Esas personas… y nosotros

No es bueno que los seres humanos nos organicemos en grupos excluyentes en base a algo tan personal, tan íntimo y tan inofensivo como la preferencia sexual

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

No hace mucho hablaba con alguien cercano sobre la religión. Era una conversación casual, de sobremesa, aunque no necesariamente intranscendente. Aclaro que cuando hablo de religiones lo hago solo de la religión cristiana y, dentro de la religión cristiana, de su variedad católica, que es la única práctica religiosa de la que tengo anécdotas y vivencias en primera persona como para poder elaborar, sin caer en los prejuicios, una opinión más o menos justa. La conversación, de todos modos, se había iniciado a partir de algunas valoraciones acerca de la rigidez e intolerancia de la fe bautista, sobre todo en lo que se refiere a la forma de vestir de las mujeres. Conozco indirectamente el culto bautista del sur de los Estados Unidos, lo que en inglés llaman Southern Baptists, y me aventuré demasiado rápido con la crítica, participando de la opinión de quien la hacía. Pero no habían pasado siquiera dos segundos cuando se rebobinó en mi cabeza la imagen de las mujeres españolas de mi infancia vestidas insistentemente de negro, guardando una especie de luto vitalicio que no respetaba los rigores del calor en el verano y me sentí incómoda con la severidad de mis juicios; me acordé a continuación de aquel sacerdote de Grajal de Campos, donde pasábamos los meses de julio y agosto en los 70, llamándonos cochinas a mi prima y a mí porque íbamos en bañador por la calle y pensé que debía editar lo que decía; recordé al mismo tiempo la historia tantas veces contada por mi madre del cura que les tocaba las rodillas a las adolescentes para decirles que se taparan las rodillas y sentí la necesidad de desviar la conversación.

O, más bien, de corregirla.

Cierto es que el catolicismo, en cuyo nombre se llevó a cabo uno de los genocidios más grandes e invisibilizados de la historia (“Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros la tierra. Y nos dijeron: Cierren los ojos y recen. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros la Biblia”, nos recuerda Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina), ha dejado de obsesionarse con la apariencia de las mujeres y, en general, algunos códigos de conducta exigidos a sus fieles se han ido suavizado. La iglesia católica del siglo XXI ya no pierde tiempo con batallas insignificantes en las que no tiene nada que decir, y se ocupa principalmente de temas de mayor seriedad y relevancia como la libertad sexual de las personas o el derecho de la mujer a controlar su cuerpo.

Como institución, el catolicismo sigue estando muy lejos de la espiritualidad que uno esperaría de una práctica religiosa, y el consuelo que muchos de los creyentes podrían encontrar en ella sigue siendo, así lo percibo, más bien escaso.

Por supuesto que lo que ahora escribo y pienso no lo dije. Solo incluí unas breves notas en la conversación para mostrar mi parecer. Había acuerdo en lo que pensábamos y no tenía caso subrayar obviedades. Por eso me entusiasmé enseguida compartiendo y celebrando las noticias recientes del Papa Francisco acerca de su intención de bendecir las uniones de los gays. Porque pienso, y deseo, que una mejor iglesia católica es posible.

Pero mi entusiasmo tuvo que ceder ante la sorpresa.

Con quien hablaba me miró como si no pudiera entender lo que estaba diciendo, se calló por un instante muy corto, y luego puntualizó: “Pero a esas personas la religión no les importa. Ellas no quieren casarse”.

Ahí fui yo la que la que miré como si no entendiera lo que me estaba diciendo, me quedé callada el tiempo que me llevó recuperar el aliento que había perdido y, muy a mi pesar, me sentí en la incómoda obligación de dar explicaciones.

No es verdad que la gente gay no quiera casarse.

No es verdad que la gente gay no quiera casarse por la iglesia.

No es cierto que los gays no sean —algunos, seguramente muchos— profundamente religiosos.

Y no es bueno, además, que los seres humanos nos organicemos en grupos excluyentes en base a algo tan personal, tan íntimo y tan inofensivo como la preferencia sexual: “esas personas”, las que no pertenecen, y nosotros.

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