21 gramos

Un judoca argelino provoca su descalificación por exceso de peso en los Juegos Olímpicos de París para evitar competir con un israelí

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Existe una tradición asentada en torno a la idea de que, en la Antigüedad, durante la celebración de los Juegos Olímpicos, se respetaba una tregua, la “tregua olímpica”. Parece que su motivación era la de permitir que las comunicaciones entre las ciudades griegas fueran seguras mientras los deportistas se dirigían a Olimpia, al noroeste del Peloponeso, donde se cuenta que estos Juegos se fundaron en el año 776 a.C. Con tanta ampulosidad como ineficacia, el Comité Olímpico Internacional rescató esta tradición en 1992, y desde 1994 el presidente de la Asamblea hace un llamamiento solemne para que la tregua se observe durante los JJOO. También este año. Pero son sólo palabras.

Más de trescientos atletas, árbitros y personal deportivo han sido asesinados en Gaza en estos meses, ya sea directamente por los bombardeos o por la falta de atención médica, con los hospitales colapsados y la imposibilidad de acceder a medicinas y tratamientos como consecuencia del bloqueo sádico del ejército. En el colmo de la inmoralidad más absoluta, uno de los abanderados de Israel es el judoca Peter Paltchik, que ha compartido en redes una foto de misiles destinados a ser lanzados sobre Gaza. Uno de ellos iba con dedicatoria, la frase From me to you with pleasure en inglés, para que se entienda bien en todas partes. A estas alturas Israel sabe que puede hacer lo que le dé la gana. El tipo en cuestión se permitió incluso amenazar a manifestantes propalestinos vestido con su uniforme olímpico.

La fotoperiodista Christina Assi, que perdió una pierna por un ataque israelí al sur del Líbano en el octubre pasado, participó en la inauguración de los Juegos de París portando la antorcha olímpica en homenaje a sus compañeros asesinados en el ejercicio de su profesión. No desaprovechó la ocasión (ese micrófono que tantos cobardes desaprovechan) para denunciar los crímenes de Israel y para lamentar que nunca se haría justicia a tantos asesinados, entre ellos, su compañero Issam Abdallah. Más de cien periodistas han sido asesinados en Gaza.

Tampoco desaprovechó la ocasión para demostrar que todavía queda gente con dignidad la congresista norteamericana Rashida Tlaib, que, mientras muchos de sus colegas aplaudían en pie el discurso de Benjamin Netanyahu en el Congreso de los EEUU, mostraba un cartel en el que por un lado se leía Culpable de genocidio y por el otro, Criminal de guerra.

La semana pasada un judoca argelino, Messaoud Dris, fue descalificado por pesar 400 gramos más de lo permitido en su categoría (73 kilos). Así evitó tener que enfrentarse al israelí Tohar Butbul. Más que probablemente no se trató de un descuido, sino de un acto voluntario que, también más que probablemente, le acarreará una dura sanción. No tendría que haber recaído en él la responsabilidad de mostrar rechazo ante la delegación de Israel, sino en el propio Comité Olímpico Internacional ante un estado que no debería tener representación en estos Juegos, un estado que no respeta nada y cuya actuación en Gaza es descrita como genocidio por la relatora de Naciones Unidas para los Territorios Palestinos, Francesca Albanese. Pero ya nos hemos acostumbrado a que lo que se criminaliza sea no el genocidio, sino la protesta contra el genocidio.

Si esos gramos de más que pesó Messaoud Dris fueron consecuencia de una decisión suya, si se trata de algo deliberado, sólo lamento que en vez de 400 gramos no hubieran sido justo 21. Serían esos gramos que, dicen, pesa el alma. Esos gramos que, dicen, perdemos justo en el momento de morir, al exhalar el último aliento. Los 21 gramos que les faltan, como si ya estuvieran muertos, a todos y cada uno de quienes día tras día siguen lanzando bombas, despedazando a una población ya agotada y enferma, los 21 gramos que les faltan a los que les aplauden y a quienes pudiendo hacer algo para detener ya este genocidio no lo hacen.

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