Habla, maldita sea, habla

El alcalde de Nagasaki ha hablado a su manera: no invitando al embajador israelí a la ceremonia conmemorativa del lanzamiento de la bomba atómica sobre la ciudad japonesa

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Esta semana se cumplían 79 años desde el lanzamiento de bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. El bombardero estadounidense Enola Gay lanzó una bomba de uranio sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Nagasaki fue bombardeada tres días después, el 9 de agosto. El país que lanzó las bombas, EEUU, estaba entre los invitados a las ceremonias de conmemoración que cada año se celebran en las dos ciudades. Al aniversario en Hiroshima el embajador norteamericano asistió; a la celebración en Nagasaki, no. ¿Por qué? Porque el embajador de Israel no fue invitado por el alcalde de Nagasaki. Por la misma razón tampoco asistieron los representantes del resto de países del G7: Alemania, Canadá, Francia, Italia y Reino Unido. Por solidaridad con el embajador de un estado genocida.

En Hiroshima, donde sí estaba presente el embajador de Israel, Gilad Cohen, se habló de no repetir los horrores pasados y se mencionó, con preocupación, “la prolongada invasión rusa de Ucrania y el empeoramiento de la situación entre Israel y Palestina, que se están cobrando la vida de innumerables personas inocentes y destrozando la vida normal”. Por culpa de “la invasión rusa de Ucrania”, Rusia no ha sido invitada durante los últimos tres años; por su parte, “el empeoramiento de la situación entre Israel y Palestina” (sic) ha tenido como consecuencia que a Israel se la invite y a Palestina no. No hay palabras en el diccionario para tanto cinismo, para tanta desvergüenza.

En Nagasaki, el alcalde decidió no invitar a Israel y, aunque tampoco Palestina fue invitada, y, aunque se alegaron razones de seguridad, existe la posibilidad, la débil esperanza de que alguna motivación ética estuviera detrás de su decisión. El lenguaje de la declaración que se hizo en esta ciudad era, el menos, un poco (sólo un poco) más ambiguo que en el caso de Hiroshima. Así decía el alcalde de Nagasaki, Shiro Suzuki: “En medio de la incertidumbre sobre cuándo terminará la invasión rusa de Ucrania y la creciente preocupación por la expansión de los conflictos armados en Oriente Medio, actualmente nos enfrentamos a una situación crítica”. No es una condena a Israel, ni de lejos, pero al menos el representante del estado genocida no fue invitado.

Ante todas estas noticias una no sabe cómo ordenar la información, cómo procesarla. Los EEUU, responsables del único episodio de empleo de bomba atómica en la historia, son invitados por la víctima de ese horror a una ceremonia de rememoración, a una ceremonia de paz, y se enfadan y no van porque no ha sido invitado otro estado que ahora mismo, a cámara lenta y con un sadismo insoportable, está cometiendo un genocidio con total impunidad ante la mirada del mundo entero. No les basta, ni a Israel, ni a los EEUU, ni a los grandes del G7 con permitir este genocidio, no les basta con que tampoco Palestina sea invitada a la ceremonia en cuestión, no les basta con nada, no soportan el más mínimo reproche. Un paso más en la normalización del genocidio, en la persecución y en la estigmatización de quien denuncia los crímenes del estado sionista.

No me vale ningún diccionario de ninguna lengua para decir lo que siento cuando leo estas cosas sobre el trasfondo de otras noticias de estos mismos días, como la difusión de videos de violaciones a prisioneros palestinos en los campos de exterminio sionistas, las revueltas, protestas y manifestaciones de apoyo hacia algunos de los violadores detenidos (liberados sin cargos), el bombardeo de más escuelas y refugios, el asesinato de más y más niños. Ojalá el movimiento por el “voto no comprometido” tenga algún efecto en la campaña electoral en EEUU. No vale el mal menor, no es aceptable nada que no sea la promesa de no seguir armando a la bestia.

En un libro muy interesante sobre la inteligencia de las aves (Jennifer Ackerman, El ingenio de los pájaros), en el capítulo dedicado a algunas especies que saben imitar perfectamente el habla humana, se cuenta que, a mediados de la década de los 50, en el New Yorker, se publicó una noticia sobre un periquito al que sus dueños estaban empeñados en hacer hablar: “tras semanas de silencio, las primeras palabras de un periquito de Westchester fueron Habla, maldita sea, habla”. No he visto el original inglés, pero imagino que esta frase sería más fácil de pronunciar para un periquito en esa lengua que en la nuestra (¿algo así como speak, damn it, speak?). Reconozco que la anécdota me hizo reír, pero, al mismo tiempo, pensé en lo harto que estaría el pobre y en cómo, seguramente, pensaría en lo pelmas que eran esos humanos. También pensaría, a su manera, que él tiene su propio lenguaje, que qué pelmas son esos humanos que se creen que sólo ellos “hablan”.

Al alcalde de Nagasaki no le diremos Habla, maldita sea, habla. A su manera, quiero pensar, ya ha hablado. Se necesitan todas las lenguas del mundo, todos los lenguajes, articulados e inarticulados, para decir que basta ya de genocidio en Gaza. Por mi parte, en ninguna de las elecciones futuras votaré a ningún partido que no haya mostrado de pensamiento, palabra, obra y omisión su rechazo a este exterminio. No vale el mal menor cuando el mal es el Mal.

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