En Novosibirsk, una ciudad rusa plantada en el epicentro de Siberia, tienen un peculiar monumento: se trata de un ratón que está tejiendo con filamentos de ADN. La figura simboliza la contribución, involuntaria, de estos animales a la ciencia. Esos malditos roedores, como llamaba el gato Jinks a Pixie y Dixie, fueron -y siguen siendo- trascendentales en muchos de los descubrimientos que han servido para avanzar en infinidad de conocimientos de la genética, la medicina humana o la veterinaria. No creo que con esa figura solventemos la deuda que los humanos tenemos con los ratones -y con muchísimas otras especies, ya otro día hablaremos del uso de animales en laboratorios-, pero es al menos un detalle, no diré que de justicia porque si nos ponemos punitivistas nos condenaríamos a millones de años en la peor de las penitenciarías, pero es algo.

En Asturies tenemos muchísimas figuras, ahí está Uviéu como ejemplo destacado de ello con un despliegue que reúne desde algunas estupendas a verdaderos adefesios de entre los que es complicado escoger un ejemplo. Pero curiosamente, de entre todo ese despliegue de estatuas y monumentos por estas Asturies, no hay ni uno dedicado en exclusiva al animal más totémico de la cultura y la tradición asturiana: la vaca. En el Campu San Francisco hay una escultura en bronce en la que aparece una vaca, obra de Manuel García Linares en homenaje al cuento de Clarín Adiós Cordera. Si nadie me corrige creo que no hay más -a excepción de adaptaciones artísticas como la vaca “motera” de Santalla d’Ozcos, la wharholiana de A Veiga y la “vaca biológica” del Parque de Invierno también en Uviéu-. Cacharreando por la internet encuentro un par de monumentos en Cantabria, otro en Lleida, algunos museos dedicados en general a la ganadería o la trashumancia, poco más. Por supuesto lo que hay en España a patadas son esculturas y centros dedicados a la tauromaquia, ahí está el indultado anuncio del toro de Osborne para recordárnoslo: testosterona, mucha testosterona.
Siendo yo una tierna criatura, mi padre me llevó a la Feria del Campo en Madrid, que era una exaltación del rural y muy especialmente del rural ganadero. Es un recuerdo lejano, pero guardo imágenes de bueyes portentosos, lanudas merinas y gallinas de todas las razas imaginables, pero sobre todo guardo la sensación de orgullo que se percibía en los expositores que acudían con sus animales a mostrar sus mejores galas ante los ojos capitalinos. Aquel evento dejó de celebrarse en 1975. Los ganaderos y agricultores franceses sí mantienen un Salón Internacional que anualmente se celebra en París desde hace más de 50 años.
Ya sé que el glamur que desprende celebrar un campeonato de Formula1 no es comparable a celebrar una exposición de ganados, pero Madrid haría mucho más por reconciliarse con esa España que algunos pronuncian desgañitándose si promoviese lo segundo antes que lo primero, ahorrando de paso mucha pasta y sembrando mensajes que necesitamos. Pero como esto no parece que se vaya a lograr, igual no era mala idea que desde Asturies apostásemos por hacer un Museo de la Vaca.

Las relaciones humanas con los bóvidos se remontan a miles de años. Los bisontes y uros de las pinturas rupestres europeas y los búfalos de las asiáticas son muestra de esos momentos muy previos a la mansedumbre en que la caza de esas especies debió ser muy importante como fuente de proteínas. Con la domesticación de los uros, hace unos ocho o diez mil años, comienza un convenio entre humanos y vacas que dura hasta nuestros días.
La cultura rural asturiana ha pivotado sobre la vaca, incluso con un grupo tan singular como los vaqueiros de alzada. También en la vecina Cantabria y en el norte de Burgos los pasiegos representan una manifestación cultural enraizada en la cría de vacuno con connotaciones de nomadismo. Otro tanto podemos decir de Galicia, ese país del millón de vacas en palabras del escritor Manolo Rivas. El recorrido podría continuar por León, Zamora, Salamanca, todas las serranías y estribaciones, pero también en áreas costeras y llanos, espacios en que criamos variedades adaptadas a esos medios. Culturas ganaderas, estas ibéricas y otras de raíz europea, que nos llevamos a América junto con las vacas -se da la paradoja de que algunas razas hoy desaparecidas en España mantuvieron algunos individuos al otro lado del Atlántico, como parece ser el caso de la Mantequera Leonesa-. Allí nacieron adaptaciones como los cowboys de Norteamérica o los gauchos argentinos, uruguayos y brasileños. Pero hay mucho más: en África, los Masái; en Asia, el hinduismo con sus vacas sagradas; y si hurgamos en la cronología en seguida encontramos los toros y bueyes venerados en el Antiguo Egipto, Persia, Anatolia o Grecia.

