El parque Ferrera es uno de los emblemas de Avilés: un enorme pulmón de 81.000 metros cuadrados en pleno centro de la ciudad, con su parque inglés y su jardín francés y sus zonas boscosas con ejemplares centenarios de tejos, cedros, pinos, robles, abedules o castaños. Propiedad durante siglos de los sucesivos marqueses de Ferrera, parte de la finca del palacio del mismo nombre, el Ayuntamiento lo adquirió para uso público en los setenta, y fue inaugurado por el rey Juan Carlos I en mayo de 1976. Pero el parque Ferrera que conocemos hoy, el centro de Avilés que hoy conocemos en general, podría haber sido muy distinto. Lo que determinó que la ciudad tenga su forma actual fue una vigorosa movilización ciudadana. Una carretera podría haber destruido el parque.
Era aquel el Aviles desarrollista; una ciudad que había crecido brusca, desordenadamente, al compás de una afluencia masiva de migrantes interiores, llegados de todas partes de España para alimentar las necesidades de brazos de una industria boyante. Ya a finales de los sesenta, una revisión del Plan General de Ordenación vigente desde 1956 se había encontrado con movilizaciones en contra de la pretensión de demoler las últimas casas de la calle de Galiana (números 39, 41 y 41 bis), que obstaculizaban la creación de una ronda interior y de construir en aquella zona con grandes alturas. En aquel momento —como cuenta Juan Carlos de la Madrid en una entrada de su blog—, fue crucial la intervención de Luis Menéndez Pidal, por aquel entonces Arquitecto Conservador de Zona, que redactó un informe con el que la Dirección General de Bellas Artes paralizó la aprobación del nuevo plan en tanto no se respetase la integridad de Galiana. Aquella era —rezaba el informe, con fecha 25 de octubre de 1969— «uno de los ejemplos urbanísticos de vía porticada más interesantes de nuestra Nación».

Se desataba así una pugna que duró años: Ayuntamiento contra Bellas Artes. Y que la democracia naciente revitalizó con la aparición de los partidos políticos, que rápidamente aglutinaron esfuerzos en una así llamada Plataforma para la Defensa del Patrimonio Artístico y Cultural de Asturias. Contaba con el apoyo de UCD, PSOE, PSP, PCE, MCA, ORT, Izquierda Democrática y Falange Auténtica, así como de la Asociación Asturiana de Pintores y Escultores, la Asociación de Amas de Casa, el Club Delta y la Asociación de Vecinos de Avilés Centro. En diciembre de 1977, los vecinos recibían notificaciones oficiales del Ministerio de Obras Públicas anunciándoles la expropiación de sus fincas y el derribo de los edificios. Las movilizaciones, que ya venían de atrás, se sucederían durante todo el año siguiente, hasta que la Dirección General de Bellas Artes decidió paralizar la obra.

«Salvemos el Parque», rezaban las pancartas de aquellas manifestaciones. En el tiempo que aún no pronunciaba apenas la palabra ecología, pero sí se había adquirido la sensibilidad por la naturaleza y la importancia de zonas verdes en las ciudades, tanto más en una como Avilés, donde la contaminación era asfixiante y evidente, el amor al parque, la necesidad del parque, se expresaba de distintas formas que incluían la poesía. Así, por ejemplo, esta que, firmada por Manuel Suárez, se publicaba en El Comercio el 28 de agosto de 1976: «Parque de Ferrera,/ parque avilesino,/ remanso de paz,/ descanso del camino.// Del recinto fortaleza/ que alberga tu gran pulmón/ va manando el aire puro/ que evita la polución.// Con tu frondosa arboleda,/ y tu edad de muchos años,/ tu panorama es tan bello/ que recuerda lo primario.// Dentro de esta sobriedad/ y de tu rústica forma,/ voy contemplando tu suelo/ como a una gigantesca alfombra.// Qué placer ver caminar/ por tus cuidados senderos/ la gente en pequeños grupos/ y ver sentado al abuelo.// Desde la carpa que cubre/ tu matizado verdor/ todo en ti invita al sosiego/ y a una paz llena de amor.// Estas líneas mal rimadas/ serían propias de un poeta/ que con su pluma aireara/ un cuadro de tal belleza.// Mas, a mi modo y con pasión,/ te canto como sé y puedo,/ lanzando mi pluma al ruedo/ con todo mi corazón».

