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Opinión

¡Vaciemos las ciudades!

Si, de la noche a la mañana, hemos cambiado radicalmente nuestras vidas, deberíamos ser capaces de reorganizar la base de nuestra economía

Con la irrupción del COVID-19 se han evidenciado de manera drástica y directa las consecuencias ambientales negativas de un estilo de vida consumista feroz, capitalista y globalizado. La pérdida de biodiversidad, la deforestación, los cambios en los usos del suelo, la agricultura y ganadería intensivas, la resistencia antimicrobiana y el cambio climático son los factores más importantes (según la ONU1) que facilitan el surgimiento de este tipo de zoonosis, es decir, enfermedades que se transmiten entre animales a través de medios como el aire, las picaduras o la saliva2.

La sociedad occidental, tan altiva y soberbia que no ha sido capaz de preveer la pandemia que estaba por venir. Tan arrogante que lleva décadas desoyendo a la comunidad científica que venían alertando de que, de seguir por este camino de agresión al medio ambiente, las consecuencias iban a ser demoledoras. Ahora comienza a verse amenazada, a sufrir las consecuencias de ignorar que las personas somos animales eco-dependientes, que para sobrevivir necesitamos a los ecosistemas que nos sustentan.

Este modelo concentra a la población en grandes urbes devoradoras de bienes que no genera

Se sabe desde hace tiempo que este modelo socio-económico es inviable a largo plazo e incompatible con mantener los recursos necesarios para sostener la vida en el planeta. Que es un sinsentido basar la economía de un territorio en un sistema de producción y consumo que requiere de un crecimiento ilimitado en un espacio finito. Este modelo concentra a la población en grandes urbes devoradoras de bienes que no genera, pero que, sin embargo, consume desorbitadamente con la consecuente erosión y contaminación del suelo, el agua, la atmósfera… En definitiva, se alimenta de otros ecosistemas (periféricos y lejanos) que daña superando su resiliencia, con el único objetivo de intensificar la producción que necesita para abastecer esta creciente demanda, obviando el impacto que genera y si es viable a medio o largo plazo. Este sistema, que además genera pobreza, desigualdad y miseria es absurdo.

El capitalismo, fortalecido por la revolución industrial y la revolución verde, debería ser superado a través de un cambio urgente y radical. Una profunda trasformación de la sociedad que tendría que pasar, necesariamente, por una redistribución de la población, fuera de las grandes metrópolis, una producción sustentable y un consumo de los recursos en función de su disponibilidad y tasa de renovación. Un modelo económico basado en la producción agroecológica, que respetase los ciclos de los nutrientes, de la materia y la energía, y que nos asegurase una producción de alimentos y otros insumos básicos sana para el medio ambiente, las personas y el resto de los seres vivos.

Podríamos reducir nuestro consumo al mínimo necesario para cubrir nuestras necesidades básicas

Este podría ser el momento de tomar al campesinado como referente de una gestión viable y el conocimiento tradicional como fuente para generar esa nueva sociedad que nos gustaría fuese más justa, solidaria y equitativa. El modo de vida rural, autosuficiente, que ajusta las necesidades de su población a los recursos disponibles, que mantiene la fertilidad del suelo sin contaminarlo, que aumenta la biodiversidad y que está basado en un manejo del entorno que lo ha mantenido en equilibrio con su explotación, puede y debe ser la clave, un punto de partida.

Si, de la noche a la mañana, hemos cambiado radicalmente nuestras vidas, encerrándonos en nuestras casas y cortando con la cotideanidad, deberíamos ser capaces de reorganizar la base de nuestra economía, esto es, los modos de producción. Podríamos reducir nuestro consumo al mínimo necesario para cubrir nuestras necesidades básicas y producir esos bienes agroecológicamente y distribuirlos localmente en poblaciones más pequeñas y dispersas. Podríamos, en definitiva decrecer económicamente de una forma igualitaria para todas y todos. Porque el decrecimiento es algo que, de una manera u otra, va a llegar.

