La raíz y las ramas, la tradición y la promesa

La izquierda tiene que proyectar la frustración contra las élites de verdad, que dejan sin vivienda a la mayoría y quieren quitarles el médico y los servicios.

Recomendados

Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

En 2010 la selección española de fútbol tenía por timoneles a dos sabios tácticos, Xabi Alonso y Sergio Busquets. Y tenía adelante gente capaz de cualquier fantasía, Iniesta y Xavi son los más recordados. Los de adelante podían permitirse cualquier atrevimiento por la solvencia de los dos timoneles que cubrían las espaldas, como si estuvieran plantados en una maceta sólida. Y los timoneles tenían delante artistas que llevaban a máximos la savia que ellos proyectaban. Los árboles necesitan raíz para crecer, pero también ramas en lo alto para atrapar la luz. La raíz sin luz y altura de miras se queda en terruño paleto. La luz y la altura sin raíz lleva, como sugiere la etimología, al desarraigo, que siempre es intemperie y confusión. En política, la raíz tiene que ver con la identidad, la tradición y el pasado. El aire y la luz se relacionan con el futuro, la promesa y el estímulo. Con solo terruño, solo tenemos ensimismamiento pueblerino. Sin terruño, solo tenemos volatilidad y desarraigo. Sin las dos cosas, es decir, sin futuro y sin raíz, solo tenemos brutalidad y desamparo. El neoliberalismo fue llevando a la población a ese estado de abandono, en el que se diluyen la tradición y la identidad y ni hay futuro ni metas colectivas. El individualismo, la desregulación y la desagregación social llevan a ese estado de impiedad, donde la gente empieza a encontrar más amparo en la brutalidad simplona que en el encaje amable y en el que cada vez más gente está en la intemperie social y psicológica.

Un terreno formado por brutalidad y desorientación es de suyo fértil para la ultraderecha. Pero sobre todo es fértil para quien analiza la situación y crea discursos que se acomodan con las pulsiones de la población. Los estrategas de la ultraderecha tienen la ventaja de trabajar para los ricos y tener dinero y, por eso, son los que están elaborando el discurso más eficaz. Lo eficaz es devolver a la gente raíz e identidad y algún futuro distinto de este presente. Alba Rico dice que la izquierda está demasiado lejos de la tradición y no ofrece un futuro nunca visto. Ni un pasado que conforte ni un futuro en que creer. Lo contrapone a Trump, que ofrece una raíz: religión vertebradora y única, raza blanca, familia conocida, sexos de toda la vida, hogares como los recordamos; y a la vez con los bufones de Silicon Valley, Musk a la cabeza, hablan de satélites, IA y sociedad hipertecnológica. Raíz y ramas atrapando luz, pasado y futuro, Alonso y Busquets, por detrás, y Xavi e Iniesta por delante.

El pasado al que miran ultras, rojipardos y neorrancios de variada condición es un pasado inventado, pero creíble