También se defendía el parque en asturiano. Un año después, el 25 de septiembre del 1977, se publicaba en el mismo periódico esta otra versificación, de orden más satírico, y en la lengua vernácula, en tiempos anteriores —como puede verse con facilidad— a la consolidación de sus normas ortográficas. «Pelu a pelu pelanon a Pedru» la titulaba B. Guardado Rodríguez: «Dicen que pelu a pelu/ un que t’arrincu hoy y utru mañana,/ dexanon calvu a Pedro.// Quiciaves qu’algu asina se pretenda,/ según cunta la xente de la villa/ col Parque de Ferrera.// Que si por isti llau quiten un cachu/ y arramplen por allá con utru tantu,/ si desmenuye el prau/ y mengua l’arbolea,/ tá la xente no ciertu/ de que’l dichosu parque queda’l probe/ tan escasu de pelu como Pedru.// Dalgún desaxerau, siempre hay de too/ non deja de glayar que si’l proyetu/ que se tién proyetau se lleva a cabu,/ y los que vengan llueu/ non va quedar más cosa/ del parque d’isti pueblu/ que’l casetu llamau de los servicios:/ o seya, el mexaderu.// Yo non sé d’orbanismu, peru estimu/ que si ye necesaria la tal calle/ que traten de facer,/ xamás ha de ser menos/ precisu pa la villa isi aire sanu/ que respiren nel parque tantos neños/ como nel se cobixen/ (Los neños y los vieyos).// Au llimpien los pelmones del venenu/ de tanta porquería/ como enunda les calles d’isti pueblu.// Ya que ye bien sabíu/ qu’hay más mierda nel cielu d’esta villa/ que’n palu un gallineru/ (Y qu’adespense el palu).// Y si lo pocu qu’hay pa combatilu/ ye’l parque de Ferrera/ y quieren cercenalu/ dexándolu tan calvu como a Pedro,/ cuasi seyá meyor quitalu tou./ ¡Tou! Hasta’l mexaderu».
También en la lengua autóctona se escribía un reportaje titulado «Avilés: un pueblu, un parque, una marquesa», en la revista Secha, que editaba el Conceyu Cultural Asturianu, el 1 de diciembre de 1977. En él, escrito por Mari Luz Fernández, después de un comentario sobre las prebendas concedidas a la marquesa de Ferrera, que se quedó con «un requexu’l parque de 7000 m. cuadraos, pal só usu particular», requexu en torno al cual se tomó la decisión de «llevantar un murio que desapartara les espolletaes posesiones de la marquesa de Ferrera de la fastera de llibe esfrute públicu», como para garantizar el «dixebramientu ente la marquesa y la “gandaya”», se comentaba el asunto de la apertura proyectada de la calle del Marqués y cómo podía estar «relacioná cola fechura un proyeuto, llamau de “Ronda”, que tien como finxu l’amiyoramientu de la cadarma viaria urbana d’Avilés». Nadie tenía —se decía— «duldes de la utilidá d’un proyeutu d’estes carauteristiques», pero era intolerable la pretensión de hacer pasar la Ronda por 8000 metros cuadrados del parque que incluían, para más inri, su única arboleda. Había que «se decatar de lo qu’esto quier dicir pa una ciudá como Avilés, verdaderu monumentu a la contaminación». Se enumeraban, seguidamente, los hitos, hasta el momento, de la movilización popular que se había generado, incluyendo un «Conceyu-Debate» al que habían acudido en torno a dos mil personas —pero ninguna representación de la corporación—, con dos horas largas de intervenciones apasionadas y ataques contra el exalcalde Suárez de Villar. «El parque Ferrera», se concluía, «ye vital pa Avilés y la Ronda ye tamién perútil, pero nun hai incopatibilidá nenguna entre l’una y la otra. El problema nun ye ténicu sinón político y ta en dicidir si hai que servir al pueblu d’Avilés, a les sós necesidaes o a un garrapiellu caciques».

Poco después, el 8 de octubre de 1977, la Coordinadora Pro-Parque era recibida por el alcalde Ricardo Fernández, a quien habían solicitado una reunión con el fin de plantearle el problema y hacerle entrega de seis mil firmas recogidas en las calles. Unos días más tarde, se invitaba a todas las asociaciones de Asturias para que acudieran a una gran manifestación el 22 de noviembre. En el comunicado, se expresaba, como siempre, la convicción de que tan importante era conservar el parque, «lugar de solaz del pueblo avilesino y coadyuvador en las funciones de equilibrio ecológico en esta zona de extraordinaria contaminación ambiental», como «que se lleve a efecto la primera ronda por considerarla imprescindible para el desahogo de la caótica situación de la circulación rodada», pero también la de que era posible encontrar «una solución que haga compatibles estas dos cuestiones». El músico Xune Elipe, líder de la banda Dixebra, recuerda vagamente aquellas manifestaciones, pero con nitidez la impresión de la primera vez que entró en el parque Ferrera: «Foi per aquel tiempu, nunes visites organizaes pol movimientu na so defensa, y abluqué de qu’aquel espaciu verde tuviere metanes el centru de La Villa. Un llugar impresionante, que tuviere munchos años “escondíu”, nuna ciudá industrial como yera Avilés naquel tiempu con aquella ayalga que se recuperara y que corría peligru». La gran manifestación del 22 de noviembre congregaría finalmente a unas dos mil personas, con el apoyo de partidos, asociaciones y centrales sindicales.

Había, efectivamente, otras soluciones; la ronda pasó finalmente por otro sitio, y no destruyó el parque Ferrera. Tampoco el parque Reconquista de Versalles, que también pudo ser destruido, y en torno al cual se generó igualmente, por las mismas fechas, una fuerte movilización. La castigada y ahora remozada Avilés es hoy más verde de lo que podría haber sido gracias a quienes participaron en ella.