Ahora nos toca superar esta pandemia, pero después tendremos una pequeña oportunidad de reconstruirnos. Mi propuesta es que sea desde una apuesta práctica por la ruralidad, la autogestión y la soberanía alimentaria. Quizás ahora sea el momento de dar un giro a la historia, de transformar el capitalismo atroz que ha paralizado prácticamente al mundo entero y que sólo nos ha traído desigualdad, sufrimiento, injusticia y destrucción.

1Informe fronteras 2016 del PNUMA

2https://es.wikipedia.org/wiki/Zoonosis

Sara Vila Díez
Escrito por

Bióloga y productora ecológica. Es autora de "La huerta ecológica asturiana" (Glayíu, 2014)

7 Comentarios

7 Comments

  1. sofia diaz

    11 abril 2020 a las 12:01

    Sin duda la clave para actuar “reducir nuestro consumo al mínimo necesario para cubrir nuestras necesidades básicas y producir esos bienes agroecológicamente y distribuirlos localmente en poblaciones más pequeñas y dispersas.” Me emociona pensarlo. A por ello, mil gracias!

  2. DOLORES

    11 abril 2020 a las 13:53

    Me parece una reflexión muy inteligente , y seria bueno que a nivel político se potenciara la vida en las ciudades medias y pueblos con ayudas a las personas potenciando con desgravaciones fiscales o con ayudas directas a los emprendedores de los pueblos

  3. Ignatius

    11 abril 2020 a las 14:29

    Comparto Sara el contenido del artículo y me encantaría que se cumpliera tu deseo. Pero en las condiciones que limitan la validez de tu hipótesis está la clave. De la noche a la mañana no hemos cambiado, sino que ha sido una epidemia la que nos ha obligado a cambiar.
    Cuando salgamos ¿seremos capaces de reducir nuestro consumo al mínimo necesario para cubrir nuestras necesidades básicas?

  4. Eduardo

    11 abril 2020 a las 14:57

    Muy bueno, Sara. Tiene sentido y no es imposible. Es importante que te oigan los de tu generación, los que tienen hijos o van a tenerlos, para que esa infancia no se vea inmunodeprimida por las ciudades y enriquecida por la maravilla del mundo natural.

  5. Eduardo Campomanes

    12 abril 2020 a las 09:51

    Aunque coincido con casi todo lo que se dice en el artículo, observo una carencia importante: de habla de redistribución De la población pero no de disminución de la población. En este mundo superpoblado si pasáramos de la concentración de la población en grandes ciudades a la dispersión de la misma ello generaría una presión insoportable en las zonas rurales y, por consiguiente, en el resto de los seres vivos y en los ecosistemas.
    Creo que sólo reduciendo la población humana se podría aplicar lo que tan bien nos describe Sara Vila en su artículo.

  6. María Isabel Sánchez

    12 abril 2020 a las 12:43

    Muchas gracias por tu reflexión, totalmente de acuerdo contigo. De hecho, estoy trabajando en un proyecto de atención a la Infancia y por extensión a las familias y a la sociedad que gira en torno a todo esto que nos compartes.

  7. Sergio C

    12 abril 2020 a las 21:38

    Mientras la sociedad no tenga una educación totalmente contraria al sistema imperante que nos permita decir NO ante una necesidad impuesta por el marketing agresivo y las falsas ideas de mejora proyectadas sobre un factible cliente, no podremos cambiar nada.
    ¿Cuántos pares de zapatillas tenemos? ¿Son realmente necesarias? ¿Cuántos tv tenemos en nuestras casas? ¿Son realmente necesarios?
    Y así con todo… si antes de cada consumo tuviésemos la suficiente voluntad para ver más allá de un producto y su coste económico (coste social, ambiental…) ya tendríamos los cimientos para parar lo imparable: nuestro colapso.

    Me ha encantado el artículo, ¡seguid así!

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