Philippe Garrel presenta su testamento en “Le grand charriot”

El director francés compite en el FICX con una obra crepuscular que cierra su larga trayectoria

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

El teatro de marionetas como espectáculo familiar es parte de la metáfora que el director Philippe Garrel ha creado con su última película Le grand charriot, la cual compite en la sección Albar del FICX. En esta película se ve cómo en el plazo aproximado de un año una familia se separa gradualmente a partir de la muerte de las dos personas que mantenía unido todo: la propia familia y la empresa de titiriteros.

Primero muere el padre. Luego la abuela. Y partir de ahí, cada uno toma distintas direcciones. Le grand charriot es una película testamentaria del director francés. Es evidente. No lo oculta. Sus propios hijos en la vida real interpretan a los hijos de esta ficción. ¿Qué legado estaré dejando?, puede que sea la pregunta que se haga este Garrel septuagenario.

Lo autobiográfico nunca ha sido ajeno a Garrel, ya ha aparecido de forma recurrente en su filmografía, y en esta calmada y nostálgica película vuelve a proyectarse sus interiores. El personaje de Peter es especialmente reconocible. Amigo de la familia e involucrado en el espectáculo de titiriteros antes de querer volver a su vocación por la pintura, es un arquetipo del cine de Philippe Garrel, un tipo que peca de ego, que desespera a su pareja y a sí mismo.

La película tiene momentos de humor reseñable, como aquel que podría ser el más dramático de la historia. De hecho, lo es. La muerte del padre. En el cementerio. Allí, la abuela, que ya ha empezado a perder la cabeza, no puede evitar agacharse detrás de una tumba para orinar.

Le grand charriot es un como una película al viejo estilo. Como testamento de Garrel puede considerarse también un homenaje, pero en cualquier caso parece hecha fuera de su tiempo. ¿Pasada de moda? A quién le importa dar respuesta a esto. La película es bella, es una bella metáfora sobre la familia y un retrato locuaz sobre la muerte y la amistad. Así, todo junto.

No todos los paladares encontrarán disfrutable Le grand charriot, pero sin duda es el último o de los últimos esfuerzos de Garrel por incorporar cosas reconocibles de su cine a su propio legado. Esto, por sí mismo, ya merece la pena. El resto es cosa de dejarse llevar, de disfrutar, de volver a un cine reconocible de antes, del de Garrel.

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