Mudos

El estado y los servicios públicos son la membrana que nos separa de la barbarie.

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Canetti lo llamó descarga. Para entender algo de la conducta colectiva, antes de caer en insipideces como que la gente es idiota o como que el pueblo español es un pueblo sabio, tenemos que empezar siempre distinguiendo el individuo de la masa. Tenemos que entender que, por individuos que nos sintamos y seamos, todos nos hacemos masa, para bien y para mal. Y tenemos que entender que la condición de masa es efímera y ligada a circunstancias. Canetti llamaba descarga a ese momento en que el sujeto deja de ser individual y se hace una pasta con otros sujetos, donde no hay diferencias, no hay listos ni tontos, amos ni siervos. En un concierto abarrotado de Bruce Springsteen disfrutamos con la descarga, pagamos una entrada para desaparecer engullidos por toda esa gente que comparte nuestra euforia momentánea. En unas culturas más que en otras, el individuo rechaza el contacto con individuos desconocidos, nos pone en guardia que un desconocido nos toque el hombro al cruzarse con nosotros. En la descarga del concierto, disfrutamos apretujados con desconocidos. La masa es benigna en manifestaciones que no requieren pensar o controlar. Es mortal en un incendio. La masa no piensa y el pánico es la fuerza que nos succiona en la masa. Hacemos simulacros de incendios por la certeza que tenemos de que espontáneamente nos haríamos una masa desnortada que se calcinaría. Las tácticas de la propaganda autoritaria buscan erizarnos en emociones intensas de odio y agresividad, lo bastante sostenidas como para que lleguemos a las urnas como masa irracional, donde efectivamente listos y tontos seamos iguales. La masificación puede desencadenar tragedias.

El día 28 la noticia fue que dos trenes habían chocado. Y empezaron a chispear los datos como gotas de ácido que iban abriendo un boquete en nuestro ánimo y nuestra atención. Primero heridos, luego muertos, luego muchos muertos, desaparecidos. Parecía que un guionista macabro nos proyectaba un detalle de una escena y luego iba abriendo el zoom para ir cebando nuestro espanto e incredulidad. Fuimos sabiendo que serían muchos a los que se les iba a morir su hijo, su esposa o su hermana tres veces. El hijo, esposa o hermana se les habrán muerto por primera vez al conocer las dimensiones del desastre en el tren en el que viajaban. Se les morirían otra vez al aparecer en la lista ominosa de desaparecidos. Solo se puede desaparecer en un trance así por haber muerto. Pero ninguna certeza racional es del todo certeza hasta que intervienen los sentidos, hasta que los ojos leen o los oídos oyen la comunicación de que apareció el cadáver del desaparecido. Es la tercera muerte del mismo hijo, esposa o hermana. La conmoción de cada uno se sabe compartida con los demás. Empezamos a buscar contacto visual, incluso táctil, con allegados o extraños. Empieza la descarga. En un funeral la gente se masifica en una gravedad que envuelve el ambiente como trapos de seda en suspensión. A la escala de una desgracia colectiva tan abrumadora, la descarga de todos en una masa compungida se expresa oficialmente con esa figura administrativa que es el decreto de luto; que está mal expresada, no se decreta, se acusa recibo del luto que ya está en la gente.

En las situaciones de fuerte inmersión emocional colectiva la conducta es fuertemente ritual. Hay que ser previsible y seguir el estereotipo esperado, no intente ser original ni llamar la atención en un funeral. La masificación momentánea en la conmoción, este luto que nos succiona ahora, es un manto de consuelo, alivia desaparecer. Cualquier mensaje llegará a la audiencia trizado y varias veces retorcido, como si metiéramos oblicua una pajita un vaso de agua que burbujea. Es momento de callar y ser mudos, de desaparecer juntos. El empeño de las autoridades, con la atención a víctimas, con el auxilio a los afectados, con las terribles tareas logísticas y con las declaraciones al país, ha de consistir ahora en ser el gesto de la nación, ser masa con nosotros, escenificar la consternación y el punto de rebeldía e indignación que bulle tras nuestra incredulidad. No es momento para decisiones impacientes ni palabras nerviosas. Los demás estamos mudos y oímos mal.

