Hay lugares que parecen estar más cerca del cielo que del mundo que pisamos. La frase no es mía, es del naturalista Joaquín Araújo al que tomo prestada su lírica -que él dedicó a la cordillera cantábrica en la presentación del documental “Las montañas del norte”– para hablar de una de las comarcas más bonitas que conozco.
Jalonada a norte y sur por dos moles, el macizo de Peña Ubiña y la sierra de La Cañada, Babia es un remanso esculpido por el glaciarismo en la arrugada montaña cantábrica. A su nombre femenino y musical suma casi todos los ingredientes para las ensoñaciones: pequeñas lagunas en las cumbres, extensas zonas de pastizales y una saca de leyendas. Si los grandes bosques nos producen zozobra -allí habitan nuestros temores-, estas montañas casi desarboladas se presentan como un lugar apacible que recuerda lejanamente a las praderas del oeste americano o las estepas de Asia central, lugares donde las sombras se estiran como los horizontes.
Pero Babia no fue siempre así, el paisaje actual es resultado de una intensísima actividad ganadera con ovejas merinas que acudían en los periodos estivales para aprovechar los pastos de montaña. Hablamos de muchas decenas de miles de ovejas del antaño poderoso Real Concejo de la Mesta que, literalmente, se comieron de Babia lo que los humanos no quemaron o roturaron. Hoy resultaría inconcebible semejante presión y carga ganadera, pero no es menos cierto que la historia de la trashumancia tiene ribetes culturales muy hermosos -aconsejo el libro de Manuel Rodríguez Pascual La trashumancia: cultura, cañadas y viajes-, y algo hay en esas imágenes de los rebaños atravesando mansamente grandes espacios que alimenta nuestro espíritu primigenio. Quizás sea el sentimiento de dominación de lo salvaje, el poder de domeñar las grandes manadas de herbívoros que durante miles de años vimos pasar por delante de nuestras narices sin poder hincar el diente más que accidentalmente a gacelas, ñus o bisontes.

Hoy apenas quedan ovejas. Sí quedan vacas, y muchos caballos. Se cuenta la leyenda de que Babieca, el caballo de Rodrigo Díaz de Vivar, procedía de aquí, y que de ahí su nombre. Pasaba el Cid por Huergas de Babia y reparó en un grupo de caballos que soportaban la ventisca. Tienen estos bichos la costumbre de, en las nevadas, dar la espalda al cierzo, pero en aquella ocasión uno de los jamelgos estaba tan pichi plantando cara a la cellisca, y claro, el caballero castellano se lo agenció. La trama tiene gracia, pero es más falsa que un billete del Monopoly.
Quien sí paró por aquí fue Luis Mateo Díez para escribir un precioso Relato de Babia, y otro ilustre, Julio Llamazares, también puso tinta a esta comarca con su libro En Babia. Como recomendación aconsejo la lectura de los textos dedicados a esta tierra por el escritor también leonés Pablo Andrés Escapa en distintos espacios del palacio de los Quiñones, un edificio formidable del siglo XVI que actualmente acoge el centro de interpretación de Babia y Luna en el pueblo de Riolago. Y a caballo entre la literatura y la escena, el gran Labordeta se marcó un capítulo de su “Un país en la mochila” que es una delicia, particularmente su momento con Adelaida, una paisanina de La Cueta que le recitó el romance de la loba parda.
Desde allí, desde La Cueta, baja el Sil como un demonio hacia Laciana y luego girar al sur camino de El Bierzo, camino del Miño. Como el río viene muy crecidito, los humanos hemos decidido domarlo, como a los rebaños de ovejas, y así el Sil se va amansando, el pobre infeliz, con trece presas en sus poco más de doscientos kilómetros de recorrido, a un promedio de una cada veinte kilómetros, para que se le bajen esos humos. Aquí el gobierno no llegó con sus perversas artes de derribo.
Pero volvamos a Babia. De aquellas lobas pardas que cantaba Adelaida algo saben por estos andurriales, por eso criaron algunos de los mejores mastines, y de los más grandes. Conocí a uno monumental que llevaba un nombre portentoso, Arnón, y a otro Hércules, nombres que dicen mucho de la talla de aquellos angelitos, nadie pone Hércules a un chihuahua. Pero no todo fueron nombres bíblicos o de leyenda, la moda de los nombres comerciales tuvo su repercusión entre la población perruna. Hace pocos días me contaba un criador de Torrebarrio que hubo muchos Renault, por la marca de coches, y recordaba el artículo de Pablo Batalla –“Es su geopolítica y hay que respetarla”, en Público– que cita como el nombre de Ford tuvo eco en muchos hijos de campesinos rusos en homenaje al creador de los famosos tractores Fordson. Llama la atención que hayamos tirado de nombres de máquinas para bautizar animales, como si la mecánica de la biología no fuese suficientemente poderosa.
Podríamos seguir escribiendo mucho de estos valles que se estiran desde El Puertu, en el límite con Somiedo, hasta el embalse de Barrios de Luna. Apenas he hablado de la salvajina, cuando Babia es como el Primark de Gran Vía en pequeñas plantas endémicas, invertebrados y aves alpinas, ni de la geología, otro de los prodigios de esta ciudad de montañas. Pero si algo no puede quedar sin tocar es la historia de ‘estar en Babia’. Se dice que la frase de marras se soporta en dos hipótesis. Una, que los zagales más jóvenes procedentes de esta comarca se quedaban ensoñados en sus inviernos extremeños lejos de casa, y que los mayores decían aquello de ‘este está en Babia’. La otra versión se refería a los reyes leoneses que elegían estos valles para su relajo: ‘El Rey está en Babia’, se excusaba la ausencia del monarca en la corte.
No se tiene constancia de que el Rey actual esté en Babia. El otro, el emérito, está en Abu Dabi, ya sabéis. Allí, en los Emiratos Árabes, lo más parecido a Babia que tiene son las montañas Al Hayar, la cordillera más alta de la parte oriental de la península de Arabia, situadas a unos cien kilómetros del golfo de Omán.
Con o sin reinas o reyes, aunque mejor sin ellos, id a Babia.



























