Santones

Vida de bandolero

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Ernesto Díaz
Ernesto Díaz
Es consultor medioambiental.

En el extremo sur de la sierra de Los Lagos hay una pequeña campera que se asoma a
Fontes; el Campu la Brañueta se llama. Allí nace la Regueira’l Cascarín. Allí mataron a
Santones.

Santones fue un bandolero, un huido de la guerra civil sin motivación política. Se echó
al monte para no pringarse en la contienda. Vamos, que tuvo la decencia de ser un
desertor, algo que deberíamos poner más en valor cuando se trata de decir que nanay a
matar gente. La cosa es que dijo que con él no contasen y por aquellas sierras en que
confluyen Ibias, Allande y Cangas del Narcea se fue arreglando como pudo. Como pudo
incluía robar, y como robar nunca ha estado bien visto, es fácil imaginar la fama que se
labró nuestro pirata tomando de lo ajeno en tiempos de penuria.

Pozu de Las Muyeres Muertas.

Había nacido en casa Santos de Veiga l’horriu, una aldea del río del Coto en la ladera
que trepa al Pozu las Muyeres Muertas. Del nombre de su casa y por ser un mocetón fue
apodado en superlativo. Dicen que era guapo y que ya en fuga tenía la flema de bajar
del monte a alguna de las fiestas en los pueblos de aquellos andurriales. En una de esas
conoció a una moza, unos dicen que de Ibias, otros que de Negueira o de A Fonsagrada.
Poco importa, en esas tierras de frontera los límites administrativos nunca fueron de
gran importancia. Yo me imagino que ella le preguntaría que a qué se dedicaba y el diría
“Soy bandolero”, y que ella respondería “Anda, pues mola”.

La Guardia Civil, que tenía cruzado a Santones, enterada del cortejo apuraba a la chica para que delatase donde se escondía el bribón. Como ella no estaba muy por la labor de cantar, se echó al monte con él, le cogió el tranquillo a lo de mangar y juntos formaron una pareja formidable en el arte de desplumar a todo el que asomase por aquellos altos. Y diréis que quién iba a andar por aquellos altos. Pensad que esta vida tan refalfiada que llevamos hoy, en nada se parece a lo que hacían aquellas gentes. Los desplazamientos a pie para asistir a ferias, mercados, bodas o entierros -que eran prácticamente los únicos episodios por los que las personas de aquellas aldeas se movían- llevaban aparejado recorrer unas pateadas que nos dejarían pasmados. Conozco el caso de un paisano de L’Acebedal, en Tinéu, que fue a comprar unos gochos a O Cádavo, en Lugo, y volvía con ellos a patita cuando ya oscureciendo a la altura de Montefurao a los cochinos les dio por echar a correr hacia la braña del Cabral, lo que obligó al hombre a hacer noche, encontrar a los gochos al día siguiente -algo que milagrosamente logró, a pesar de que para mayor alboroto se había puesto a nevar- y seguir hasta su casa. Si queréis mirar el mapa y hacer unatriangulación de todos esos puntos veréis de lo que estamos hablando -no os olvidéis de sumar unos cerdos corriendo y una nevada-. Pero sigamos con nuestros Bonnie &
Clyed.

La misoginia, esa cosa que los incels y otra fauna actual practican sin rubor, siempre ha
existido, también en las sociedades tradicionales tantas veces idealizadas hasta el
empalague. En todos los testimonios que he podido recoger sobre las fechorías
protagonizadas por Santones y su pareja, ha salido siempre la coletilla de que ella era la
mala. Y otro detalle, nadie citó el nombre de la mujer, un dato que desconozco.

No sé cuánto de intensa fue la búsqueda de los huidos, pero una de dos, o eran finos
como ardillas ocultándose, o el destacamento de la Guardia Civil estaba formado por un
hatajo de inútiles. Porque además de robar a diestro y siniestro -tanto atracando como
llegando a los pueblos y asaltando paneras con nocturnidad-, nuestra pareja tuvo dos
hijos en el monte. Dos, se dice pronto.

Regla de Parendones.

De todas las historias que he podido escuchar de Santones, hay una particularmente
atractiva. En uno de los dos partos de su mujer la cosa se complicó, y Santones bajó a
caballo a buscar al médico más cercano, un tal Celestino Sol, que vivía en La Regla de
Parendones, ya muy cerca de Cangas del Narcea. Como un gato entró de noche cerrada
a la casa del médico y le invitó a subir con él a la sierra. La invitación se hizo con una
pistola mediante, algo que ayudó al galeno a tomar una decisión afirmativa. Con los
ojos vendados para que no pudiera conocer la localización, llegaron a la cueva en que
vivían Santones y su mujer -que estaba muy decentemente amueblada según luego
contó el médico, y es que Santones había sido carpintero en su juventud-, atendió el
parto y Santones lo devolvió nuevamente a ciegas a su casa con una buena suma de
pasta en el bolsillo. Esto de la pasta tómese con la debida precaución, ya sabéis, es algo
que recurrentemente aparece en los relatos de los buenos ladrones.