La cultura ganadera ha generado en lo material un elenco infinito de aperos, construcciones, útiles, máquinas… Y en lo inmaterial, desde voces propias -la forma en que se habla al ganado-, nombres de animales, terminología y por supuesto folclore, literatura y cancionero popular. La contribución de las vacas ha sido enorme. En alimentación son los productos cárnicos, pero son sobre todo los lácteos, sin olvidarnos de la importancia del cuero en múltiples aplicaciones o del abono en la agricultura -Dios y el cuchu fain munchu, pero más el cuchu- o del uso que hemos dado a vacas y bueyes como animales tractores de carros y arados.

Aunque tenemos un Museo de la Lechería en Morcín y la extraordinaria red de museos etnográficos de Asturies recoge mucho de lo material relacionado con la casería asturiana, siempre imaginé un Museo de la Vaca como un centro vivo, es decir, un complejo que reúna espacios museísticos y una exposición de animales en amplios recintos al aire libre de manera que pueda igualmente mostrarse ese paisaje de las vacas. La variedad de razas es formidable, con animales realmente preciosos, como las peludas vacas de Highlands o los cebús afroamericanos pasando por cientos de tipos de capas y cornamentas, sin olvidar que solo en España hay más de cuarenta razas autóctonas. Un centro de estas características podría ser una valiosa contribución al conocimiento de la cultura ganadera, un mundo que languidece -frente al modelo de macrogranjas y un extensivo que no es, ni de lejos, parecido al que se practicaba hace solo unas décadas- y que además siente que buena parte de la sociedad vive de espaldas a su forma de vida y a sus problemáticas. Y a pesar de esa brecha entre el mundo urbano actual y las sociedades ganaderas, llama la atención que una cadena como Ale-Hop use la vaca como reclamo comercial o que Kukuxumusu se hiciese viral con sus camisetas.

Las vacas nos gustan, y ese mundo ganadero que está levantisco -también el agrícola, pero ese es otra canción-, además de que debatamos con él sus demandas -algunas justas, otras no- necesita empatía. Diría que necesita más la empatía que los dineros y que por supuesto la manga ancha para matar lobos o para usar fitosanitarios en los pastos. Las relaciones entre el urbano y el rural se nos escaparon en algún momento de nuestra historia reciente y hoy ese espacio es muy permeable a mensajes de la ultraderecha, como estamos viendo estos días. Tenemos que recuperar el campo, ya lo dijo un Mao al que luego se le fue la mano.
Hay en Asturies un museo del Jurásico, otro de la minería y la siderurgia, otro del ferrocarril, otros dedicados a la gaita o a la sidra… así hasta casi cuarenta museos de temáticas muy variadas, lo cual está muy bien, pero sería de justicia hacer ese centro para unos animales de mirada noble a los que tantísimo hemos explotado, que tanto nos han dado. Por dar, las vacas nos dieron hasta la solución a una enfermedad tan grave como la viruela: las vacunas. Animales que cada vez es menos frecuente ver en los prados -por miles sin embargo andan sueltas por esos montes de Dios danto tumbos, muchas que luego serán enviadas en barcos a ser sacrificadas en destinos remotos-, animales de los que vamos olvidando aquella relación tan íntima que mantuvimos con ellos. Incluso olvidamos que las vacas -salvo unas pocas razas- tienen cuernos. Lo digo porque en el último anuncio de la Central Lechera Asturiana salen unas vacas con la cabeza monda y lironda, algo que se logra cauterizando el nacimiento de los cuernos cuando comienzan a asomar. Ya les vale. No sacamos ni siquiera a las vacas enteras.



























