Homenaje a Franco Basaglia en la “zona cero” de la reforma psiquiátrica

Un monolito en el HUCA recordará al médico italiano, impulsor del cierre de los hospitales psiquiátricos.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Se cumplen 100 años del nacimiento del psiquiatra Franco Basaglia, el hombre al que los enfermos mentales de todo el mundo deben la conquista de grandes parcelas de libertad y autonomía personal desde la década de los 70.

Nacido en Venecia en 1924, Basaglia luchó en su adolescencia contra el fascismo y la ocupación nazi, llegando incluso a ser encarcelado por ello. Sabía por tanto de lo que iba el encierro. Tras la guerra estudió medicina, especializándose en psiquiatría, y desde un primer momento mostró interés por renovar los métodos usados en los hospitales, así como por poner fin al régimen carcelario en el que vivían los pacientes.

A través de su trabajo en Trieste, Basaglia llegó a la conclusión de que las posibilidades de recuperar a los pacientes son mayores cuando reciben atención en la comunidad en la que viven, en lugar de encerrarlos en una institución.

Basaglia.

Aliado a la entonces potente izquierda italiana, Basaglia logró que la República aprobase en 1978 la Ley 180, una legislación pionera a nivel mundial que estableció el progresivo cierre de los psiquiátricos. Su principal promotor sin embargo, apenas viviría para ver los frutos de su lucha: en 1980 fallecía de manera prematura a la edad de 56 años.

Asturies y la reforma

Asturies fue pionera en los años 80 en el desarrollo de esta reforma psiquiátrica por la que médicos jóvenes, inspirados en Basaglia y otros autores, y vinculados a los partidos de izquierdas y la lucha antifranquista, llevaban peleando desde los últimos años de la dictadura.

El psiquiatra Víctor Aparicio, uno de los jóvenes antifranquistas que había participado en la Coordinadora Psiquiátrica, asumió en 1983 la dirección del Hospital de La Cadellada, el actual HUCA, un centro que había sido hervidero de renovación médica y lucha antifranquista entre 1965 y 1972. Este martes fue el encargado de descubrir junto a la consejera Concepción Saavedra, un monolito en homenaje al inspirador de aquellos movimientos.

Víctor Aparicio y Concepción Saavedra.

Aparicio llegó a Oviedo/Uviéu procedente del País Vasco. Se encontró con un hospital con cerca de 900 internos, y en el que todavía existían celdas de castigo. Con la formación del primer gobierno autonómico de Pedro de Silva las cosas empezarían a cambiar. Gracias a la política de apertura de centros de salud comunitaria y de unidades de psiquiatría en los hospitales asturianos, el número de internos se iría reduciendo drásticamente en los años siguientes hasta el definitivo cierre del psiquiátrico en 2005.

“La Cadellada era un hospital más moderno en comparación con el resto, pero los psiquiátricos de aquellos años eran lugares terribles, con muy mala calidad de vida, y en los que las plantillas médicas eran muy cortas”, recuerda Aparicio sobre los hospitales previos a la reforma de los 80. Una reforma que llegó antes a Asturies que a otros lugares de España, y que tuvo su gran impulsor en el director general de salud y futuro consejero José García, uno de aquellos psiquiatras antifranquistas que tras la Transición se integraron a través del PSOE en las nuevas instituciones democráticas.

La Cadellada en los 70.

El proceso de desmantelamiento de los psiquiátricos mejoró en líneas generales la autonomía y calidad de vida de los enfermos, pero tuvo no obstante también sus zonas de sombra. No siempre se pusieron todos los medios necesarios para lograr la acogida de los antiguos internados en la sociedad a la que regresaban, en ocasiones tras largos encierros. Como escribía el psiquiatra y escritor Guillermo Rendueles a principios de este año en NORTES, cuando se abrieron las puertas del psiquiátrico ovetense una pareja de internadas se fugó y cometió un suicidio pactado en las aguas de la Playa de San Lorenzo. Un caso que puede ser la punta del iceberg de otros muchos más episodios de pacientes a la deriva, desubicados y rechazados en aquella comunidad que en teoría debía acogerles e integrarles:

“Ese modelo -sin duda con fuertes cargas de utopismo- que priorizaba la libertad sobre la seguridad, quebró ante la suma de varias fuerzas autoritarias. Las familias de los pacientes en su mayoría se escandalizaban de esas libertades y cada fuga o no digamos cada suicidio, ocasionaban reclamaciones judiciales que empezaron a asustar al personal cuidador. Incapacitar a los enfermos y asignarles un familiar como responsable decidió el conflicto: mientras los pacientes deseaban unidades abiertas, sus familias las deseaban cerradas y esa voluntad se cumplió. Los tratamientos obligatorios y la judicialización del control colaboró en medicar a los pacientes con neurolépticos retardados. Estos llegaban a veces esposados por la policía municipal a recibir la inyección correspondiente. Finalmente el clamor social ante delitos, vagabundeos y mendicidad de los pacientes liberados del manicomio dio la puntilla al espíritu reformador. De nuevo la sociedad exigía orden”.

El homenaje a Basaglia llega en plena regresión de algunos de los avances de los años 80 que parecían ya incuestionables e incuestionados, como la eliminación o al menos reducción de las llamadas sujeciones, así como en medio de un fuerte debate social sobre la falta de recursos públicos para una política de salud mental cada vez más demandada por la ciudadanía.

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