De Salamina a Gaza

Israel está borrando a Palestina de manera brutal, insoportable, pero el daño que se está haciendo a sí mismo puede ser también incurable

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Edward Saïd (1935-2003), ensayista palestino que fue Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 2002, publicó en 1978 su ensayo más conocido, Orientalismo, en el que describía la construcción histórica de una cierta idea de Oriente por parte de Occidente. Como en toda construcción de un “Otros” frente a un “Nosotros”, los otros son vistos como inferiores, débiles y, cómo no, “afeminados”.

Saïd y otros autores señalaron a Esquilo, el gran tragediógrafo griego del siglo V a.C., como primer exponente de esta tradición, quizá por el gusto de buscar siempre los orígenes de cualquier cosa en la antigua Grecia. Esquilo, que habló de la derrota persa en Salamina, batalla en la que él mismo participó en el 480 a.C., habría puesto las bases de una idea de “Occidente”, o, más específicamente, de Europa (Nosotros) frente a “Oriente” (Otros). Sin embargo, Esquilo estuvo muy lejos de ser un “orientalista” en el sentido actual del término. Para empezar porque su “idea de Europa” era, por así decir, un tanto peculiar: sólo emplea la palabra Europa dos veces en su obra y es para referirse al territorio al oeste del Helesponto (estrecho de los Dardanelos) y al oeste del Bósforo Cimerio (estrecho de Kerch), es decir, no “Europa”, sino la franja de tierra que lindaba con estos estrechos y al otro lado de la cual estaba Asia. Para Esquilo Asia era, básicamente, la tierra de los persas, y Europa no era el continente europeo, sino los helenos. Pero, sobre todo, Esquilo no puede ser el primero en esta historia de la construcción del “Otro” porque, precisamente en la tragedia Persas, en la que hablaba de Salamina, hizo lo posible para humanizar ante un público griego el dolor de sus enemigos, los derrotados persas. Esquilo se insertaba así en la tradición homérica, ya que cualquiera que haya leído la Ilíada (incluso cualquiera que haya visto la hollywoodiense Troya) sabe que los troyanos nos resultan igual de familiares, incluso en ocasiones más simpáticos, que los propios griegos. Y el final del poema de Homero, con el griego Aquiles y el troyano Príamo llorando juntos por sus respectivas pérdidas, es inolvidable. Con razón decía Simone Weil que no recuperaremos el espíritu de la Ilíada hasta que aprendamos a no admirar la fuerza, no odiar a los enemigos, no despreciar a los que sufren.

Pero, dejando a los antiguos griegos en su sitio, libres de culpa en este caso, es cierto que la maquinaria cultural del “orientalismo” funcionó y funciona a pleno rendimiento, como demostró Saïd. Así, Rashid Khalidi, historiador estadounidense de origen palestino que está en la actualidad a cargo de la cátedra Edward Saïd de Estudios Árabes de la Universidad de Columbia, ha estudiado cómo Israel repite el modelo colonialista y presenta a los palestinos como los Otros, débiles, inútiles, incapaces y, al mismo tiempo, crueles y violentos: una amenaza continua para la paz (Palestina. Cien años de colonialismo y resistencia, Capitán Swing, 2023). Por supuesto, ellos, el estado de Israel, se presentan a sí mismos como “occidentales”, civilizados, la única democracia de la zona, dicen con desvergüenza. En realidad, unos y otros son semitas (algo que olvidan quienes acusan de antisemitismo a cualquiera que denuncie el genocidio), aunque la situación está muy lejos de acabar en un reconocimiento mutuo, como el de Aquiles y Príamo, o como el que escenificaron Edward Saïd y Daniel Barenboim, músico argentino-israelí (y ciudadano palestino honorario desde 2008), que recibió de manera compartida con Saïd el Premio Príncipe de Asturias.

Edward Saïd, ensayista y activista de la causa palestina.

Aunque sea una cita un poco extensa creo que merece la pena recoger estas palabras de Saïd cuando recibió el premio: “Como palestino nacido en Jerusalén, mi historia nacional y la sociedad de mis antepasados estalló en pedazos en 1948 cuando se creó el estado de Israel. Desde entonces —la mayor parte de mi vida— he participado en la lucha no sólo para llevar la justicia y la restitución a mi pueblo sino también para mantener viva la esperanza de autodeterminación. Nuestra historia moderna como pueblo está llena de sufrimientos sin reconocimientos y de despojo continuo. Como americano que lleva una vida de privilegio y estudio en la Universidad de Columbia llegué a comprender muy pronto que tenía que elegir entre olvidarme de mi pasado y de los muchos familiares que se convirtieron en refugiados sin hogar en 1948, o dedicarme a paliar los efectos de los traumas producidos por el sufrimiento y el despojo escribiendo, hablando y dando testimonio de la tragedia de Palestina. Me enorgullece decir que escogí este último camino (…). Ha sido una lucha dura y estamos lejos de acercarnos a su final (…). Siempre necesitamos el apoyo moral, necesitamos la imaginación del mundo, necesitamos demostrar a aquellos que crean que Palestina/Israel es la tierra de un solo pueblo, que es una tierra para dos pueblos que no pueden ni exterminarse ni expulsarse los unos a los otros sino que, de alguna manera, tienen que acercarse como iguales, con derechos iguales de vivir en paz y seguridad, juntos. Por lo tanto, es esencial para mí reconocer la fuerza y dedicación de aquellos israelíes y judíos que han superado las fronteras de la convención, de la conformidad y de la identidad autoritaria y han reconocido su responsabilidad moral hacia una causa que de tantas maneras también es su causa. Quisiera rendir homenaje a Daniel Barenboim que nos ha ofrecido, a los palestinos y a otros árabes, sus grandes dones de músico como expresión de la forma más alta de solidaridad humana”.

Estas palabras fueron dichas hace poco más de veinte años. Ni siquiera Saïd podía imaginar entonces el horror que ahora estamos viviendo. Israel ha deshumanizado absolutamente a los palestinos, ha llegado a llamarlos “animales humanos” y la impunidad con la que actúa es escandalosa. Ahora parece que, a cambio de no llevar demasiado lejos su enfrentamiento con Irán, tiene carta blanca para arrasar Rafah, último refugio palestino al sur de la Franja, donde se hacinan los refugiados a los que han robado las tierras y expulsado brutalmente de sus casas.

Pero que no espere Israel salir indemne del genocidio que está perpetrando. A otro griego, a Sócrates, se le atribuye la frase de que es mejor sufrir la injusticia que cometerla. Parece una afirmación difícil de asumir, pero esconde una clarísima verdad. Quien sufre la injusticia, el mal, queda inevitablemente dañado (volviendo a Simone Weil: no podemos esperar que el alma sufra la desgracia sin quedar marcada), pero tampoco sale intacto el que comete la injusticia, el ejecutor del mal. Preferiría mil veces morir en un bombardeo que lanzar un misil sobre un grupo de niños que juega; en este sentido comparto plenamente la frase atribuida a Sócrates. Israel está borrando de manera brutal, insoportable, a Palestina, pero el daño que se está haciendo a sí mismo quien demuestra tal falta de la más mínima humanidad puede ser también incurable.

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