Últimamente en el entorno de las movilizaciones se repite una canción en bucle con pequeñas variaciones: “¿Había gente joven?”, “Too paisanos”, “Estaba petao, pero los mismos de siempre”… Comentarios que creo que no sorprenderán a nadie que ande en los movimientos sociales de Asturies, en cuyos colectivos y convocatorias (hay excepciones, sí) se ven las mismas caras año tras año, especialmente en los núcleos organizativos. Puede que haya a quien le parezca mejor o peor, pero la necesidad de un relevo generacional se hace cada vez más palpable y cada vez más urgente. Y, ojo, aviso a navegantes: aunque en las siguientes líneas pueda parecerlo, no vengo aquí a hacer sangre sino a compartir frustración generalizada y creo que hay cosas que debemos debatir; pero que quede claro, hablar de relevo generacional no es un llamado a que nadie pase la batuta o un desdén a quien lleva años dando leña. Sabemos el trabajo que se ha hecho, lo agradecemos y estamos orgullosas de todos los y las que llegasteis antes y todavía seguís peleando a diario y queremos que sigáis haciéndolo; os queremos con nosotras porque necesitamos toda la fuerza posible. Pero eso no quita de asumir lo evidente.
Escribía aquí hace no mucho Matías Hevia sobre justicia intergeneracional y la necesidad de sembrar certezas y crear futuro para esa juventud de otra forma presa del nihilismo, del odio y la inacción. Estamos en un momento de incertidumbre en que la crisis ecosocial hace imperativa la apertura y el crecimiento de los movimientos sociales y hay, sin duda, cuestiones que no nos van a ayudar a avanzar, empezando por responsabilizar o culpar a la juventud de falta de interés: no es cierto. Tampoco ayudan los egos y las ansias, a veces inconscientes, de protagonismo que a menudo, por desgracia, se infiltran en las organizaciones; ni el olvidar que todos somos necesarios, pero nadie imprescindible; ni la cerrazón a probar nuevas fórmulas de acción y comunicación mientras esperamos quizás que las nuevas caras se materialicen por generación espontánea sin preocuparnos por abrirles la puerta… Que se nos complique integrar a la juventud en el tejido asociativo y las movilizaciones sociales pasa por factores amplios y complejos, algunos que requerirán cambios estructurales traídos de la mano de políticas que se alejen del cortoplacismo, que peleen por esa justicia intergeneracional y que sean capaces de tener mirada amplia al futuro de bienestar, empezando por ganar la batalla por el tiempo para la vida.

Cuando hablo de este tema con la gente de mi edad – rango en el que incluyo a todo aquel entre los 25 y 50 años aproximadamente – hay dos respuestas que se repiten: estamos refalfiaos y no nos da la vida. Refalfiaos porque vemos que se repiten las mismas protestas, las mismas luchas, las mismas pérdidas una y otra y otra vez y nos sentimos ignorados y agotados y no vale para nada y qué más puedo hacer yo si llevo años con esto y no veo que nada cambie. Y la vida que pesa y el tiempo no nos da ni para respirar. Veo a mi amiga la que enlaza 12 horas de reunión tras reunión e emails y el maldito excel y cuando acaba solo quiere pasar un rato con su familia o tomarse un vino con colegas; la que trabaja en hostelería (ya sabéis) mientras saca estudios adelante; la que se mata por trabajar lo ecosocial en sus clases sin ayuda sin recursos ni apoyo y dedicando sus tardes a preparar, corregir, evaluar y si me da tiempo apoyo toda movilización posible porque de verdad que me importa. Y si miro al rango más joven, leo que el 34% de los jóvenes entre 16 y 29 son “sisis” porque sí trabajan y sí estudian y, sí, sí los hay que también actúan y crean y cooperan. Y si eres mujer además tienes que ser *that girl* que se hacía viral en TikTok (que por cierto nos ha adelantado por la derecha y también debemos hacer por recuperar ese espacio de comunicación) reforzando que tenemos que llegar a todo, hacerlo perfecto, estando perfectas y de paso poniendo buena cara porque sabes que vas a tener que aguantar, día a día, el paternalismo de algunos de esos que copan los movimientos sociales (y, bueno, el mundo así en general) juzgando tu valor y criterio, y sus “no digas x, mejor di y” o sus “algunos llevamos treinta años en esto”. Pues vamos a respirar y a calmarnos con la condescendencia, y que sí, que perdón por no haber nacido antes, oye.
Les gusta a los chicos que escriben por aquí decir lo de “le falta punk” y un poco en ese plan estamos
Vivimos con una terrible balanza sobre nosotros en la que nuestro ritmo de vida nos fuerza a medir si pesa más la necesidad de parar o la necesidad de actuar. Y es esta balanza la que hace que los movimientos tengamos una responsabilidad para facilitar, motivar, asegurar, la participación de la juventud (los menores de 50, fíjate cómo estamos): saliendo a buscarles, permitiendo que se expresen, revolucionando nuestras formas de hacer y planteando metas concretas donde puedan sentir que su esfuerzo también da resultados.


