El canal Aljazeera informaba esta semana de la celebración del Festival Internacional de Cine de Mujeres en Gaza, en el campamento de refugiados de Al-Bureij. Se han proyectado cortos como Un saco de harina, de Mona Abu Qass, sobre las dificultades de conseguir algo tan básico como eso, un saco de harina en Gaza, una tarea que no pocas veces les cuesta la vida a los habitantes de la Franja, o Más allá del silencio, de Raghda al-Buhaisi, sobre los problemas a los que se enfrentan las personas con alguna discapacidad bajo el asedio israelí. El objetivo es preservar las historias que Israel trata de sepultar bajo los escombros, preservar la memoria colectiva del pueblo palestino. Hay que ser muy valiente para sobrevivir a la brutalidad de Israel y más todavía para levantar un festival de cine en Gaza.
Esta misma semana un informe encargado por la ONU ha determinado que el estado genocida de Israel continúa masacrando a los gazatíes pese a eso que se ha llamado alto el fuego y que se supone que entró en vigor el 11 de octubre del año pasado. El informe denuncia 1.431 víctimas mortales de las que al menos 300 son niños. Como ya se advirtió desde el primer momento, ese “alto el fuego” está teniendo un único efecto, que se hable menos del proyecto sionista de barbarie y limpieza étnica. Pero ha habido, hay, continúa habiendo un genocidio, como ese informe demuestra al hablar del asesinato deliberado de niños y de violencia sexual. Hay que ser muy valiente para ser un niño, una niña en Gaza.
El vocabulario que describe la violencia de Israel sobre Gaza y Cisjordania sigue creciendo: genocidio, escolasticidio, ecocidio y, ahora, mediacidio, término que emplea la Relatora Especial de la ONU, Francesca Albanese en su último informe, presentado también esta semana: La verdad bajo los escombros: los medios de comunicación en tiempos de genocidio. Denuncia Albanese el asesinato de unos 300 periodistas y trabajadores de medios de comunicación palestinos desde octubre de 2023, además de un centenar de detenidos. Cito el comienzo de este informe, cuando Francesca Albanese señala los tres patrones seguidos por el estado de Israel para asesinar la verdad: “la eliminación de los trabajadores de los medios de comunicación palestinos mediante asesinatos, mutilaciones, detenciones arbitrarias, torturas, intimidación y la calificación sistemática de estos como ‘terroristas’, con el fin de impedir la documentación de los crímenes; la construcción en Israel de un régimen de información basado en restricciones a los medios de comunicación, censura, propaganda, discurso de odio, incitación al genocidio y negacionismo; y el papel desempeñado por influyentes medios de comunicación internacionales y plataformas digitales para marginar las voces palestinas y reproducir las narrativas israelíes, normalizando distorsiones jurídicas que, en última instancia, han legitimado atrocidades”. La tercera acusación señala directamente la complicidad internacional en el genocidio. Hay que ser muy valiente para ser periodista en Gaza y Cisjordania.
Ayer vi el documental Aminetu (2026), de la directora Lucía Muñoz Lucena. Narra lo sucedido en 2009, cuando la activista saharaui Aminetu Haidar fue expulsada del Sáhara Occidental por Marruecos y enviada sin pasaporte y contra su voluntad a Lanzarote, donde comenzó una huelga de hambre de 32 días hasta que logró ser devuelta a su hogar en El Aaiún. Aminetu Haidar ha recibido numerosos premios internacionales por su defensa de los derechos humanos, pero eso no la pone a salvo y acumula años de cárcel, golpes y torturas. Hay que ser muy valiente para enfrentarse a sabiendas al horror de la represión marroquí.
Me pregunto de qué está hecha esta gente, cineastas, fotógrafos y periodistas, activistas de los derechos humanos en Gaza, en el Sáhara Occidental. Rara vez recuerdo lo que sueño, pero esta noche me ha despertado una pesadilla, solo por ver un documental, solo por escuchar a una mujer sentada en una terminal de aeropuerto recordando su huelga de hambre en Lanzarote. Las alusiones a las torturas y a las “cárceles secretas” de Marruecos bastaron para envenenar mis sueños.
Hesíodo contaba en la Teogonía que sucesivas generaciones de hombres habían habitado la Tierra hasta llegar a la época en la que él compuso su obra: la raza de oro, que vivía sin fatigas, codo a codo con los dioses, pero que acabó desapareciendo; la raza de plata, de hombres brutos y violentos que Zeus mismo tuvo que aniquilar; la raza de bronce, más brutos todavía, que se destruyeron entre ellos; la raza de los héroes, la mejor, la de aquellos que murieron en Troya o en Tebas, y la actual, la raza de hierro. Hesíodo se lamentaba de no haber nacido antes, en tiempos de los héroes, o después, cuando quiera que fuera. Odiaba la raza de hierro, la suya y la nuestra, rodeada de males, aunque su lamento lo motivaba sobre todo el hecho de que hubiera que trabajar para comer, no como en la edad de oro.
Si me pregunto de qué material están hechas las mujeres de las que hablo hoy aquí, y muchas como ellas, y también muchos hombres, no sé la respuesta, sé que viven con nosotros, pero son de otra edad, de un material diferente al nuestro, al menos diferente al mío. Son la única esperanza de que tanta injusticia y tanto dolor no sean en vano.































