y los belgas no me dieron de alta hasta agosto, y tendría que haber sido en julio. No podía renovar; tenía que empezar de cero. Y entonces fue cuando a César le declararon persona non grata por una pintada que hizo en la embajada. Lo sacaron por la caligrafía.
¿Él también militaba?
En el FRAP. Ya ves qué currículum tenemos detrás, que parece que somos unos santos y que no rompimos nunca un plato, pero no es verdad (risas). Pues nada, a César no le dieron la amnistía y nos vinimos para Gijón. Nos casamos aquí en junio del setenta y nueve, y nos fuimos a vivir a una casa en Felipe V. César había hecho el bachillerato, pero también había hecho natación, y cuando fuimos al local del PCE del barrio, nos encontramos a una de las chicas de allí, que trabajaba en la playa. Conversamos, él le cuenta que es nadador y tal, y le pregunta: «¿Tienes diploma?». Le dice: «¿Cuántos quieres?». Tenía de todos los años. Había empezado la temporada y hacía falta uno de salvamento. Así que fue para el Ayuntamiento, llevó todos los diplomas, le hicieron una prueba y entró de socorrista ya a mitad de temporada. Estuvo casi diez años trabajando todos los veranos. En el invierno hacía cosinas. Lo del salvamento se acabó cuando, ya con una edad, no pasó una prueba por unos segundos. Había empezado a fumar… Entonces empezó a trabajar en empresas auxiliares de ENSIDESA, en un sitio y en otro, y con cincuenta y cinco años enfermó. Había fumado mucho y ya venía de familia en la que casi todos los tíos habían muerto de cáncer de pulmón. Lo jubilaron y se quedó en casa. Yo seguí trabajando.
¿De qué?
Cuando vine de Bruselas, hice un montón de cosas. Estuve nueve años limpiando casas; me cogí un grupo grande de ellas para poder pagar la renta, y entre tanto seguía haciendo algo de bachillerato, algún curso, alguna cosa, no paré, y a base de los cursos que tenía de francés, de tal, con lo del bachillerato y uno y otro, en el noventa y uno entré en la bolsa de la Residencia Mixta de Gijón, en el área de servicios. Fui haciendo pequeñas sustituciones y luego me saqué el título de auxiliar de enfermería y trabajé en todos los centros del ERA de Gijón, siempre eventual. Luego salió la cooperativa de aquí de Moreda y, tacita a tacita, con algo que nos ayudó mi suegra y el dinero que había dejado en Bélgica, que me había dicho el belga que no lo tocase, tuvimos la entrada para el piso en el que vivo ahora. Más tarde, en la Mixta, tuve un accidente: me clavé una manilla en el ojo y tuve un desprendimiento de retina. Luego, en el dieciséis, hubo un examen del Principado, y me pusieron un psicotécnico de que había puntinos en las caras y uno y otro; como yo tengo puntos en el ojo los que quieras, decía yo: «Bueno, pues ¿cuántos puntos tiene esta buena mujer? ¿Resto los tres míos y sumo los de ella?» (risas). Quedé raspando. Tenía un buen baremo en la Mixta, pero lo que no quería era trabajar de auxiliar de enfermería, porque con el ojo no podía hacer esfuerzos. No pasó nada, porque fui a la mutua. Yo, como siempre, persona muy hábil y muy sincera; nunca me ando con chiquitas. Solo me faltaban seis meses de cotizar para poder jubilarme con el subsidio, se lo planteé a la médica y me dijo que, si lo hacía con cabeza y cuando me llamaran cogía nada más que trabajos muy pequeños, en el año y medio que tenía por delante podía completar esos seis meses en periodos cortos. Yo he tenido suerte. He tenido que trabajar mucho, sumar y restar y poner muchos peldaños, pero llevarlo bien, con sinceridad y honestidad, me ayudó, y lo conseguí. Y pude estar con César los últimos seis meses de su vida: a los seis meses justos de jubilarme yo, se murió. Pude estar con él.
¿Tenéis hijos?
Un hijo, César. Nació en el ochenta. Muy majo. Se parece a su padre: alto, ojos claros… Un chaval excelente. Vive en Madrid. Tengo dos nietas preciosas. Mi nuera es de ascendencia filipina y tengo dos nietas que no te quiero ni contar. Y mi nuera es un encanto, y su familia también: vienen, voy…
Este contenido cuenta con el patrocinio de la Dirección General de Memoria Democrática de la Consejería de Ordenación del Territorio, Vivienda y Derechos Ciudadanos del Gobierno de Asturias.

































