El título induce a creer que estoy pensando en Juan Carlos I y Bárbara Rey en una semana como esta. A Juan Carlos I hay que tenerlo presente de tanto en tanto, pero no era él en quien pensaba. Bueno, un poco sí, pero en lo que más pensaba era en la actualidad del Reino y su parecido creciente con el cotarro monárquico. Alguna vez bromeamos con la relación difícil que tienen en la monarquía los homónimos real, de realeza, y real, de realidad. En una democracia esos homónimos tienen obligación de negarse. En una monarquía parlamentaria, el jefe de Estado puede ser real (de realeza, es decir, puede ser un Rey) a condición de que no sea real (de realidad), es decir, a condición de que sea un jefe de Estado de mentirijillas. Un jefe de Estado real (de realidad) debe ser elegido y eso sería una república. Si no es elegido, y no estamos en una dictadura, el jefe de Estado ha de ser un atrezo decorativo de la vida pública. «Simbólico» es la palabra que se usa para referirse a tal ornamento institucional. Esto es consustancial a la monarquía en democracia. Pero en el caso específico de los Borbones, la riña entre lo real (de realeza) y lo real (de realidad) es más estridente. En España nada se aleja más de lo real (de realidad) que lo real (de realeza). Es irreal el matrimonio fundacional de esta etapa borbónica; irreal toda la historia de Juan Carlos I, desde su campechanía hasta su amor por la democracia y España; irreal Felipe VI, una cosa es ser un símbolo ornamental y otra no ser nada; irreal el mundo de Leonor; irreal toda esa sarta de tópicos y empalagos en los que nadó la mayoría de edad de Leonor y que pretendían que era heredera por méritos propios y que todos la votaríamos si hubiera votación; irreal Froilán, que parece, todo él, un dibujo animado.
Alguna vez dije que el retrato de la familia que pintó Antonio López era el inverso del retrato de Dorian Gray. Dorian Gray era eternamente joven y bello y era el cuadro el que envejecía con la depravación del retratado. El retrato de Antonio López es el que se mantiene bello y virtuoso y son los retratados los que acumulan las deformidades de la depravación. Los putiferios del emérito serían cansinos y ajenos, si no estuvieran enredados en dineros públicos y, sobre todo, en la gestión institucional de la jefatura del Estado. La actitud de Juan Carlos I, y de quienes lo aplauden y llevan bajo palio, va pasando del cinismo a la provocación. El cínico no miente, como el hipócrita. El cínico exhibe su desprecio a la moral y normas de los demás. Nadie dice que el emérito no haya robado, ni que no haya sido y sea un corrupto, ni que sea inocencia y amor a España lo que pasea por Abu Dabi. Simplemente, afirman que en su caso no importa. Cuando la ostentación cínica busca retar y afrentar pasa a ser provocación. Y las bajezas que van emergiendo de las alcantarillas reales empiezan a ser una provocación. La hoja de parra de los secretos del 23 F es el último trozo de desnudez que le queda por ser mostrado. A ver cómo nos cuentan Guerra y Felipe que no podemos condenar por atacar la democracia a quien nos regaló la democracia. Si el Rey es, según la Constitución, un símbolo, que así sea. No imagino que en los edificios gubernamentales y parlamentarios pongan papel higiénico con los colores de la bandera para que la gente se limpie el culo con ella. Menudos hipos y desmayos hubo cuando Dani Mateo fingió limpiarse los mocos con la bandera. Pero fue en espacios institucionales donde Juan Carlos I se limpió el culo con lo que la Constitución dice que es un símbolo patrio, la monarquía.
