Los malos humos del CSR

La composición media de los CSR en Europa es 31 % de plásticos, un 13 % de papel y cartón, un 12 % de madera, un 14 % de textiles y un 30 % de otros materiales.

Recomendados

Fue en el año 1997 cuando aparecieron en nuestras ciudades los primeros contenedores diferenciados para residuos y se empezó a gestionar la recogida de papel y envases. El debate público sobre el reciclaje y nuestra nueva experiencia se desencadenó sobre el 2002, año en el que se inauguran las actuales plantas de recogida selectiva de residuos. Cabría pensar que en más de 26 años hubiera dado tiempo a desarrollar mejores políticas municipales para la gestión de nuestros residuos, que hubiera una mayor sensibilidad y una información de calidad para estar a la altura de los desafíos climáticos actuales. Sin embargo, el gobierno de Asturias sigue empeñado en apostar por la incineración de residuos urbanos y reducir el volumen de 400.000 toneladas al año a 160.000 toneladas de Combustible Sólido Recuperado (CSR).

Actualmente, las incineradoras son clasificadas como “plantas de valorización energética de residuos”, pero es imposible esconder la realidad de estas instalaciones como fábricas de cambio climático y destructoras de recursos. También se intenta disfrazar bajo otras denominaciones a la incineración, y los nuevos proyectos se disfrazan bajo el nombre de termólisis, gasificación, pirólisis, arco de plasma, etc. Todas ellas contaminan gravemente aire, suelo y agua con decenas de sustancias tóxicas y peligrosas. Algunos de estos compuestos no tienen límites tolerables o recomendables como en el caso de las dioxinas y furanos, incluidas en el Convenio de Estocolmo como una de las doce sustancias prioritarias a eliminar.

La incineración de residuos no es una solución, sino todo lo contrario. De hecho, la producción de CSR a partir de residuos urbanos y asimilables constituye una subversión de la jerarquía de residuos y el desaprovechamiento de una gran cantidad de materiales recuperables valiosos. La incineración, de hecho, debe estar considerada como la última etapa de una correcta gestión que priorice la reutilización, el reciclaje y el compostaje. De conformidad con el artículo 10 de la Directiva Europea marco sobre residuos, los Estados miembros deben velar por que determinados residuos se recojan por separado a fin de prepararlos para la reutilización y el reciclado, y a fin de que dichos residuos no sean incinerados. Es decir, que los cuantiosos insumos destinados a las plantas incineradoras evitan destinar los recursos a medidas de prevención, reducción y reciclaje de residuos, cronificando así un problema de salud pública y una gestión deficiente.

En Asturias se dan los peores datos de reutilización y reciclado de España, donde solo reciclamos un escaso 17% de residuos urbanos, muy lejos del 50% que nos exige Europa. Estamos muy lejos de ocupar un lugar aceptable en el ámbito de la gestión de residuos. Tras muchos años de lucha y movilización por parte de los grupos ecologistas y vecinales, logramos detener la incineradora de residuos urbanos de Gijón; y aunque el Principado presente la planta de tratamientos situada en el vertedero de Serín, y que se espera que entre en funcionamiento en enero del 2024, como una planta de clasificación que dé un vuelco al modelo actual, entendemos que hará la función de incineradora, ya que el volumen de basura no reciclada sigue siendo ingente.

Como siempre, la desinformación comienza con el marketing. La idea de que el CSR es la mejor solución, y la más ecológica, es una falacia más del greenwashing usado por las empresas para conseguir combustible barato y subvencionado, primando los beneficios económicos a los impactos ambientales y la salud de la población cercana (y no tan cercana) a las instalaciones. La contradicción consiste en querer usar la incineración para generar energía cuando su eficiencia es muy pequeña. Las emisiones de CO2 proporcionalmente son más elevadas que las de otras tecnologías de generación eléctrica. Las plantas incineradoras, para poder quemar, necesitan un apoyo auxiliar de combustible fósil como el gas natural, el gasóleo o los aceites desclasificados para arrancar o hacer el proceso más continuo y estable y para secar la inmensa materia orgánica que llega a sus hornos.

La composición media de los CSR en Europa es 31 % de plásticos, un 13 % de papel y cartón, un 12 % de madera, un 14 % de textiles y un 30 % de otros materiales. El uso de residuos sólidos urbanos como combustible en las incineradoras emite a la atmósfera el carbono que se encuentra en el papel, cartón, residuos de alimentos, maderas y otros materiales biológicos. La incineración de estos residuos se añade al cómputo de emisiones de la misma manera que lo hace la quema de combustibles fósiles, carbón, petróleo o gas natural.

Numerosos estudios de seguimiento que abordan la problemática sobre la combustión de residuos en diferentes instalaciones (térmicas, cementeras, cerámica, incineradoras, etc.) demuestran que la quema está lejos de ser inocua. Todas las incineradoras son fuentes de contaminación ambiental, ya que emiten sustancias de elevada toxicidad durante el proceso de combustión como metales pesados (cadmio, plomo, mercurio, cromo, cobre, etc.) y compuestos orgánicos, entre los que destacan las dioxinas y furanos. Estos estudios no dudan en vincular la exposición a estos compuestos con el desarrollo de cánceres, enfermedades respiratorias o malformaciones y en subrayar con preocupación su impacto en los grupos más vulnerables como la infancia.

Hay que recordar, además, que Asturias viene presentando uno pésimos datos de calidad del aire en partículas y benceno, unos contaminantes que se generan con la quema de residuos en la Pereda, en Mieres, o la cementera de Aboño, en Carreño.

En definitiva, las incineradoras son ineficientes y se ha demostrado que, en general, no son eficaces para recuperar cantidades significativas de energía en comparación con una adecuada política de reciclaje de materiales. Además, estas instalaciones emiten a la atmósfera sustancias químicas persistentes, tóxicas y bioacumulativas (dioxinas y furanos). Las incineradoras generan enormes cantidades de escorias y cenizas que contaminan el entorno y deberían ser tratadas como residuos peligrosos. Por tanto, la incineración de residuos urbanos no puede considerarse como una fuente renovable y limpia de energía. Por todo ello, animamos a los vecinos del entorno de estas instalaciones a manifestarse contra lo que supone un nuevo ataque a su calidad de vida. Vivir en las proximidades de una incineradora de residuos supone, hoy en día, exponerse a una forma de contaminación sumamente dañina que afectaría a la propia salud y a la del entorno que, cada vez, más nos cuesta habitar

Artículo anterior
Artículo siguiente

Actualidad

spot_img