Portazo al Liceo Autogestionado de París

Concluye este centro experimental, integrado en el sistema público, y activo desde los años 80.

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Soledad García Ferrer
Soledad García Ferrer
Cuando era una adolescente se encontró con un libro de filosofía. Profesora, investigadora, traductora, en 2007 eligió vivir en una aldea del occidente de Asturias.

La primera vez que me enteré de la existencia del LAP fue a través de la prensa escrita. Un instituto donde no se exigía a los alumnos la asistencia a clase, donde una alumna de cualquier nivel podía asistir a una clase o a una actividad que encontrara interesante aunque no estuviera con sus compañeros habituales; donde tanto profes como alumnos decidían el presupuesto, el horario, los proyectos; donde ellas mismos se ocupaban de la limpieza y de los trabajos de la cocina y de la administración; donde no había director… ¿Cómo era posible? Entonces todavía trabajaba yo en un instituto cuyas puertas no estaban cerradas a cal y canto, del que todos podíamos salir en el recreo, en el que no había el ambiente carcelario, desconfiado y receloso que se respira ahora en la mayoría de ellos. Posteriormente la cosa se ha hecho todavía peor, los institutos se han vuelto más tristes.[1]

En seguida quise saber más del LAP y me puse a investigar, a leer cosas. Y cuando tuve ocasión, en un viaje de fin de curso a París, organicé con mis compañeros una visita al centro. Esta visita estaba completamente justificada, puesto que en mi clase de 3º de BUP y luego en la de 1º de bachillerato solía leer “Los fundamentos económicos y sociales del anarquismo”, un texto de Mijail Bakunin en el que encontramos, en la sección XVIIIª, que

como los menores de edad, especialmente los niños, son en gran medida incapaces de razonar y de dirigir conscientemente sus actos, el principio de tutela y autoridad, que será eliminado de la sociedad, seguirá encontrando una esfera de aplicación en la educación de los niños. Sin embargo, esa autoridad y tutela deberán ser verdaderamente humanas y racionales y totalmente ajenas a los frenos teológicos, metafísicos y legales. Habrá que comenzar aceptando la premisa de que, desde su nacimiento, ningún ser humano es bueno o malo, y que la bondad, es decir, el amor a la libertad, la conciencia de la justicia y de la solidaridad, el culto, o más bien el respeto, a la verdad, la razón y el trabajo, solamente pueden desarrollarse en los hombres mediante una educación racional. Por tanto, insistimos en que el único objetivo de esa autoridad será preparar a los niños para la máxima libertad. Este objetivo solo podrá alcanzarse mediante la autoeliminación gradual de la autoridad para dar paso a la libre actividad de los niños a medida que se aproximan a la madurez.

Pues bien, entre los 15 y los 18 años, que es la edad del bachillerato en Francia, parecía que los alumnos estaban ya preparados para decidir muchas cosas. De hecho, ya se estaba discutiendo su derecho a voto. Entonces, ¿por qué someterlos a ese régimen disciplinario, autoritario, que teníamos en el instituto? El texto de Bakunin era objeto de discusión en clase, donde siempre nos planteábamos cómo sería nuestro instituto si siguiera estas ideas anarquistas, y donde solíamos investigar sobre el Liceo autogestionado de París para ver cómo se organizaban allí.

LAP.

Rue de Vaugirard, la calle más larga de París, donde se sitúa la acción de Transit de Anna Seghers. Suena el piano en la cafetería de este típico edificio parisino del siglo XVIII de amplios ventanales y con un hermoso jardín presidido por un castaño centenario. Yo no me podía creer que estábamos allí una mañana de junio del año 2000 mis colegas y los alumnos que habían querido acompañarnos (por supuesto, la visita era voluntaria para ellos: tenían una alternativa). Nuestro contacto era la profesora de español del centro. Nos enteramos de que había un comité de recibimiento que había aceptado y organizado nuestra visita. Después de enseñarnos algunos espacios y de explicarnos que las clases ya habían terminado y que mucha gente estaba en las sesiones de las evaluaciones finales —efectivamente, se veía gente en uno de los espacios del piso superior, asomaban los que estaban sentados o apoyados en las ventanas abiertas por el calor—, hicimos una asamblea de profes y alumnos en la cafetería y allí cada cual pudo saciar su curiosidad preguntando lo que quería.

