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Covid-19

Peste y conspiranoia: de los judíos a las feministas

“El cuento de la criada” explica lo muy verosímil de un advenimiento neofascista y patriarcal a través de una catástrofe

Edición del "Decamerón" de Boccaccio.

Guillaume de Machaut lo tenía claro: «cette merdaille fausse, traître» (esa chusma falsa y traicionera) había envenenado los pozos, las fuentes y los ríos, y ello había desatado aquella madre de todas las pandemias. Se refería, por supuesto, a los judíos, chivo expiatorio preferido y habitual de cuantas desdichas se abatían sobre la cristiandad medieval, siempre muy dispuesta a hallar pretextos para emprenderla con los asesinos del Salvador, y que no dejó de estarlo cuando la Peste Negra devastó Europa en el año funesto de 1348. En el call de Tárrega (Cataluña), perecieron, por ejemplo, trescientos hebreos en un terrible pogromo que estalló en julio. No importaba que el papa Clemente VI, en su bula del 26 del mismo mes, invitara a no culpar al pueblo israelita de la epidemia y lo hiciera con argumentos juiciosos: ¿cómo puede ser, si esa acusación tiene fundamento, que los israelitas sean víctimas del contagio o que la epidemia estalle en localidades donde no habitan judíos? El virus de la conspiranoia, cuando brota, es muy malo de contener. Emerge —escribe Jean Delumeau en El miedo en Occidente— «de las profundidades de un subsuelo inconsciente» y, «una vez lanzado, se manifiesta como una fuerza salvaje capaz de pasmosa propagación. Suscitando a la vez atracción y repulsión, rechaza la verificación de los hechos, se alimenta de todo, impulsa metástasis en múltiples direcciones, va acompañado de procesos histéricos, atraviesa las barreras de edad, de clases sociales y de sexo» y, finalmente, «se desparrama en una pululación de minirrumores y de micromitos derivados y subterráneos. Sin embargo, no ha muerto. Permanece en la sombra, espera nueva ocasión para emerger a la superficie, bajo otra máscara, llegado el caso».

Los capítulos que Delumeau dedica a la peste en El miedo en Occidente —uno de los maravillosos «clásicos radicales» reeditados recientemente por el sello barcelonés Taurus— cobran estos días un interés añadido. Escribe también allá el gran historiador francés, fallecido el pasado mes de enero, que «por perpleja que se sintiera, una población atacada por la peste trataba de explicarse el ataque de que era víctima. Encontrar las causas del mal es volver a crear un marco de seguridad, reconstruir una coherencia de la que, lógicamente, ha de salir la indicación de los remedios». En todas partes se señalaban «sembradores de contagio que difundían deliberadamente la enfermedad»; en todas partes «había que buscarlos y castigarlos». Los judíos eran habitualmente el candidato mejor situado, pero había otros. Enumera también Delumeau que «en Chipre, durante la Peste Negra, los cristianos acabaron con los esclavos musulmanes. En Rusia, en período de epidemia, culpaban a los tártaros. En una forma más benigna, en el momento de la peste de 1665 en Londres, los ingleses se mostraron unánimes en acusar a los holandeses, con los que Inglaterra estaban entonces en guerra. No había epidemia «sin creencia en una quinta columna y en un complot dentro de las murallas», pero la peste no acuñaba luzbeles nuevos: cada sociedad inculpaba de sus desgracias, y castigaba, a aquellos colectivos a los que ya aborrecía previamente. La pandemia simplemente lo volvía todo más extremo.

“En la peste de 1665 en Londres, los ingleses se mostraron unánimes en acusar a los holandeses, con los que Inglaterra estaban entonces en guerra”

Tiempos remotos. Hemos cambiado mucho desde entonces; nos hemos civilizado. La ciencia proporciona hoy explicaciones convincentes y remedios efectivos para nuestras desgracias; y bajo el imperio benemérito de la razón crítica, leemos con horror sobre aquel mundo de bárbaras supersticiones. Pero es el caso que, ebrios de triunfalismo, hemos llegado a olvidar que determinadas esencias humanas nunca se erradican definitivamente. Como al reactor descalabrado de Chernóbil, se las puede cubrir con un sarcófago que prevenga la propagación de sus nubes radiactivas, pero no nos es dado eliminar por completo la radiación, que, paciente, insidiosa, aguarda el momento en que alguna catástrofe abra grietas en el catafalco. Puede haber sucedido ya: hoy que nos acomete una nueva peste, vemos emerger aquí y allá —tenues todavía, pero indudables— reviviscencias de aquella psique que espoleaba las cacerías de envenenadores.

