Freud vuelve a escena, pero ¿ha regresado el psicoanálisis?

Freud recupera protagonismo cultural, pero los datos de formación y las voces de especialistas dibujan una realidad más compleja en España y Asturias.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

Cuando Woody Allen despertó después de pasar doscientos años congelado, descubrió que el mundo había cambiado por completo. Era 2173 y la humanidad vivía rodeada de una tecnología inimaginable en los años setenta. Sin embargo, había algo que seguía preocupándole. Hacía dos siglos que no visitaba a su psicoanalista, un freudiano convencido. De haber continuado con las sesiones, bromeaba, probablemente estaría ya casi curado. La escena pertenece a El dormilón, estrenada en 1973, cuando el psicoanálisis formaba parte del paisaje intelectual y cultural de Occidente. Más de medio siglo después, entre terapias breves, psicofármacos, redes sociales e inteligencia artificial, Sigmund Freud vuelve a asomarse a la conversación contemporánea. La pregunta es si también está regresando a las consultas.

Basta con darse una vuelta por las redes sociales para encontrar diagnósticos improvisados de narcisismo, explicaciones sobre traumas infantiles o personas convencidas de haber descubierto los mecanismos inconscientes de su última ruptura sentimental. Nunca fue tan sencillo atribuir a una expareja un trastorno psicológico sin haber terminado siquiera una discusión. El lenguaje de la salud mental se ha instalado en las conversaciones cotidianas, aunque muchos de sus conceptos no pertenecen exclusivamente al psicoanálisis y su utilización popular suele alejarse bastante de las disciplinas de las que proceden.

El fenómeno ha despertado interés internacional. En los últimos años, publicaciones como The Guardian han abordado la recuperación cultural de Freud, mientras los debates sobre el inconsciente, el deseo, los vínculos o las experiencias infantiles encuentran nuevos públicos. La paradoja resulta sugerente. En una sociedad acostumbrada a las respuestas inmediatas, una tradición que propone dedicar tiempo a escuchar y explorar aquello que no comprendemos de nosotros mismos parece recuperar atractivo. Pero una cosa es que Freud circule por internet y otra muy distinta que aumenten los pacientes o los profesionales dispuestos a formarse en psicoanálisis.

La disciplina, desde luego, no ha desaparecido. La Federación Psicoanalítica Europea reúne a más de 8.000 psicoanalistas y profesionales en formación en decenas de sociedades de distintos países. En el Reino Unido, la Sociedad Británica de Psicoanálisis señaló en su memoria de 2024 un ligero incremento de miembros y candidatos en formación, favorecido en parte por la expansión de sus programas fuera de Londres. Son señales de actividad, pero no bastan para establecer una tendencia internacional. Para comprobar qué está ocurriendo conviene abandonar por un momento las interpretaciones culturales y mirar algo menos romántico que el inconsciente: las solicitudes de formación.

El psicoanálisis en “Annie Hall”, una de las grandes películas de Woody Allen.

Freud no llena las aulas

José María Erroteta, director del Instituto de Formación de la Asociación Psicoanalítica de Madrid, ha facilitado a NORTES las cifras de solicitudes de acceso recibidas durante los últimos cinco años. Fueron 12 en 2022, 15 en 2023, 11 en 2024, 10 en 2025 y 14 en 2026. No hay una tendencia sostenida de crecimiento. “No puedo afirmar que ha aumentado ni disminuido la demanda de solicitud de acceso a la formación y tampoco percibo especiales variaciones en la edad de llevarla a cabo. Creo que permanecemos estables”, reconoce.

Se trata de una sola asociación, por lo que sus datos no permiten extrapolar conclusiones al conjunto de España. Pero constituyen un primer indicador concreto frente a la idea de un renacimiento generalizado. La entidad cuenta actualmente con 123 miembros y 182 analistas en formación, aunque 55 de estos últimos ya han completado sus estudios y permanecen pendientes de los requisitos para acceder a otra categoría.

Erroteta recuerda que convertirse en psicoanalista exige bastante más que interesarse por Freud. En el itinerario formativo de su asociación se requiere una titulación universitaria, especialización clínica y al menos tres años previos de análisis personal, con una frecuencia de entre tres y cinco sesiones semanales. Los aspirantes suelen encontrarse en la treintena larga. No es precisamente un curso intensivo de fin de semana.

“El psicoanálisis no ha sido nunca una opción de masas”, sostiene. A su juicio, el tiempo, el dinero y la dedicación necesarios para formarse contribuyen a explicar esa realidad. Sin embargo, cree que el renovado interés podría encontrarse más entre los posibles pacientes que entre los futuros profesionales. Habla de personas insatisfechas con experiencias terapéuticas anteriores que buscan una escucha más prolongada. Es una percepción profesional, no una tendencia acreditada mediante cifras de consultas.