La política española se va pareciendo cada vez más a la monarquía, y específicamente la borbónica, en lo principal: la irrealidad
Pues no estaba pensando en Juan Carlos I, pero se ve que me distraje. En lo que estaba pensando es en que la política española se va pareciendo cada vez más a la monarquía, y específicamente la borbónica, en lo principal: la irrealidad. Y en lo secundario: la degradación y la cutrez. Hubo mucho ruido por ETA, que no existe. No solo no existe, sino que Bildu, alguna de cuyas piezas fue en su día apoyo político de ETA (solo alguna pieza, lean un poco), no hace más que alejarse de aquella locura. Ayuso, en nombre de todas las derechas, dice que ETA está más viva que nunca. El detalle de que ni existe ni hay muertos es lo de menos. El 7291 nos recuerda lo que significan para ella los muertos. Hubo rugidos por la inmigración y los imaginarios problemas de seguridad que traen en el país que sigue siendo el más seguro de Europa; y la manera imaginaria en que devoran nuestros dineros públicos, en el país que no podría pagar las jubilaciones de los boomers si no es por esa mano de obra redentora; y cómo están debilitando nuestra cultura, según dicen los que no leen un libro ni se sacan el palillo de la boca. Y siguen las alarmas por si nos ocupan las viviendas esas hordas de okupas que nos tienen en vilo. Pero las cifras de allanamientos y usurpaciones siguen siendo ridículas, según los datos que elabora la policía después de tomar carajillos con los desokupas. Daniel Bernabé dijo con buen juicio que, si tan grave es el problema, si tan indefensa es la propiedad, no se entiende por qué cantidades tan millonarias corren desaforadas al ladrillo. Los datos de la policía y de los inversores ricos indican que esta chorrada es otra alucinación de quienes quieren que la política gestione irrealidades, rencores y molinos de viento, que son justamente esos y otros ricos.

Decía que la política se va pareciendo a la monarquía en la irrealidad, pero también en la cutrez. Que se enreden en la policía y el derecho a la vivienda a esos bodoques de desokupas, que quedan descritos en aquella frase de Martín Santos de «tierra apenas modificada», es pura mugre. Y no digamos el numerito de las derechas, que quieren sesión parlamentaria para el alucine de los inmigrantes y de repente les da el yuyu y cambian para el flipe de ETA, se desgañitan con fotos y desvergüenza por afrentas imaginarias a las víctimas, votadas por ellos, y juran con ademanes descompuestos que habían sido engañados y que, como a la Infanta cuando estuvo ante el juez, a ellos no les constaba, ellos no sabían, ellos no eran gente de letra y no habían leído lo que votaban (ni ninguna otra cosa). Todo irreal y cutre como la realeza. Por fin la monarquía empieza a representarnos.
La transición fue un conjunto de actos lúcidos, aciertos casuales, monedas al aire que salieron cara y miserias. La monarquía fue una de las cuatro miserias principales con las que se transitó a la democracia. La primera fue no tocar el dinero ni estatus de la oligarquía económica franquista, que en buena medida ahí sigue. La segunda fue no tocar más que lo justo los privilegios y anacronismos de la Iglesia, que sigue teniendo una presencia anómala en nuestra vida pública. La tercera fue el relato que se hizo de los crímenes, de la inmensidad de crímenes de la dictadura. No hubo un punto final, como en Argentina, que hubiera supuesto el perdón de esos crímenes, pero con la constancia de que fueron crímenes. Aquí parece que no hubo más crímenes que los de ETA, ni más víctimas que merezcan memoria que las de ETA; las mucho más numerosas víctimas de la dictadura (ETA no fue nuestra peor tragedia) pueden ser insultadas y despreciadas cada día. Y la cuarta fue la de no permitir que el Rey fuera un dictador, pero sí que viviera como un dictador y que el aparato del estado lo cubriera de impunidad y mentiras. Y así estamos.
La transición fue una gasa que no filtró del todo las aguas oscuras de nuestra historia profunda. La derecha nunca salió del tiesto franquista en que fue plantada y, sin llegar a abandonar su raíz de la dictadura, ya recibe el baño de la nueva ultraderecha internacional para que junten sus oscuridades los fascismos pasados con sus metástasis modernas. Habrá que repetirlo. Que Sánchez sea el límite de la democracia indica cuál ha de ser la prioridad y cuáles los frentes de las izquierdas y sin excusas. El país debe parecerse más a la Constitución que a la monarquía y los borbones deben seguir haciendo su oficio: ser irreales.



