Un 5 de mayo, calculo que hacia 1945, varios vecinos de El Valledor -esa comarca con
nombre tan rotundo que fue quemada en un devastador incendio en 2011- regresaban de
la feria de La Cruz de Cangas del Narcea. Habían hecho noche en Fontes después de
vender algunos animales y volvían con sus dineros. Arriba en la sierra, un poco por
encima de la braña de Ladrada, estaba Santones aguardando. Como eran siete, nuestro
bandolero los puso en fila para ir desvalijando uno a uno, un detalle de trato
personalizado que distingue a los profesionales. Pero uno de ellos, uno que además
había conocido a Santones en tiempos de juventud, ya había sido atracado tres veces por
el mismo hombre y claro, estaba hasta los huevos. Normal. Así que tiró la cartera al
suelo en vez de dársela en la mano. Ahí la cagó Santones: fue agacharse, echarse todos
encima de él y caerle la del pulpo. A ver, que yo lo entiendo.

Una mallada en Rañeces. Foto de archivo. 1945

Aquí la historia se vuelve confusa. Parece que no había intención de matar a Santones.
Bueno, esto es lo que cuentan, la realidad es que le habían sujetado entre varios –
recordemos que eran siete- y uno le propinó tremendo porrazo con un cayado de
carbayo, uno de esos garrotes con el extremo rematado con una especie de bola. Vamos,
que la hostia debió ser descomunal hasta el punto de que una fuente me aseguró que el
cayado quedó partido a la mitad. Matarlo, lo que se dice matarlo no sé si querrían, pero
que tampoco se anduvieron con temple, las cosas como son.

Santones debía tener el cráneo de mármol porque del trompazo no quedó seco, y pidió a
aquella gente que lo dejaran marchar, que aquí no había pasado nada, y aquellos
hombres dijeron que vale, que les devolviera la pasta y que cada uno a lo suyo. Sin
embargo, al estar recogiendo su pistola -también los otros menudos hachas olvidarse de
ese pequeño detalle- salió un disparo que agujereó el pie de uno de los asaltados. La
movida podría ser hasta cómica de no ser porque ya en ese momento dijeron que hasta
ahí habían llegado y en pocos segundos liquidaron al ladrón.

Al haberse armado digamos que cierto revuelo, en pocas horas se presentó allí la
Guardia Civil -alguna fuente afirma que incluso miembros del ejército- y se encontraron
con el pastel. Como la benemérita llevaba detrás de Santones tanto tiempo y con tan
poco éxito, ofrecieron un pacto a los atracados para que dijesen que la captura y muerte
había sido por cuenta de las fuerzas del orden, pero los vecinos se negaron diciendo que
ellos lo habían matado y que eso era cosa de ellos, que no se arronchaban. Ninguno fue
juzgado por nada de aquello, lo que no deja de ser llamativo. Tampoco he podido saber
si hubo algún tipo de recompensa.

A pesar de que la muerte de Santones se debió producir a media mañana, su cuerpo se
mantuvo el resto del día y toda la noche siguiente en la sierra velado por sus captores,
por la Guardia Civil y por vecinos de El Valledor, de las parroquias del Coto y de Las
Montañas, una romería que se congregó para ver muerto a aquel con fama de granuja.
Fue al día siguiente cuando se transportó el cadáver en un improvisado armadijo hecho
con ramas hasta Fontes, un camino nada fácil, mucho menos cargando con un fiambre.
Desde allí fue llevado en un vehículo a Bisuyu, donde fue enterrado. Al sepulturero le
dieron permiso para quedarse con la chaqueta de pana –“una buena chaqueta de pana”,
me aseguró un testigo- y las botas del bandolero.

Pero aún tenemos por ahí dando tumbos a una mujer y dos niños, no lo olvidemos. La
mujer, al ver que aquella noche no regresaba Santones, bajó de la montaña con los críos
al pueblo natal de su pareja. Se dice que antes de llegar a las primeras casas mandó a sus
hijos adelantarse, con intención quizás de asegurar su acogida y así ella largarse.
Imaginemos el miedo que podía tener esa mujer a los interrogatorios. Pero el mayor de
los hijos pidió a la madre seguir y finalmente fue detenida en Veiga l’horriu. Aquí se
pierde ya casi todo el rastro. La mujer estuvo en prisión un tiempo, poco más pude
conocer. De los hijos averigüé que fueron criados por sus abuelos paternos. Es posible
que aún vivan, aunque ninguno de los dos en Asturies.

Detalle de Veiga l´horriu.

En una historia como esta, en que afloran fugas, montañas, amores y atracos -una
historia furtiva-, separar el grano de la paja, lo real de lo mitológico, resulta complejo.
Hasta hace pocos años no era fácil recoger testimonios próximos de la vida de Santones.
En San Salvador del Valledor, hace unos quince años, un paisano encantador me cerró
amablemente la puerta negando en silencio con la cabeza cuando le pregunté por el
huido. Los miedos a hablar de esos tiempos convulsos se han mantenido en nuestro país
durante demasiados años. Esos miedos son los que han soportado que aún hoy existan
tantas fosas sin localizar, tantos asesinados sin velar. Es posible que Santones
mantuviera contacto con alguna de las partidas de guerrilleros que operaban entre el
occidente de Asturias, Galicia y el norte de León, como la del también legendario “El
Santeiro”, pero no he podido recoger testimonios de ello salvo vagas referencias.
Siempre he tenido fascinación por Santones, por su mujer y por sus hijos, y siento la
obligación de pedir disculpas preventivas por si este relato no se ajusta fielmente a la
realidad.

Santones murió en un lugar de una belleza sobrecogedora, frente al Tonón, una montaña
que se alza como un carguero encima del pequeño velero que es Fontes. Allí, muy
cerca, se encuentra la braña de Braniego, donde siendo este que escribe un neno escuchó
una advertencia que le heló la sangre: “Anda con tiento por aquí que puede salirte
Santones”.

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