En Asturias, Anabella Rodríguez, presidenta del Foro Psicoanalítico de Asturias, tampoco describe una explosión de nuevos aspirantes. La asociación ha recibido a jóvenes profesionales interesados en formarse, pero ha experimentado incluso una reducción de asistentes tras la jubilación de dos psicoanalistas que participaban en la formación de especialistas sanitarios.

El diván sigue siendo uno de los símbolos más reconocibles de la disciplina. Pero no todos los pacientes se tumban en él ni todas las terapias se desarrollan como en las películas de Woody Allen.

Rodríguez, psicóloga sanitaria y psicoanalista de orientación lacaniana, encuentra una dificultad adicional en las exigencias intelectuales de la disciplina. Estudiar a Jacques Lacan, explica, obliga a adentrarse en la filosofía, la lógica y otras materias que no siempre forman parte de la preparación habitual de los profesionales. A su juicio, algunos jóvenes buscan herramientas clínicas de aplicación más inmediata y no están igualmente interesados en recorrer ese largo camino teórico.

Pero tampoco descarga toda la responsabilidad sobre las nuevas generaciones. Reconoce que las propias asociaciones psicoanalíticas pueden haber contribuido a su aislamiento, demasiado concentradas en la formación interna y poco presentes en actividades abiertas a otras disciplinas. “Quizás también ahí hay una responsabilidad también nuestra”, admite. En el Foro asturiano, explica, se ha planteado la necesidad de organizar más conferencias y encuentros públicos.

Su impresión cambia cuando mira hacia otros territorios. Rodríguez, nacida en Uruguay y formada en una tradición universitaria donde el psicoanálisis tenía una presencia importante, destaca especialmente la vitalidad de Argentina. Le sorprende la actividad de jóvenes profesionales que estudian, debaten y difunden nuevas interpretaciones a través de internet. También observa mayor interés en determinados encuentros celebrados en Madrid. No dispone, sin embargo, de cifras que permitan comparar esa actividad con la de años anteriores.

Argentina constituye un caso particular. El psicoanálisis arraigó allí profundamente durante el siglo XX y adquirió una presencia cultural que trascendió las consultas. Esa tradición rioplatense, que Rodríguez conoce de primera mano, también desempeñó un papel decisivo en la historia española, aunque por razones que poco tenían que ver con las redes sociales.

¿Quién puede permitirse un psicoanálisis?

El diván sigue siendo uno de los símbolos más reconocibles de la disciplina. Pero no todos los pacientes se tumban en él ni todas las terapias se desarrollan como en las películas de Woody Allen.

Rodríguez explica que muchas personas llegan a su consulta buscando simplemente atención psicológica. No han elegido expresamente un tratamiento psicoanalítico y, en ocasiones, ni siquiera conocen las diferencias entre escuelas. Descubren después una forma de trabajar en la que el profesional no pretende proporcionar una lista de instrucciones para controlar el malestar, sino favorecer que el paciente elabore sus propias respuestas.

También han cambiado las condiciones materiales. Las varias sesiones semanales características de determinados modelos clásicos resultan difíciles de mantener para muchos pacientes. Hoy, señala Rodríguez, es habitual acudir una vez por semana y hay personas que solicitan espaciar las visitas por motivos económicos. Los tratamientos pueden prolongarse durante años, aunque su duración depende de cada caso.

La cuestión introduce un problema que no se resuelve con debates sobre Freud o Lacan. ¿Quién puede permitirse dedicar una parte de sus ingresos y de su tiempo a un tratamiento prolongado? ¿Qué ocurre con quienes trabajan en horarios cambiantes, tienen empleos precarios o apenas pueden afrontar los gastos cotidianos?

Congreso de psicoanalistas a principios del siglo XX.

Las propias instituciones psicoanalíticas han desarrollado algunas respuestas. El Foro Psicoanalítico de Asturias dispone de una red de acogida para personas que, por dificultades económicas, difícilmente acudirían a una consulta privada. La Sociedad Española de Psicoanálisis ofrece, a través de su servicio de asistencia clínica, una tarifa social de 45 euros por sesión para personas adultas que no pueden asumir el coste habitual, con una frecuencia mínima semanal. En el Reino Unido, la sociedad británica contempla tratamientos de cinco sesiones semanales con tarifas que, en determinadas plazas y tras una valoración, pueden bajar hasta 5 libras por sesión. Son iniciativas que intentan reducir las barreras económicas, aunque no permiten conocer cuántas personas quedan fuera de este tipo de atención.