El pasado al que miran ultras, rojipardos y neorrancios de variada condición es un pasado inventado, pero creíble. La fórmula más común para que lo falso no lo parezca es la verdad que no es toda la verdad. En ese pasado de nuestros abuelos, había pan recién hecho, leña en la chimenea, torreznos crujientes, noches alteradas por la llegada de los Reyes Magos, sencillez y roles de género diferentes. La incultura, la insalubridad (la mía es la primera generación sin mortalidad infantil), el machismo (¿recuerdan aquellas caravanas de mujeres a pueblos, como Plan, donde solo había mozos? Nacían tantas mujeres como hombres, ¿por qué se irían las mujeres?), la impiedad con el diferente y otras durezas se obvian. En general, cuando se buscan soluciones recuperando algo perdido del pasado, se está cometiendo un error. Pero lo cierto es que la gente necesita tradición, pasado, raíz. Pablo Batalla recuerda que toda revolución genera nostalgia del mundo prerrevolucionario y, por tanto, que queda siempre un flanco abierto para la contrarrevolución. La aldea perdida, de Palacio Valdés, canta la nostalgia y el desconsuelo de ese mundo rural, verde y de tintineo de las esquilas de las vacas que se viene abajo por las minas y la industria. En Los niños de humo de Aitana Castaño flota nostalgia por la desaparición del mundo creado por las minas. La modernez agresora pasa a pasado melancólico. La gente necesita raíz. La invocación del pasado de la ultraderecha es falsa, como todas las melancolías de todas las ideologías, e hipócrita, porque solo usan el pasado para alimentar el discurso de que los demás no tienen ideas distintas, sino que son extraños, no son de aquí, vienen contra lo nuestro. Pero la gente necesita raíz. La izquierda no puede renunciar a su vocación de vanguardia social y, por tanto, no puede renunciar a choques culturales, como fue en su día el aborto o el matrimonio entre homosexuales. Pero tiene que anclar la lucha de clases, la justicia social y la ampliación de derechos para todos en el molde cultural local, como constituyentes de la sociedad en que crecimos. En un mitin de los 80, Alfonso Guerra sacó el mantra de la lucha histórica de los socialistas, pero cuando levantó a la gente de sus asientos fue cuando empezó una retahíla con localidades de aquí, «los compañeros de Laviana, de El Entrego, de Mieres, …». Cada nombre de cada lugar hacía estallar los aplausos. El barniz local encendía. A veces la gente siente más protección en su identidad colectiva que en la protección social. Y no olvidemos que Vox gana entre los varones jóvenes, la edad en la que ni se está enfermo, ni se tienen hijos, ni se tiene cerca la jubilación, es decir, la edad en la que la protección social y el estado del bienestar son campanas lejanas. Trump no está loco cuando relaciona el accidente aéreo de Washington con las políticas de diversidad. Como hay que contratar a un cupo de discapacitados, como la plantilla tiene que tener una cuota de tal raza o sexo, luego los aviones se estrellan; ahora contrataremos a los mejores. El argumento es necio, pero lo que hace es apelar a una supuesta normalidad que teníamos y que perdimos, entresaca con pinzas elementos del pasado para apelar a ese nido identitario. La izquierda no tiene que imitar la desvergüenza, pero sí afincar incluso sus propósitos más vanguardistas en los vínculos intergeneracionales de cada lugar. Solo es sentarse y trabajar.

La indignación lleva a la ira y la ira, ralentizada y a fuego lento, se hace odio, un combustible sin ideología. Puede verse en España que el odio del facherío hacia Pedro Sánchez no tiene relación comprensible ni con su gestión ni con su ideología, templadas las dos hasta la desesperación. El odio cultivado por la derecha hacia Cataluña y el País Vasco, donde de todas formas no tienen votos, anula cualquier resto de sentido común. Bloquear pensiones o ayudas a la DANA por un palacete requisado al PNV por la Gestapo («un escándalo ético y moral», ladró Sémper) es confiar en que la mera mención al País Vasco ya nubla el juicio. El detalle no es menor. Con odio bien cultivado, llega un momento en que la gente se complace más en el daño al odiado que en el beneficio propio. Si cargarse acuíferos y quitar impuestos a los más ricos me deja sin médico, pero cabrea a los progres, que así sea. Debe tomar nota la izquierda. Porque el odio es combustible sin ideología.

Trump promete fantasías futuristas distópicas. ¿Qué ofrece la izquierda? En esencia, nada, lo que hay, promete defender lo que queda, virgencita que me quede como estoy. Lo que hay es lo que tiene a mucha gente al límite y por debajo del límite. Todo lo que suene a defender lo que hay irrita a quien sufre. El que sufre tiene una pulsión rebelde o es fácil despertársela. Y suena más rebelde el machismo, el racismo, la nación con brazo en alto y el negacionismo. Claro que la izquierda tiene que luchar contra todo eso. Pero tiene que ofrecer rebeldía, esta no es la sociedad que quiere. Las reservas de ira y odio son reciclables y la izquierda no tiene que mentir. Los ultras tienen que fingir que las élites no son los ricos, sino los universitarios y profesionales. La izquierda tiene que proyectar la frustración contra las élites de verdad, contra las oligarquías económicas que dejan sin vivienda a la mayoría y quieren quitarles el médico y los servicios. No tiene que cambiar de ideología, pero sí de formato de discurso. Como dice Alba Rico, no está ofreciendo ni pasado ni futuro, ni raíz ni ramas. Tiene que enlazar con vínculos intergeneracionales identitarios y ofrecer un futuro, que inevitablemente ha de ser de rebeldía y puños apretados y no de moralidad condescendiente. Solo es sentarse y trabajar. El dinero acaba siendo pragmático.

Actualidad

spot_img