La opinión de cualquiera

Estas dinámicas autodestructivas son el suelo mismo del que se nutren las grandes corporaciones tecnológicas.

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Christian Ferreiro
Christian Ferreiro
Graduado en Filosofía por la Universidá d'Uviéu y docente de enseñanza secundaria en la pública

El miedo en Twitter (es decir, en X) no es nuevo. Desde que Twitter es Twitter (y desde que X es X), esto ha sido siempre así. Cualquiera puede construir una nueva identidad con la que poder deteriorar a alguien: basta con abrirse un nuevo usuario en la red social y verter la mayor basura que a alguien se le podría imaginar. Aunque esto no debe llevarnos al engaño de que “las redes sociales son tóxicas”: la toxicidad ya viene de casa. Las redes sociales, y en particular Twitter (o sea, X), simplemente potencian conductas y dinámicas que ya estaban funcionando en ese otro mundo al que nos solemos referir como “mundo real”.

Hay quienes ponen todos sus medios para que la guerra sigua subyaciendo en estos espacios. Sería adecuado asumir que, efectivamente, estas dinámicas autodestructivas son el suelo mismo del que se nutren las grandes corporaciones tecnológicas, y que eso seguirá siendo así hasta que el capricho de Elon Musk se sacie.

El reciente caso de Pedro Vallín nos puede ayudar a reflexionar sobre esto mismo, pero no sacaríamos conclusiones nuevas. El pasado 17 de diciembre, el periodista asturiano publicó desde su cuenta personal un polémico tweet en el que, se dice, Vallín frivolizaba con las víctimas de la DANA en Valencia a propósito de una respuesta a un usuario de la red social. El periodismo ha sido, y sigue siendo, una institución democrática. Quiere esto decir que al periodismo se le debe exigir que garantice un derecho tan básico como es el derecho a la información veraz: que cualquiera, independientemente de dónde proceda y a dónde quiera llegar, pueda contar con toda la información posible en base a criterios de veracidad. Para que esto pueda algún día ser así, no es admisible que un periódico que pretende garantizar este derecho se “desmarque” de una “polémica”, cuando la supuesta “polémica” en cuestión consiste en amenazas de muerte en Twitter (o sea, X) a una persona, plataforma que, por cierto, el propio periódico decidió abandonar por haberse convertido “en una red de desinformación”. Sin embargo, días después, este periódico (La Vanguardia) despide a Pedro Vallín, hasta hace muy poco redactor de este medio de comunicación.

¿Qué papel juega la “opinión pública” (si es que esto podría llegar a tener algún sentido) en eso que solemos llamar “democracia”? ¿Desechamos de una vez el concepto de “cultura de la cancelación” o lo debemos considerar? Hay supuestos librepensadores y perezrevertes que afirman que sí, que existe esa cultura que cancela opiniones, pero cuyas opiniones libres no son sino el libre juego del onanismo, y entonces deberíamos preguntarnos si no será que, quizá, lo que pretenden es que haya unas opiniones y que otras no las haya, pero en base al criterio de sus bemoles. Hay quienes afirman, también, que sí existe esa cultura que cancela opiniones; pero que esto no es malo, sino bueno: Gonzalo Torné defendió en su día (y puede leerse en La Vanguardia; sorpresas te da la vida) que “quienes critican la existencia de una cultura de la cancelación suelen querer reducir la libertad de expresión amedrentando a la crítica y el libre juego de opiniones que surge de la red. La cultura de la cancelación no solo es justa, sino que también beneficiosa. Todo discurso público es susceptible de ser evaluado en público”. Es siempre mejor discutir acerca de un asunto que suprimir la discusión; y mejor, incluso, si hay diálogo más que discusión.

Una opinión puede ser criticada en el espacio público; para eso está. Sin embargo, esa misma opinión no debe ser criticada porque lo diga “la opinión pública” o “mayoritaria”, o por algo así como “el respeto” o “el bien común”, sino porque no sea legítima o no esté justificada, llegados a ese caso. Es fundamental que esa crítica no sea arbitraria para que el espacio público pueda efectivamente llegar a ser eso mismo: un espacio que no pertenezca a nadie en particular, que pueda ser para cualquiera.

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