La pregunta económica resulta especialmente pertinente cuando buena parte del debate contemporáneo sobre salud mental gira alrededor de la necesidad de recibir ayuda. Recomendar terapia puede ser sencillo; disponer del dinero, del tiempo y de las condiciones necesarias para sostenerla es otra cuestión.

La primera vez que Freud regresó a España

El supuesto retorno actual tiene un antecedente especialmente revelador. Silvia Lévy Lazcano, investigadora del Instituto de Historia del CSIC, ha estudiado cómo el psicoanálisis recuperó protagonismo durante el tardofranquismo y la Transición, después de una trayectoria profundamente condicionada por la Guerra Civil y la dictadura.

Las ideas freudianas habían tenido presencia en la cultura médica y científica española de los años veinte y treinta, relacionadas con las reformas educativas, la sexualidad y la higiene mental. La represión y el exilio posteriores alteraron ese panorama, mientras determinados sectores adaptaron el psicoanálisis a los marcos ideológicos de la psiquiatría oficial y el nacionalcatolicismo.

A partir de los años sesenta comenzaron a abrirse nuevas posibilidades. El pensamiento psicoanalítico entró en contacto con el marxismo, la antipsiquiatría, el feminismo y la crítica institucional. No se trataba únicamente de explorar el inconsciente individual, sino también de cuestionar las relaciones de autoridad, los modelos familiares, la represión sexual y las instituciones que regulaban la vida cotidiana.

Revistas como Ajoblanco, Ozono o El Viejo Topo contribuyeron a trasladar aquellos debates fuera de los círculos profesionales. Freud convivía con la revolución sexual, la crítica política y las aspiraciones de transformación social. El psicoanálisis podía formar parte de una conversación sobre cómo cambiar la sociedad, no solamente sobre cómo afrontar los conflictos personales.

El Hospital Psiquiátrico de Oviedo, conocido como La Cadellada, protagonizó en 1971 uno de los conflictos más significativos de las luchas por la reforma psiquiátrica durante el tardofranquismo.

En aquel proceso desempeñaron un papel decisivo los profesionales llegados de América Latina, especialmente de Argentina. Óscar Masotta comenzó a impartir seminarios sobre Lacan en Barcelona en 1975 y fundó dos años después la Biblioteca Freudiana. Otros especialistas promovieron grupos de estudio y espacios de formación que encontraron un público interesado en perspectivas distintas de las ofrecidas por las instituciones tradicionales.

Lévy destaca que las trayectorias de estos profesionales fueron diversas y que las experiencias de exilio, compromiso político y resistencia contribuyeron a conectar algunas de sus propuestas con el clima cultural español. Su influencia desbordó las consultas para alcanzar la educación, la pedagogía y las nuevas formas de intervención social.

Asturias tampoco permaneció al margen de aquel ambiente de transformación. El Hospital Psiquiátrico de Oviedo, conocido como La Cadellada, protagonizó en 1971 uno de los conflictos más significativos de las luchas por la reforma psiquiátrica durante el tardofranquismo. Lévy advierte de que no debe confundirse aquella movilización con la implantación específica del psicoanálisis, aunque ambas historias compartieran un contexto de renovación profesional e intelectual.

El debate freudiano llegó también a otros espacios asturianos. En 1980, los psiquiatras Guillermo Rendueles y José García dirigieron un seminario sobre psicoanálisis en Oviedo. Dos años después, el filósofo Gustavo Bueno publicó en El Basilisco el ensayo Psicoanalistas y epicúreos, en el que cuestionaba el carácter científico de la disciplina. La controversia, por tanto, no nació con las actuales discusiones de internet. En Asturias ya se debatía intensamente sobre Freud cuando todavía faltaban décadas para que existieran los pódcast de psicología.

La actividad organizada continuó. En 1994 se celebraron en Oviedo unas jornadas de la Escuela Europea de Psicoanálisis, y distintas asociaciones han mantenido desde entonces encuentros y programas de formación. El Foro Psicoanalítico de Asturias organizó en mayo de 2026 unas jornadas sobre adolescencia y redes sociales. Las preocupaciones han cambiado, pero la conversación no se ha interrumpido.

Del malestar colectivo a la cultura terapéutica

Para Silvia Lévy, las diferencias entre aquel regreso y el momento actual son fundamentales. Durante la Transición, la recuperación del psicoanálisis estuvo estrechamente relacionada con movimientos de transformación política y social. Hoy sus conceptos circulan en una cultura donde la salud mental ocupa un espacio creciente y las redes sociales, los pódcast y los productos audiovisuales han sustituido parcialmente a las revistas contraculturales y los grupos de estudio como vehículos de difusión.