Desde el ecologismo nos gusta hablar de imaginar futuros deseables para empujar a la movilización, pero siento que nos estamos olvidando, en la pulsión entre mirar al pasado y al futuro, de crear espacios de movilización deseables en el ahora que permitan crecer la ilusión de aportar y den espacio a la pluralidad – y sin esperar a que venga la gente, sino moviendo el culo a buscarla. Normalicemos, por ejemplo, que las asociaciones de vecinos se acerquen al colegio o instituto del barrio a presentarse, a abrir sus puertas, compartir visión e involucrar a los niños y niñas en la generación de comunidad. Hace un par de meses vino a una asamblea entre varios colectivos una chica que no tendría más de veinte años y que se había enterado casi por accidente. Fue clara: quiero actuar, pero no me entero de nada de lo que hacéis. Cómo te vas a enterar, corazón, si parece que renunciamos a acercarnos a vosotras o priorizamos salir en las noticias de las dos de la TPA para llegar no tengo claro a quién, las redes sociales se nos complican y la mayoría estamos también afogaos. Pero es que si os enteraseis, ¿qué encontraríais? ¿Querríais quedaros?

Volvamos a la creación de esos espacios deseables de movilización. Y entendedme, esto no va a de poner caras amables, de ceder marcos discursivos o de seducir a nadie con florecillas y arcoíris como si no tuviésemos motivos de sobra para el cabreo ni se nos llevase décadas negando. Va de crear espacios de respeto hacia los compañeros/as y sus diversas perspectivas en los que realmente se valoren esos cuidados de los que tanto se habla, y con la flexibilidad para salirnos de marcos repetitivos (y en cierta manera fallidos). Va de dejar los personalismos y de pegarnos entre nosotros, de ceder la toma de decisiones y entender que hay objetivos comunes aunque también prioridades dispares y que todas las personas son necesarias; abrir los espacios de actuación nos dará el impulso que necesitamos para hacer rodar la bola de nieve. Dice Yayo Herrero que “la memoria, la imaginación y la creatividad son imprescindibles en momentos de cambio” e igual debemos darnos cuenta de que tener memoria no es lo mismo que perderse al recuerdo y olvidar dejar entrar toda esa creatividad e imaginación de a quien no estamos consiguiendo dar espacio y voz. Igual tenemos que contarles menos y conversar más.

Pero además va de recuperar el sentir que nuestras acciones sirven para algo y no solo para juntarnos los cuatro de siempre en una concentración simbólica con la esperanza de que La Nueva España nos dedique más de cuatro líneas y ponga bien los nombres de los colectivos participantes. Y es que quizás hemos dejado pasar demasiado por alto esta faceta de la movilización, la de desplegarse por todos los medios posibles y la de ir combinando nuestras grandes batallas con esas pequeñas luchas de lo cercano que nos permitan sentir y emocionarnos por algo que podemos tocar, marcar objetivos en lo concreto y apuntarnos algún que otro tanto que nos empuje a seguir entre tanta derrota.
Les gusta a los chicos que escriben por aquí decir lo de “le falta punk” y un poco en ese plan estamos. Yo no sé si nos falta punk, que montemos una rave en el tren para reivindicar los cercanías o hacer una playlist colectiva a la que cada uno aportemos un temazo, pero quisiera que el No future quedara para las canciones de los Sex Pistols y no para el reflejo de nuestros movimientos sociales, no nuestra penitencia por no haber estado a la altura de las circunstancias. Actualicemos la lista de reproducción, pulsemos el aleatorio y bailemos a por esos futuros deseables.



