Lo que más les interesaba a mis alumnos era que hubiera libre asistencia a clase, es decir, que nadie controlara la asistencia a las clases y que cada uno pudiera asistir a las que le interesaran, incluso si no eran de su curso; también, que hubiera una tarde entera sin clases para hacer proyectos de teatro, foto, cine, senderismo, visitas a otros lugares o lo que se propusiera cada año. Asimismo les maravillaba que hicieran turnos para hacer la comida o que hicieran las tareas de administración o la limpieza del centro junto con los profes. Estos últimos estaban obligados a realizar todas estas tareas, pero no los alumnos, que colaboraban voluntariamente y cuando tenían tiempo. En las sesiones de evaluación todos los que querían podían estar presentes.[2]

LAP

Cuando llegó mi turno planteé una pregunta incómoda: ¿cuál era la tasa de aprobados en el examen final de bachillerato, que en Francia se publica anualmente y en muchos casos determina la elección de un instituto u otro por parte de las familias? En el LAP era del 40% aproximadamente, muy inferior a la media nacional. Sin embargo, nos dijeron que no se trataba de uno de los objetivos prioritarios del centro, y tanto los alumnos como las familias lo sabían. Aunque en principio todos querían tener el título de bachillerato, lo que más les interesaba era colaborar en la vida diaria del instituto sin tanto agobio: organizar conciertos, utilizar el precioso jardín para dar clase, como terraza de la cafetería o como lugar de juego al que tenían acceso durante las tardes. A mis alumnos les extrañaba que se pasaran tanto tiempo en el instituto. Pero ¿por qué iban a salir corriendo del sitio al que nadie les obligaba a venir y en el que, en lugar de sufrir la educación, participaban activamente en ella y contribuían a gestionarla? Además según ellos los profes se esforzaban más por hacer las clases más amenas y divertidas, pues si no se quedaban sin alumnos. Así de fácil y así de claro lo tenían todas.

Otra cosa que nos explicaron es que la mayoría de las actividades del liceo estaban planteadas de modo interdisciplinar, con la colaboración de varios profes que trabajaban en equipo. Por ejemplo, para estudiar la filosofía antigua habían montado en el hall del instituto un campamento cínico en colaboración con los profes de filosofía, tecnología y teatro, y se habían trasladado allí todos para estudiar en un ambiente real. A mí la idea me encantó, era el tipo de cosas que me hubiera gustado montar en mi centro.

Y ¿qué pasaba cuando había un caso de acoso, maltrato, vandalismo, violencia, es decir, cuando alguien merecía ser sancionado? ¿Había castigos, partes disciplinarios y ese tipo de cosas en el LAP? Se trataba de otra cuestión incómoda y muy interesante para mis alumnos. ¿Cómo se las arreglaban en esos casos? Pues bien, existe una comisión de justicia, formada por profes y alumnos, que se dedica sobre todo a la mediación, pero cuyas decisiones pueden llegar a la expulsión del liceo. Este es el único “castigo” que se acepta, el único compatible con los principios del LAP, y mis alumnas se daban cuenta de que era coherente también con lo que habíamos estudiado en el texto de Bakunin.[3]

Siempre me ha parecido que en mi país teníamos mucho que aprender del modelo educativo francés, pero especialmente me parecía una grandeza de este modelo el que fuera capaz de financiar en su seno con fondos públicos un centro como este, al que las profes y alumnas podían acceder voluntariamente desde cualquier rincón de Francia siempre que fueran aceptados por la comisión correspondiente, formada paritariamente por profes y alumnos. Un centro alternativo en el seno del servicio público.

