La Cúpula del Centro Niemeyer acogerá del 7 de febrero al 4 de mayo la exposición “Una biografía pintada”, dedicada al artista madrileño Eduardo Arroyo.
La exposición antológica contará con una selección de más de sesenta obras procedentes del Museo de Arte Contemporáneo de Madrid y las colecciones de la Fundación Azcona, de Julián Castilla, Isabel Azcárate y otros coleccionistas privados, todo ello bajo el comisariado de Marisa Oropesa.
“Una biografía pintada” es la forma en la que el propio Arroyo definió su relación con la pintura y la colección traza un recorrido de más de medio siglo que se inicia en los años sesenta hasta 2018, año de su fallecimiento.
Nacido en 1937, en Madrid, Arroyo se crio en el seno de una familia culta y falangista, de origen leonés. Estudió periodismo, pero tras marchar a París se inició, casi por casualidad en el arte. “Yo me fui de España para poder escribir. Nunca pensé en hacerme pintor. El hecho de dibujar todos los días, desde mi infancia, no me había dado nunca la idea de emprender la aventura del cuadro. El dibujo era para mí un complemento simpático del sueño y de la ambición literarios” recordaba el artista, que en la capital francesa desarrollaría entre los años 60 y 70 una obra muy política, pero siempre pasado por el filtro de la ironía y los juegos con las referencias a la tradición artística, el cine y la cultura popular.
Con motivo de las huelgas en la minería asturiana en 1963 desarrolló una de sus series más conocidas
A diferencia de otros artistas de su generación, Arroyo no se interesó por el arte abstracto, muy en boga en aquellos años, y muy apoyado por los EEUU en el marco de la llamada Guerra Fría Cultural. Abrazó en cambio la llamada “nueva figuración” y apostó por una obra de carácter muy narrativo: “Yo soy sin duda un escritor truncado que ha pintado varias novelas y algunos relatos. Este afán literario me ha llevado a bañar en aceite de linaza una serie de historias y de cosas”.

Este desinterés por la abstracción y la evolución de las vanguardias históricas le llevaría incluso a firmar obras muy polémicas, como “Vivir y dejar morir o el fin trágico de Marcel Duchamp”, de 1965, en la que presenta a un decrépito Duchamp integrado por completo en el sistema capitalista y cuyo féretro es portado por militares y artistas, envuelto en la bandera de EEUU.
Dato importante: Duchamp todavía vivía en el momento en que fue presentada la obra, y aquella pintura-manifiesto de aquel jovenzuelo izquierdoso de apenas 28 años, no hizo ninguna gracia al maestro.
“Aquello lo pagamos. No era una broma meterse con él. Duchamp nos despreció diciendo que solo buscábamos publicidad, como si él no lo hubiera hecho nunca. Nos cerraron las puertas de galerías y museos” recordaba Arroyo sobre una obra que suponía tocar a una de las vacas sagradas del arte del siglo XX.

Los 60 van a ser su década más política. Con motivo de las huelgas en la minería asturiana en 1963 desarrolla una de sus series más conocidas, en las que pintó los estragos de la represión franquista sobre las mujeres que habían participado en las movilizaciones, pero con un lenguaje que no era el del realismo social, tan asociado a la izquierda artística de aquella época, sino al Arte Pop norteamericano, un estilo en principio asociado a la celebración del consumismo y el American Way of Life.
Esta recuperación del Arte Pop para la izquierda no fue una práctica solitaria, sino que puede también rastrearse en el Equipo Crónica, a los que Arroyo estuvo muy ligado, y en otros colectivos artísticos de la época como el Equipo Realidad y La Familia Lavapiés.



Activo en Mayo del 68, durante la movilización obrera y estudiantil más importante en la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial, participó en la producción de los carteles propagandísticos en la Escuela de Bellas Artes, ocupada por los jóvenes durante la revuelta.
Posteriormente, en 1976, sería uno de los impulsores del pabellón dedicado a España en la Bienal de Venencia, “España. Vanguardia artística y realidad social. 1936-1976”, de carácter abiertamente antifranquista, y planteado por un grupo de artistas de izquierdas al margen del Gobierno.


La muestra pretendía desvelar cómo la dictadura franquista, sobre todo a través de uno de sus ministros más conectados con los circuitos culturales internacionales, Manuel Fraga, había utilizado a la vanguardia artística para dar una falsa idea de modernidad ignorando el contexto en el que se había producido.
Frente al proyecto de usar el arte para normalizar a la España franquista en Europa, la muestra utilizaba el arte para hablar de la falta de libertades, también artísticas, en el país, donde en aquel momento se desarrollaban grandes movilizaciones sociales contra la continuación de un “franquismo sin Franco”.




Asentado en España tras la recuperación de las libertades democráticas, Arroyo obtendría en los años 80 el reconocimiento comercial e institucional que hasta entonces no había tenido en su país.
Activo hasta el final de sus días, la obra de Arroyo se hace menos política a partir de los años 80, pero mantiene un estilo característico cuya evolución podrá verse desde el próximo mes en el centro avilesino.



























