Los Menores Extranjeros No Acompañados, conocidos como MENA, se han convertido en uno de los chivos expiatorios favoritos en los discursos de la extrema derecha. A estos niños, pues eso es lo que son, niños, se les presenta como una amenaza. Con todo, son un grupo extremadamente pequeño de la población (no llegó a 6.000 en toda España en 2022) y, en términos absolutos, tienen un impacto mínimo ni en la economía ni en la sociedad. La retórica alrededor de los MENA está plagada de exageraciones, manipulaciones y racismo, con el fin de crear una narrativa de miedo y desconfianza que desvíe la atención de problemas más serios y urgentes.
Es más, el mecanismo que opera en esta narrativa de la extrema derecha es el “nosotros contra ellos”. Así, frente a un “nosotros” que conecta con la mayoría de la población, que no está todo lo bien que le gustaría en lo económico, que vive explotada en el trabajo asalariado echando como se dice coloquialmente “más horas que un reloj” frente a “ellos”, que no deja de ser un hombre de paja de esos MENA que, supuestamente, no trabajan, cobran ayudas “que no tienen los de aquí” y son los culpables de todos los males. Es una narrativa potente, típica de la extrema derecha, que siempre intenta atacar a las minorías pobres y marginadas para culparlas de todos los males y poder engañar a la mayoría de la población. Lo definía muy bien el ministro de estado socialista belga Philippe Moureaux, cuando decía que la derecha enfrentaba “a los inmigrantes ilegales con los legales, a los emigrantes legales con los trabajadores locales y a los trabajadores locales entre sí”. La estrategia les funciona y por eso no han parado de llevarla a cabo en redes sociales y grupos de whatsapp.
En el extremo opuesto de los MENA tenemos a los dueños de coches de los “Lamborghini”, a los que con mucho tino mencionó recientemente el presidente Pedro Sánchez. Al igual que los MENA, los dueños de los Lamborghini también son una minoría, aunque bastante más significativa que los MENA. Si los primeros no llegaban a 6000 al año, tan solo el año pasado se habían vendido más de 18.000 coches de lujo (de un valor superior a 60.000€); es decir, tres veces más. A diferencia de los MENA, esta otra minoría sí que tiene bastante influencia en la política española y asturiana. Los Florentino Pérez, los March, los Botín, los Koplowitz, los Villar Mil allí o los Figaredo, Masaveu y Cosmen aquí. Todos ellos tienen Lamborghinis o, si no los tienen, es porque prefieren gastar su dinero en yates, aviones privados o coches de lujo de otra marca ¿Tal vez un Porsche o un Rolls? Todos ellos pueden afectar directamente la política y la economía a través de fundaciones, de radios, de televisiones, de periódicos y de holdings empresariales. La cantidad de recursos que concentran “los de los Lamborghini” y el poder político que tienen es totalmente desproporcionado a su peso demográfico en la sociedad; algo totalmente inadmisible en una sociedad democrática que se basa en la idea de “una persona, un voto”.
Lo que tienen en común estas dos figuras discursivas —los MENA y los propietarios de coches de lujo— es que ambos son utilizados como símbolos polarizadores para movilizar a la opinión pública mayoritaria hacia un “enemigo” que hace su vida peor (o que supuestamente hace su vida peor, en el caso de los MENA). Sin embargo, la demonización se hace desde premisas muy distintas y con objetivos totalmente opuestos. Cuando se demoniza a los MENA, se construye una narrativa en la que los más vulnerables se convierten en los enemigos a combatir. Al hacerlo, se desvían las miradas de los problemas estructurales reales como la desigualdad económica, la precariedad laboral, y la falta de acceso a servicios públicos de calidad. Por otro lado, cuando se critica a los propietarios de coches de lujo, se hace desde una perspectiva de clase que denuncia los excesos del capitalismo y la inequidad en la distribución de la riqueza. En este caso, la acaparación de recursos de unos pocos, pues recordemos que en España el 20% de la riqueza está en manos del 1%.
A nivel discursivo, la polarización nosotros vs. los del Lamborghini es muy efectiva. Fijémonos en cuál ha sido la respuesta de los medios de ultraderecha, todos ellos pillados con el pie cambiado: “No, sólo se han vendido 34 lamborghinis”. La literalidad, ni más ni menos. No han sabido dar otra respuesta. Se han limitado a desvalorizar las declaraciones del presidente – a falta de argumentos sólidos – desde la narrativa del niño repipi que levanta la mano y dice “no, son solo 35 lamborghinis estrictamente hablando”, en un año en el que tal vez esa marca sólo haya vendido una treintena pero se han superado los 18.000 coches de lujo vendidos en toda España. Esto nos da pistas de por dónde podemos, desde la izquierda, construir un discurso de éxito que conecte con la masa social, esa misma masa social que, expuesta a los discursos de la extrema derecha, está virando cada vez más a postulados sociales conservadores.
Hay que explicar que los problemas sociales se resuelven, en gran medida, con más igualdad. Explicar que es inmoral que haya personas con jets privados en las mismas ciudades en las que otras no pueden poner la calefacción; que como sociedad, todo el dinero que acumulan unas pocas familias, que no se pone en circulación en la economía, que no hace gasto en las empresas, que no llena los bolsillos de los trabajadores, que no se pone al servicio del pueblo creando autopistas, conciertos, cine, hospitales, escuelas y festivales, es dinero perdido. Abrir el melón del salario máximo, del ingreso máximo, de taponar los salarios/beneficios del capital por arriba. Y ese discurso, es muy, muy fácil de hacer. Basta con comenzar a hablar de ricos, de pijos, de impuestos a los yates, a los jets privados, a las colecciones de arte privadas y, desde luego, a los Lamborghinis. Se trata aquí de llevar la “guerra cultural” al terreno en el que tenemos todas las de ganar: el de la lucha de clases.



























