Oviedo, ciudad tortillera

La capital asturiana goza de una salud que va más allá de los platos más refinados: el 'pinchu tortilla' es uno de sus máximos exponentes.

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Xuan García Vijande
Xuan García Vijande
Comunicador, barman, músico. Redactor musical en Cuarto y mitad.

A las 12:30, hora española, emprendimos nuestra ruta Diego Díaz y yo. Una delegación de Nortes que tenía una sola misión: recorrer y valorar los que según nuestros lectores y lectoras son los mejores pinchos de tortilla de Oviedo/Uviéu. Un manjar de una simpleza desmedida que es todo un patrimonio inmaterial de nuestra capital gastronómica. Lejos quedaron los aciagos días de la gran crisis de la tortilla de patata en nuestras barras, la triada formada por tubérculo, huevo y cebolla —son uno y trino y yo moriré defendiendo esta colina— ya ha recuperado el estatus que merece un plato tan sencillo y tan resultón, tan moderno y tan clásico.

Como decía, nuestra jornada comenzó a mediodía. El sol bañaba la concurrida terraza del marKina en la calle Asturias. Lo de “el loco de las tortillas” no es gratuito, y sus locales —tanto el ya mencionado como el Café Neo, en Ciudad Naranco— salen a la palestra cada vez que se habla de este alimento de dioses. El marKina es conocido por unas tortillas de preparación compleja, donde a los ingredientes básicos se suman otros de lo más exóticos. Acompañados de dos cafeses, elegimos una con pimiento caramelizado y otra con espinacas.

Las dos tenían un sabor delicioso. La de espinacas, perfectamente equilibrada para evitar que estas obtuvieran todo el protagonismo. El pimiento caramelizado aportaba un dulzor refrescante. Ambas, poco cuajadas, deshechinas y servidas a temperatura ambiente con suficiente pan para empujar y no tanto como para aburrir. Cada pincho a 1,80€.

El segundo paso fue el Tizón, otro mítico de la redonda gracia de Dios, sita en la calle Caveda. Las primeras impresiones fueron buenas: porciones bastante grandes de una tortilla poco hecha, con cebolla y servida templada. Pese a todo, no nos convenció por falta de sabor —aunque dejamos los platos limpios. Nuestro juicio no es implacable, nuestra hambre, tampoco—. Precio moderado, 1,60€.

Una anécdota. Justo mientras nosotros hacíamos nuestra cata, el tiktoker Julyaviles recalaba en el mismo local que nosotros para hacer lo mismo. What were the chances?

El chigrerismo militante nos pedía algo más a pie de calle. Por eso paramos en el Café Nisón, en la calle Foncalada. La de patata se les había acabado y solo pudimos disfrutar una con chorizo de picadillo. Pedimos una porción para compartir, que somos fartones pero tenemos fondo. Abundante y servida fría, estaba cuajada, pero no seca. 1,80€.

«Cuajada, pero no seca».

Nos dirigimos ahora a la parada final de nuestra aventura tortillera. Nuestro lectorado nos había hablado muy bien de la tortilla guisada de la Bodega El Molinón, en la calle del Águila. Sepan vuesas mercedes que este es solo un plato de cubierto, disponible en su carta.

No obstante, nos prepararon al momento un pinchín de tortilla clásica. Sin pasarse, un pincho más que solvente. Destaca el punto de cocción de la patata, que rascaba la textura de una compota.

Dos tenedores y un destino.

Lo sabemos, lo sabemos. Nos han faltado muchos locales. Tomaos esta pieza como un primer plato en el que, al menos, vemos la calidad culinaria manifiesta de una tradición castiza. También su variedad, en la que caben tanto los tradicionalistas más acérrimos hasta los vanguardistas más exaltados del plato.

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