En una foto se ven pedazos de pan recién hecho. Tratándose de un lugar en el que sabemos que se pasa hambre, mucha hambre, el pie de la foto es brutal por inesperado: la mujer que había cocido ese pan acaba de ser asesinada, junto con sus hijos, por el ejército sionista. En otras imágenes vemos a un joven palestino en el suelo, abrazando una detrás de otra varias bolsas con los cuerpos sin vida de toda su familia, masacrada por las mismas bestias. En otro video se ve a unos bípedos sin alma, humanos sólo en su aspecto, empujar a patadas los cuerpos (¿heridos? ¿ya sin vida?) de varios palestinos hasta hacerlos caer violentamente desde una azotea al suelo. También hay imágenes recientes de colonos israelíes apaleando a maestras y estudiantes en una escuela al norte de Jericó, en la Cisjordania ocupada. En tiempos de fake-news, sabedoras de todo lo que es capaz de generarse a través de la Inteligencia Artificial, ojalá pudiéramos pensar que se trata de falsificaciones. Pero no.
El vicepresidente del Comité de Derechos del Niño de Naciones Unidas, Bragi Gudbrandsson, ha denunciado las graves violaciones de los derechos de la infancia por parte de Israel: matar y mutilar niños, atacar hospitales y escuelas y denegar el acceso de ayuda humanitaria son algunas de las hazañas diarias de los sionistas. Con una emoción que apenas le permitía hablar, Gudbrandsson, afirmó que la intensidad de estas atrocidades no se había visto antes en la historia. Estamos en un momento oscuro, dijo. Israel ha asesinado en Gaza a más niños que adultos. Todas las vidas cuentan, pero las cifras y los objetivos dicen que no estamos asistiendo a una guerra. Israel es hoy un estado genocida con el único objetivo demostrado de querer destruir por completo al pueblo palestino. Actúa como quien se enfrenta a una plaga, sin consideraciones morales.
Sin embargo, por más que quieran deshumanizar a los palestinos, lo tiene muy difícil. Vemos las caras de las víctimas, conocemos muchas de sus historias, las fotos de jóvenes y mayores abrazando a sus seres queridos envueltos en sábanas ensangrentadas, o metidos en bolsas, tienen, a pesar de todo, algo de belleza, por terrible que sea, la belleza del amor y el dolor humanos. Podemos ver esas fotos, nos pueden saltar las lágrimas al hacerlo, pero podemos verlas y descubrir en ellas a seres humanos. La semana pasada se publicaron los nombres de más de 34.000 víctimas del genocidio sionista, sólo una pequeña parte del total, pero significativa: las primeras catorce páginas contienen los nombres de los bebés (menores de un año) asesinados: “Es inevitable que Israel se convierta en un estado paria por su continuo, imparable y humillante asalto a las Naciones Unidas, por encima de millones de palestinos”, dijo Francesca Albanese. Los parias, los infraseres, son ellos, y avanzan hacia su propia deshumanización a pasos de gigante. Las fotos y videos de estos asesinos provocan un fuerte sobresalto, a medias entre el terror y el asco, como en una mala película de ciencia ficción, porque no es fácil ver en ellos a seres humanos. Ni siquiera la maldad, tan humana también, es discernible a primera vista en su manera de actuar. No sabemos qué quieren, como no sabríamos cómo negociar con un ejército zombi. No encontrar nada humano en el ejército de Israel provoca una sensación extraña.

También hay civiles y niños y personal sanitario entre los asesinados en el Líbano, y miles de heridos. Hacer estallar de manera indiscriminada dispositivos electrónicos, como buscas o walkie-talkies, viola el derecho internacional. Pero, una vez más, ¿qué más da? De nuevo parecen escenas de ciencia ficción, y difícilmente los zombis que hayan dado la orden de hacer estallar estos dispositivos, dejando un reguero de seres humanos heridos, ciegos, mutilados o muertos, van a rendir cuentas alguna vez.
No es fácil creer en el Más Allá, pero vamos a hacer un esfuerzo, por si la Justicia sigue caminando a paso de tortuga. Vamos a creer, no en un Infierno en llamas, sino en un lugar como el Tártaro de los antiguos griegos, un pozo “tan lejos bajo tierra como el cielo sobre ella”, como decía Homero, y vamos a imaginar un castigo eterno como el de Sísifo y su piedra, o el de Tántalo y su hambre y su sed insaciables, pero peor. Vamos a imaginar que estos zombis son humanos y, en consecuencia, tienen una memoria que es lo que los constituiría como seres. Deseémosles que nunca olviden nada, absolutamente nada de lo que están haciendo ahora, y que vivan eternamente en ese pozo viendo pasar una y otra vez su vida ante sus ojos. Por si algún clasicista lee esto, sé que Sísifo y Tántalo estaban en el Hades y no en el Tártaro, pero yo prefiero el Tártaro para estos condenados porque está más lejos que el Hades y es un pozo, y porque en el abismo se reflexiona mejor. Esto es también ciencia ficción, pero en este caso me gusta.



























