Introspección filosófica

"Una" es un extraordinario, pulcro y sobrio trabajo expresionista con rasgos farsescos que no elude el humor, pero que tampoco lo provoca intencionadamente.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

Una, pieza basada en la novela de Pirandello Uno, ninguno y cien mil

Dramaturgia y dirección: Giampaolo Samà

Intérprete: Miriam Odorico

29 de noviembre, Off Niemeyer, Avilés

En Uno, ninguno y cien mil nos sorprende lo mucho que se parece Pirandello a Unamuno y Unamuno a Pirandello. Mismo estilo y mismas preocupaciones. Son muchos los artículos –teatro aparte– donde el vasco coincide con el siciliano en el planteamiento autorreflexivo y la exploración fenomenológica. En lo concerniente a esta novela la conexión entre conciencia y experiencia en pos de la identidad alcanza propiedades y contornos filosóficos, psicologías de diversa índole y, si se quiere, hasta sociología de la personalidad en la línea de Goffman. Hay una literatura de prestigio que se inclina hacia la filosofía (Sartre, Camus, Pirandello, Unamuno) al igual que otras se decantan por la comedia de situación, el enredo detectivesco, la denuncia o los temas historicistas. Obras con vocación especulativa, provocadoras, con rigor y valor didáctico para que participemos en cuestiones de orden filosófico o con la intención de que nos aficionemos a esta disciplina. Giampaolo Samà adapta a la escena la novela de Pirandello con este mismo objetivo, siguiendo fielmente el meollo argumental aunque cambiando el sexo del protagonista –de hombre a mujer– al igual que un suegro por una suegra y el resto de personajes a que obliga la correspondencia heterosexual de roles. Cualidad que no resta un ápice de efectividad al complicado juego de espejos y perspectivas acerca de la identidad del sujeto –estamos ante un concentrado de poco más de una hora, todo sea dicho– ni supone desviación alguna de la trama.

Una.

La excelente Miriam Odorico, diablilla larguirucha y refinada, con una complexión física determinante, es la señora Moscarda (el enfado y fastidio de la mosca zumbante), casada con Hugo, quien un día la descubrirá ante el espejo con la nariz colgando hacia la derecha, lo que la llevará a realizar toda una introspección existencial acerca de su identidad –hacia ella y hacia los demás–, con acciones y peripecias que ponen en riesgo el matrimonio, su salud física y mental y hasta un banco con empleados que son de su incumbencia. Sucesos y acontecimientos que la actriz nos narra ininterrumpidamente sentada en una silla y sin levantarse nunca, con un prodigioso despliegue de gestos, voces y matices corporales, y tan sólo un respiradero musical con pantomima donde como una marioneta o insecto se contorsiona para mostrarnos la lucha que establece la consciencia entre la realidad de las formas y las apariencias. A la dramaturgia realizada a la novela hay que sumarle la dramaturgia del actor acometida por Miriam Odorico y el director Giampaolo en la construcción del personaje. Un extraordinario, pulcro y sobrio trabajo expresionista con rasgos farsescos que no elude el humor, pero que tampoco lo provoca intencionadamente, sino que nace de una disposición orgánica que liga muy bien con las ideas que el relato nos trasmite. Al final, la fragmentación y disolución identitaria de “yoes” termina por convertir el pensamiento autorreflexivo en una arquitectura inútil. Un cuerpo sin nombre ni epígrafes. Gran acierto el de este equipo de Timbre 4 con un teatro descriptivo y creativo sin concesiones. Arte pormenorizado para un espectador inquieto que también le pide a la escena incursiones filosóficas.

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