Memorias arrasadas

Todo tipo de memoria está siendo destruida en Gaza. Seamos la memoria del pueblo palestino

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Cuando vemos imágenes de la absoluta destrucción de Gaza pensamos en primer lugar en los hogares convertidos en escombros y en las vidas aplastadas por la maquinaria sangrienta, e impune, del ejército israelí. Son imágenes, aéreas en su mayoría, de devastación. Pero si pudiéramos acercar la mirada encontraríamos diferentes estratos de infinitas memorias arrasadas, personales y colectivas. Descubriríamos pedazos de objetos cotidianos, de esos que, como explicó muy bien Hannah Arendt en La condición humana, tienen la función de estabilizar nuestras vidas. Ella hablaba de objetos “durables” y lamentaba esa necesidad impuesta de reemplazar cada vez más rápidamente las cosas que nos rodean, consumirlas y devorarlas en lugar de usarlas. Lo decía de manera hermosa: “El mundo, el hogar levantado por el hombre en la Tierra y hecho con el material que la naturaleza terrena entrega a las manos humanas está formado no por cosas que se consumen, sino por cosas que se usan”.

Cada mañana mido el café con una cucharilla que tiene, muy borradas ya, pero visibles, las iniciales de mi bisabuelo, y utilizo para tomar los cereales el tazón en el que desayunaba mi abuela, un objeto por cuyos bordes mellados y suavizados por el uso cotidiano me gusta pasar los dedos. Igual que me gusta dar cuerda al reloj de pulsera de mi padre. Estos hábitos, medio rituales, tienen sentido porque los objetos que nos rodean también nos reflejan, nos construyen y nos recuerdan a nosotros mismos. La memoria es lo que nos constituye como seres humanos y los objetos de uso cotidiano son parte fundamental de esa memoria. Los objetos “durables” pueden serlo por haber pertenecido a alguien de nuestra familia, o de nuestro círculo más íntimo, pero también por otras razones. Aunque sean recién adquiridos, pueden traer incorporados de alguna manera esos recuerdos. Un cencerro comprado en el mercado de El Fontán en Oviedo me transporta a la infancia, cada vez que lo hago sonar, con la misma eficacia que la madalena mojada en el té hizo volar hacia el pasado a Marcel Proust. No es ya el del cencerro un sonido cotidiano para mí, pero sí familiar, nunca ha dejado de serlo.

Sentarse en la misma silla, ante la misma mesa, decía Hannah Arendt, nos da estabilidad. Nosotros vamos cambiando, esos objetos no. Seguramente no todo el mundo estará de acuerdo con esta manera de ver las cosas, pero sí creo que todos los que lean estas líneas tendrán, por consumistas que sean, un número, aunque sea muy limitado, de objetos “durables” de los que les dolería desprenderse, objetos que se usan en lugar de consumirse. Objetos que crean memoria.

La filósofa y politóloga alemana Hannah Arendt.

Todo tipo de memoria está siendo destruida en Gaza. El historiador alemán Jan Assmann, en un libro publicado en España como Historia y mito en el mundo antiguo, pero cuyo título original era La memoria cultural, hablaba, entre otras, de la “memoria mimética”, que nos ayuda a actuar mediante la imitación; la “memoria de las cosas”, esa de la que acabo de hablar, la que conservamos gracias a los objetos cotidianos; la “memoria comunicativa”, que abarca los recuerdos recientes, aquellos que construimos y compartimos generacionalmente con hermanos y amigos, con nuestros contemporáneos, y la “memoria cultural”, que gira en torno a momentos y lugares del pasado y que reforzamos mediante ritos y fiestas.

Si pensamos en el pueblo palestino, ¿cuál de estas memorias no está siendo dañada, destrozada, borrada con saña por el ejército de Israel? Con armas de precisión, esas que les seguimos vendiendo, mutilan cuerpos y diezman familias, cercenando sus memorias familiares; trituran con apisonadoras casas y calles que ya antes convirtieron en escombros, indiferentes a tantos objetos cotidianos de los que llegan incluso a hacer escarnio, como cuando se fotografían con prendas íntimas femeninas; vuelan por los aires escuelas, universidades y lugares de culto, borrando la memoria cultural de toda la nación. Convierten además en objetivo privilegiado a periodistas y trabajadores humanitarios y parece entonces que no quieren testigos, pero, al mismo tiempo, se graban cometiendo actos de genocidio y lo difunden en redes. “Anatomía de un genocidio” es el título que lleva el informe sobre lo que está ocurriendo en Gaza presentado por la relatora de Naciones Unidas para los Territorios Palestinos, Francesca Albanese, y de la impunidad con la que actúa Israel escribe días tras día la periodista Olga Rodríguez Francisco.

Ni siquiera vemos apenas las imágenes habituales de desplazados que llevan a sus espaldas lo poco que han podido salvar de sus hogares. Lo que vemos son gente sin nada, absolutamente nada. Sus cuerpos menguan día a día por la falta de alimento y sus memorias ya no pueden entretejerse unas con otras porque los padres pierden a sus hijos, los hijos a los padres, los hermanos a los hermanos. Nada es ya familiar para ellos, ni el paisaje, ni los sonidos, ni los olores.

Démosles al menos un espacio en nuestra memoria, en nuestras conversaciones cotidianas, y no dejemos que, con el tiempo, nos cuenten una historia diferente. Lo que está pasando lo está haciendo ante nuestros ojos. Sigamos hablando de ello porque es tan espantoso que llegará el día, más pronto que tarde, en el que se niegue. Como bien sabemos y también dejó escrito Jan Assmann: “El pasado no es algo natural, sino una creación cultural”. Seamos la memoria de aquellos a los que les están robando las memorias.

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