Al mediodía mis colegas y yo nos fuimos a comer con algunos profes a una Brasserie cercana mientras dejábamos a los alumnos en el instituto, donde sus colegas les invitaban a compartir la comida que ellos mismos habían preparado ese día. El ambiente entre profesores era completamente diferente del que teníamos a diario en nuestro instituto. Se notaba perfectamente que estaban acostumbrados a trabajar juntos, de otra manera, y que se implicaban muchísimo en su trabajo. Cada curso había que reinventar todo, había que replantearse desde los horarios hasta las actividades o los stages. Esto último, por ejemplo, impensable en un instituto español, consiste en una actividad que ocupa toda una semana interrumpiendo todas las clases, en la que se mezclan todos los alumnos y que está dedicada cada vez a una cosa diferente: realizar un viaje, montar una obra de teatro, hacer un estanque en el jardín… son ejemplos de este tipo de actividad. Cada año puede haber unas cuatro semanas a lo largo del curso en las que los horarios son modificados así para que haya varios de estos stages simultáneos entre los que las alumnas pueden elegir.

La mayoría de las profes había pedido ingresar en el LAP por convicciones políticas y/o pedagógicas, pero también había quien había venido por casualidad o huyendo de un sistema demasiado autoritario y que excluía a demasiada gente. Muchos alumnos también solicitaban entrar después de haber fracasado en un centro corriente, buscando un ambiente más abierto, menos estresante y disciplinario. Tanto en un caso como en el otro la admisión estaba regulada por el principio de cooptación.

Este curso el LAP ha cerrado sus puertas después de tantos años, desde que en 1982 Alain Savary, ministro de educación de François Mitterrand, atendiendo las peticiones de varios equipos de profesores de la enseñanza pública, decidiera crear cuatro institutos experimentales en París, Saint Nazare, Heronville y Oléron. El contrato que desde entonces regulaba la situación del LAP no se ha renovado para este curso 2024-2025 y, por lo tanto, ya no gozará de los principios que lo definían: libre asistencia a clase, cooptación y autogestión. A partir de ahora tiene un director y los alumnos y los profes tendrán que atenerse a la autoridad. Étienne Balibar, Annie Ernaux,  Philippe Meirieu, Catherine Corsini y otros han firmado un manifiesto de apoyo al LAP.[1] Los profes y alumnas del centro siguen en movilización…

Dentro de los pasillos de la Académie de París sabrán a qué obedece este cambio. Pero desde luego nosotras aquí nos hemos quedado sin un modelo que muchas teníamos en la mente y en el corazón a la hora de enseñar a estudiar y a crecer de otra manera. [2][3] Con el cierre del LAP este otoño todos los institutos se han vuelto un poco más tristes.


[1] https://www.liberation.fr/idees-et-debats/tribunes/le-seul-lycee-autogere-de-paris-doit-le-rester-20231123_7NFFIEAB6RDYZKHS2UNXAA2JDE/

[2] Heike Freire, “Democraria práctica en el Liceo Autogestionado de París”, en Cuadernos de pedagogía nº 396 Monográfico (accesible en  https://convivencia.wordpress.com/wp-content/uploads/2009/12/democracia.pdf )

[3] https://elpais.com/planeta-futuro/alterconsumismo/2022-04-22/el-instituto-de-los-milagros-donde-los-adolescentes-y-los-profesores-limpian-y-cocinan.html


[1] Sobre esta situación es perfectamente válido el estudio de Contreras Hernández, Juan Antonio; García Martínez, Adolfo; Rivas Fernández, Adolfo, Tristes institutos. Una exploración antropológica de un instituto de enseñanza secundaria, ediciones del Museo del Pueblo de Asturias, Gijón 2000.

[2] Todo esto lo podemos encontrar muy bien explicado explicado en Une fabrique de libertés. Le Lycée autogéré de Paris, libro editado por el colectivo de profesores y alumnos del liceo (Valence, les éditions REPAS, 2012, accesible en https://editionsrepas.fr/catalogue/une-fabrique-de-libertes/). También puede verse en https://www.youtube.com/watch?v=6cbIv1HxQTQ.

[3] Existen muchos estudios sobre las sanciones en el ámbito educativo. Véase, como muestra, el estudio de Sylvie Ayral (La fabrique des garçons. Sanctions et genre au collège, PUF, Paris 2011), que pone en relación la administración de castigos con la formación de género.

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