Desde luego, aunque el tiempo esté suspendido, por fuera del luto la actualidad late con sonido sordo y confuso. Enric Juliana elige la palabra fragilidad para describir lo que nos proyecta este espanto. Habrá habido un fallo de alguien, pero no puede depender la seguridad de un fallo individual. No vamos a asumir que no habrá muertos solo si todos y cada uno de los operarios lo hacen todo bien siempre. El estado y los servicios públicos son la membrana que nos separa de la barbarie. Los griegos llamaban bárbaros a quienes hablaban algo que no se entendía. Eso es la barbarie, el reino donde no nos entendemos y donde campa, como dice el DRAE, la fiereza y la crueldad. Eso es lo que evitamos cuando la convivencia se canaliza en instituciones que normalizan protección y oportunidades justas. Esa membrana tiene rotos, los servicios públicos están tensados. La crisis de la deuda y la pandemia debilitaron nuestros servicios. La política se mueve cada vez más en plazos cortos e impacientes y se compone de episodios amnésicos desconectados. Qué lejos queda ahora Maricarmen. Es siempre más rentable políticamente poner más vías y más tramos de carreteras que gastar el dinero en la tarea invisible de la seguridad. Es obvio que en España hubo una inversión desbocada en alta velocidad (ningún país del mundo hizo algo similar), que se multiplicaron las necesidades de mantenimiento y que no hubo una inversión acorde. Las privatizaciones empeoraron las cosas. El lucro privado no busca el beneficio, sino el máximo beneficio. No solo son los trenes, es la membrana entera. Esteban Hernández recuerda que todos los servicios públicos descansan en dosis desaconsejables de voluntarismo de los trabajadores. Hay fragilidad. Fuerzas poderosas dicen que la membrana nos ata y que la libertad está en la barbarie, en la fiereza y la crueldad. Y predican con el ejemplo, haciendo exhibiciones descarnadas de crueldad. Hay fragilidad, los aullidos de la barbarie se dejan oír por los rotos de la membrana como esos hilos de viento que se cuelan por las rendijas de los desvanes. Y la fragilidad se añade a la fragilidad. Europa está siendo atacada en episodios sueltos que crean sensación de caos. Las fuerzas de la barbarie son poderosas y alimentan el gusano autoritario en las entrañas de la UE.

El luto se irá disipando. Dudo que algún mensaje del Gobierno llegue nítido sin la dimisión, injusta pero quizás necesaria de Óscar Puente. La precipitación es mala, ha de normalizarse la situación. «Que se deje de tanto Twitter y se ocupe de nuestra seguridad», dicen desde galaxias conspiranoicas ultras y desde pesebres madrileños. Precisamente Puente, que si algo hizo mal no será por falta de dedicación. Costará espantar a los buitres del escenario. Las derechas siempre alternaron dos indignidades en las tragedias: el maltrato a las víctimas (¿se acuerdan del 11 M y Pilar Manjón, de los 7291, de la DANA?) o su instrumentalización inmisericorde para sus roñosos intereses (la de inmoralidades que acumulan sobre las víctimas de ETA). Esta será una campaña electoral de fogonazos y de amnesia. Faltan episodios, esperemos novedades de EEUU, habrá injerencias externas.

El luto se irá y tendremos que hablar de la fragilidad de los servicios públicos y de las inversiones que no se hacen. Gestha (sindicato de técnicos de hacienda) estima en 91.000 millones de euros el fraude fiscal anual, 60.000 en impuestos evadidos y 31.000 millones en fraude de cotizaciones a la Seguridad Social. Hay que hablar de servicios, impuestos y barbarie. Sánchez dijo que era inasumible este accidente después de aquel otro. Pues no lo asuma usted. Servicios, impuestos y barbarie: ni lo asuma usted ni se lo permita nadie que se entienda con usted. Y no se hablará en serio de esto ni los demás servicios si no se habla de medidas para esos 91.000 millones que rasgan cada año la membrana.

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