Pero existe una continuidad que la historiadora considera especialmente importante. Tanto entonces como ahora, el sufrimiento individual mantiene relaciones con las condiciones sociales en las que se produce.

Si durante la Transición determinadas corrientes psicológicas ayudaron a cuestionar las estructuras sociales, ¿hasta qué punto la cultura terapéutica contemporánea corre el riesgo de convertir problemas colectivos en responsabilidades individuales?

La precariedad laboral, las dificultades de acceso a la vivienda, las desigualdades de género o la incertidumbre ante el futuro no son problemas que puedan comprenderse únicamente a partir de las características psicológicas de cada individuo. Tampoco significa que todas las experiencias de sufrimiento tengan una explicación social exclusiva. La cuestión es evitar que las condiciones materiales desaparezcan cuando intentamos entender lo que nos ocurre.

Lévy cuestiona las perspectivas que reducen el malestar a un problema exclusivamente individual o cerebral, sin atender a las circunstancias económicas, políticas y sociales. Y advierte de que el psicoanálisis tampoco es, por definición, una práctica crítica o emancipadora. Su orientación depende de quienes lo ejercen y de su capacidad para revisar sus propios presupuestos.

La historiadora menciona particularmente las nuevas configuraciones familiares, las identidades de género y las distintas formas de vivir la sexualidad. Son realidades que obligan a examinar críticamente categorías psicoanalíticas que históricamente también contribuyeron a naturalizar determinados modelos de feminidad, masculinidad y familia.

La diferencia entre ambos momentos plantea una cuestión incómoda. Si durante la Transición determinadas corrientes psicológicas ayudaron a cuestionar las estructuras sociales, ¿hasta qué punto la cultura terapéutica contemporánea corre el riesgo de convertir problemas colectivos en responsabilidades individuales? No es una contradicción exclusiva del psicoanálisis, pero su historia permite formularla con especial claridad.

Lo que la ciencia reconoce y lo que sigue discutiéndose

El renovado interés cultural por Freud tampoco resuelve las controversias científicas que acompañan al psicoanálisis desde hace décadas. Algunas de sus teorías clásicas han sido cuestionadas por las dificultades para someterlas a contrastación empírica. Al mismo tiempo, determinadas intervenciones desarrolladas dentro de la tradición psicodinámica cuentan con estudios clínicos que respaldan su utilización para problemas concretos.

La Organización Mundial de la Salud, en sus recomendaciones actualizadas en 2023, incluye la psicoterapia psicodinámica breve entre las intervenciones psicológicas estructuradas recomendadas para adultos con depresión moderada o grave, junto con otras modalidades como la terapia cognitivo-conductual. La recomendación general es fuerte y la certeza de la evidencia, moderada. Por su parte, el organismo británico NICE contempla la psicoterapia psicodinámica breve entre las opciones para determinados cuadros depresivos, mediante tratamientos individuales basados en protocolos específicos, habitualmente de 8 a 16 sesiones, aunque pueden requerirse más según las necesidades clínicas.

Esto no significa que las instituciones sanitarias hayan validado el conjunto de las teorías freudianas. La psicoterapia psicodinámica breve evaluada en estudios clínicos no equivale necesariamente al psicoanálisis clásico de varias sesiones semanales durante años. Tampoco existe una única práctica psicoanalítica. Las diferencias entre escuelas, modalidades de tratamiento y objetivos terapéuticos impiden tratarlas como si fueran una intervención uniforme.

La controversia tiene, además, una larga historia de enfrentamientos profesionales e intelectuales. Erroteta considera que la psiquiatría biológica y la psicología cognitivo-conductual contribuyeron a desplazar el psicoanálisis durante la segunda mitad del siglo XX. Rodríguez defiende la existencia de un método de trabajo propio y destaca los intentos contemporáneos de dotarlo de mayor fundamentación científica. Son posiciones de profesionales vinculados a la disciplina, que no sustituyen a la evaluación independiente de su eficacia.

Más allá de estas disputas, el debate exige distinguir entre la influencia cultural de una teoría, la utilidad clínica de determinados tratamientos y la validez científica de sus explicaciones. Son preguntas relacionadas, pero no equivalentes.

El psicoanálisis de 2026 no es exactamente el que Woody Allen convirtió en objeto de sus bromas. Ha modificado algunas de sus prácticas, convive con otras formas de atención psicológica y busca nuevos espacios en una sociedad que habla constantemente de salud mental. Pero también arrastra dificultades de acceso y controversias científicas que no desaparecen porque sus conceptos se hagan populares.

Quizá Freud no necesite que lo descongelen. Más de medio siglo después de El dormilón, su nombre vuelve a escucharse por todas partes, aunque todavía no sabemos si hay más gente llamando a la puerta de los psicoanalistas.

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