Jocky Wilson. “Apuntar es de cobardes”

Crece entre las brumas nicotínicas de los pubs escoceses y su afición por los dardos es una manera de poder disfrutar de una pinta y ocupar un lugar en el mundo.

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Rafa Cofiño
Rafa Cofiño
Es médico de familia y diputado de Sumar.

Leaving Glasgow

(hay que escuchar esto bien alto de aquí arriba mientras se lee el texto y mejor si se encuentra la versión de “Boys of the Lough”)

John Thomas «Jocky» Wilson perdió todas sus piezas dentarias a la edad de 28 años. Nacido en Kircaldy, Escocia, muy cerca del lugar que vio nacer a Adam Smith, creció con las historias de su abuela sobre los ingleses. La buena señora contaba que los malditos ingleses, con el ánimo de exterminar al pueblo escocés, habían envenenado el agua de Kircaldy. Aquella historia le sirvió al pequeño Jockey para escaquearse de las limpiezas dentales y para no probar el agua local, lo que, sumado a su increíble afición por los dulces, consiguió que sus mandíbulas estuvieran desnudas antes de llegar a los treinta y que la ingesta hídrica fuese con maltas en vez de con agua común o con mierdosas sustancias isotónicas.

Wilson crece entre las brumas nicotínicas de los pubs escoceses y su afición por los dardos es una manera de poder disfrutar de una pinta y quizás de ir ocupando un lugar en el mundo que los contextos le habían negado. Pasó cerca de catorce años de infancia-adolescencia en un centro de menores ante la dificultad de su madre de poder cuidar a todos sus críos. Posteriormente se gana la vida como minero y como repartidor de carbón. Cuentan las crónicas que el día en que conocí a su mujer, Malvina, su piel no era blanca sino negra. Así, poco a poco, consiguió que jugar a los dardos fuese no sólo una oportunidad de beber cerveza, sino que se convirtiera en una forma de ganarse la vida.

John Thomas «Jocky» Wilson 

Su odio a los ingleses se traslada al campo de batalla de los pubs en los campeonatos de dardos de los 80. Se convierte en el primer escocés en ganar el Embassy World Professional Championship en 1982, repitiendo el triunfo en 1989 y alcanzando siempre entre 1979 y 1991 los cuartos de final. La mayoría de sus rivales eran ingleses. Inglés era John “Old Stoneface” Lowe a quien vence en 1982 e inglés era Eric “The Crafty Cockney” Bristow a quien vence en el 89 (ver la final del encuentro en este enlace). Nuestro buen Jocky se gasta 1.200 libras de las 6.500 del título mundial del 82 en una dentadura postiza que apenas utilizaba o que incluso se quitaba descaradamente cuando estaba jugando.

Jocky era pequeño y gordo y mágico. Una imagen característica de su forma de jugar era el dardo en una mano y el cigarrillo en la otra. Moviéndose con dificultad y ese desvanecimiento que da el pseudoenolismo y la mística de Wilson, dando pasos entre la espesa bruma de los bares y sonriendo sin dientes. Los cortos brazos moviéndose y llevando arriba bien el cigarro, bien el dardo. Una sonrisa de felicidad fantástica como un Braveheart contemporáneo derrotando a todos los petimetres londinenses llegados de la capital del reino.

Una imagen característica de su forma de jugar era el dardo en una mano y el cigarrillo en la otra

Jocky muere probablemente de una EPOC (enfermedad pulmonar crónica obstructiva) y probablemente con el hígado difuminado. Tenía 62 años. Como en una especie de informe minucioso – jugando a los médicos y a los notificadores del registro de mortalidad-la wikipedia afirma que había sido un fumador severo durante cerca de cuarenta años, que fumaba más de dos paquetes al día. Cuentan que fue un gran padre y que su mayor preocupación era que a su familia no le faltara de nada. Cumplió así aquello de Marai de cómo se deben responder a las grandes preguntas. Wikipedia también detalla minuciosamente (esos detalles imprescindibles como narrar despedidas o encuentros o el momento en que se abandonan espacios), y dice así:

«Murió después de las 9 pm el 24 de marzo del 2012 en su casa de Kircaldy, a la edad de 62. El funeral se llevó a cabo el lunes 2 de abril en el crematorio de su propia ciudad»

Eric Bristow también fue a darle el puto último abrazo. Aquí, al leer esto, uno puede imaginarse a la abuela de Jockey, a su madre hasta los cojones de todo, a la ciudad gris y las minas, al centro de menores donde habían abusado de uno de sus hermanos y a Tudor Hart (aunque yera de Gales) y a Jennie Popay (aunque ye de Manchester) y a Oliver Twist y Aníbal Vázquez (que yera de Mieres) y a Ken Loach y a los mineros ganando por fin la huelga a la Thatcher, y Anita Sirgo y a aquellos críos de la portada del Love not Money meando la calle y a Dickens y el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos y a los de Whitehall haciendo cohortes de manga para descubrir que es aquello de las desigualdades sociales en salud y los gradientes y los ascensores sociales, y a los estibadores de the Wire haciendo más cortes de manga y a Douglas Black escribiendo informes y a la sobremortalidad masculina de las cuencas asturianas y a Marmot llorando por las columnas de los que no van a poder ir a todos los lugares que quisieran ir y a todos fumando Dunhill y bebiendo cerveza y entonando el Leaving Glasgow  o el Dirty Old Town y a todos sonriendo con una hermosa sonrisa sin dientes brindando por Jockey y por su eterna jodida gloria en el cielo de sus antepasados

Martín Ferrero, hermano y contemporáneo, a quien le debemos que nos contara esta historia una noche en Gijón, señala que Jockey tras tirar los dardos, tras ganar o perder las partidas (qué cojones importa el resultado) siempre decía sonriendo y fumando: «Apuntar ye de cobardes»

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