Inventores de maldades más que bárbaras

Recomendados

Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Homero en la Ilíada presenta a los troyanos con la misma simpatía que a los helenos. Así consigue que los griegos de entonces, o los lectores actuales de la obra, sintamos el dolor de los “enemigos”, de los vencidos, tanto o más que el de los griegos vencedores, o que los lamentos por la muerte del príncipe troyano Héctor nos duelan tanto como los lloros de Aquiles por Patroclo. En esto, siempre se ha señalado, la Ilíada se diferencia de las epopeyas de otros pueblos, mucho menos ecuánimes con el enemigo.

Lo que ocurrió después de la muerte de Héctor, la caída de Troya, dio paso a la destrucción completa de esta ciudad. Eso ya no lo cuenta Homero, pero en otros poemas y, sobre todo, en algunas tragedias, como Troyanas de Eurípides, se relata el comportamiento odioso de los griegos tras su victoria. Toda la ciudad es entregada a las llamas, los hombres son ejecutados y las mujeres sorteadas como botín. En medio de esa gran desolación hay una escena en Troyanas especialmente terrible: los griegos deciden dar muerte, arrojándolo desde las murallas de la ciudad, al hijo de Héctor, un niño de nombre Astianacte. Su abuelo es el anciano Príamo, rey de Troya; este niño, muerto su padre, era la esperanza de la ciudad. Los soldados griegos lo arrancan de los brazos de su madre, Andrómaca, y se lo llevan mientras ella grita horrorizada: ¡Ay, griegos, inventores de maldades bárbaras! ¿Por qué matáis a este niño, que no es culpable de nada? Más adelante, cerca del final de la pieza, es su abuela, Hécuba, encargada de enterrarlo, la que lamenta la cobardía de los vencedores, que lo matan, piensa ella, temiendo que algún día pudiera vengar a su patria. Lo interesante del episodio de la muerte de Astianacte en Troyanas es que nos encontramos a un autor griego (Eurípides) poniendo en boca de una mujer troyana, es decir, “bárbara” (Andrómaca) la acusación de barbarie.

En el documental Dachau (2020), cuando se le pregunta a uno de los soldados nazis juzgados en Núremberg que por qué mataban incluso a los niños judíos, su respuesta es la misma que la que imaginó Hécuba: por miedo a que un día se vengaran. Los judíos han dejado constancia abundante de los horrores del Holocausto: películas, documentales, series, diarios, ensayos… Del Holocausto que los sionistas están perpetrando en Gaza ahora, ¿dejarán ellos mismos, los propios ejecutores, constancia? No me refiero a memoria gráfica de su maldad, cosa que hacen con júbilo y desvergüenza, sino testimonio de la barbarie reconocida como tal, del genocidio asumido como lo que es, en toda su criminal dimensión.

El ejército de Israel es responsable de “maldades bárbaras” sin cuento

La relación de los griegos de la Antigüedad con los episodios de la toma de Troya fue siempre conflictiva, de una cierta incomodidad. En algunas imágenes de la cerámica se representa al anciano Príamo con su nieto Astianacte, ya muerto y ensangrentado, en su regazo. Se simbolizaba así la destrucción absoluta de la ciudad, una vez que Héctor, hijo el primero y padre del segundo, ya había muerto. Imágenes actuales de Gaza, con familias enteras masacradas, cadáveres de madres asesinadas con sus hijos en brazos, de niños pequeños destrozados abrazando a hermanos, mayores y pequeños, también muertos, son cotidianas. Las vemos día tras día porque estamos ante crímenes cometidos impune e impúdicamente. El ejército de Israel es responsable de “maldades bárbaras” sin cuento. Al fin y al cabo, los griegos le devolvieron a Hécuba el cadáver de su nieto para que pudiera enterrarlo dignamente; los soldados del ejército sionista, en cambio, abandonan los cadáveres sin enterrar a merced de los perros, o les pasan por encima con excavadoras, o los arrojan empujándolos a patadas desde azoteas…

De Troyanas existe una versión cinematográfica del director griego Michael Cacoyannis, de 1971. El papel de Andrómaca lo hizo una impresionante Vanessa Redgrave. Esta misma actriz, ahora ya cerca de los noventa años, sigue denunciando hoy, como ha hecho toda su vida, el horror que sufre el pueblo palestino. Su apoyo a Palestina, masacrada durante décadas (no empezó el 7 de octubre), siempre le ha costado amenazas, pese a haberse enfrentado, siempre también, al antisemitismo y al fascismo. Cuando recibió el Óscar por su papel en Julia (una película de 1977 en la que compartía escena con Jane Fonda y que denunciaba el nazismo) hizo un famoso discurso en el que mostró su compromiso y su valentía sin dejarse intimidar por grupos de “sionistas matones, cuyo comportamiento es un insulto a la verdadera talla de los judíos de todo el mundo”. En ese mismo discurso volvió a prometer su apoyo a la lucha contra el antisemitismo y la opresión.

Aquí estamos, décadas después de este discurso, ante un nuevo holocausto, y sigue siendo difícil denunciar el genocidio en Gaza sin recibir acusaciones de antisemitismo por parte de sionistas matones. Da igual que se denuncie también la barbarie nazi. Da igual que se denuncie el terrorismo de Hamás. Los sionistas se creen intocables, pero no queda más remedio que seguir hablando día tras día de Gaza, de las maldades bárbaras y más que bárbaras del ejército de Israel, de su absoluta inhumanidad, de su infinita miseria, de sus crímenes absolutamente insoportables.

Actualidad

spot_img