Cierta porción averiada de la humanidad —pero una porción no pequeña— sigue necesitando señalar, o que le señalen, culpables concretos para los azares cósmicos que desbordan su intelecto; peleles con los que ensañarse para aplacar el terror de saberse habitantes de un cosmos ciego, implacable, en el que basta la procreación de un microbio para que todo lo que era sólido se desvanezca en el aire. Y como comprobamos estos días, el procedimiento no es muy diferente del que se seguía en el ancien régime: igual que entonces, la turba conspiranoica orienta su iracundia hacia enemigos tanto exteriores como interiores; tal como entonces, son aquellos colectivos que ya concitaban la aversión general antes del desastre la diana más probable. Lo que diferencia a nuestro tiempo de aquél es que —de momento— nuestras turbas de ejecutores de la ley de Lynch sólo cuelgan a sus víctimas de olmos digitales, no, todavía, de árboles físicos; pero la cartografía encefálica del gárrulo que hace siete siglos fabulaba contubernios de sabios de Sion reunidos en oscuras mazmorras para planificar la destrucción de la cristiandad no es distinta en absoluto de la del infame influencer de derecha que al inicio de la epidemia tuiteaba lo siguiente: «¿Soy el único que piensa que lo del 8-M estaba pensado desde Moncloa para contagiar al máximo número de personas, saturar los hospitales y luego tirarle el muerto a la falta de inversión en sanidad pública?». Tampoco media trecho cerebral alguno entre los londinenses que en el siglo XVII barruntaban insidiosos amaños de la enemiga Holanda en el origen de las pestes de aquel siglo y cierto cantante sevillano, menos conocido por sus canciones que por sus simpatías fascistas, que hace unos días se preguntaba, también en Twitter, si el coronavirus no será un peón más de la guerra comercial china.

La cosa no sería demasiado preocupante si no se padeciera, además de la de COVID-19, la peste de una derecha incivil, caníbal, dispuesta a proporcionar altavoces y trajes de respetabilidad a cualquier vomitona destornillada contra el Gobierno cuando no es ella quien lo detenta. Nunca perdió el pelo de la dehesa la regresía española, y hoy vemos a los mismos intoxicadores que alumbraron y sostuvieron sonrojantemente durante años una delirante teoría de la conspiración sobre los atentados yihadistas del 11 de marzo de 2004 en Madrid cargar tintas cada vez más pesadas contra la manifestación feminista del 8 de marzo; pero no sólo contra el Gobierno por permitirla, sino también contra convocantes y participantes como Cristina Almeida, convertida hace unos días en trending topic en Twitter por hordas uruk-hai de la agitación posfascista volcadas a insultarla grave y hasta delictivamente, siguiendo la estela del inefable Toni Cantó. Resplandece todavía más la mala fe de estos manejos cuando se recuerda que aquel día se celebró también una jornada de la liga de fútbol y un congreso de Vox pero se comprueba que la bayonetería reaccionaria no carga contra Javier Tebas, ni contra Santiago Abascal, Javier Ortega-Smith —constatado contagiador— o Bertrand Ndongo, que asistió tanto al congreso ultraderechista como a la manifestación feminista, adonde acudió a increpar a Irene Montero. No se trata, no, no se trata ni mucho menos, de una ponderación imparcial de errores cometidos por unos y por otros en la prevención y el combate contra el virus, ni de una oposición constructivamente crítica, sino de avivar iras populares convenientes para el interés propio, y en este caso concreto, de ensanchar el perímetro de la furia antifeminista que una tenebrosa parte de la sociedad profesaba ya antes de la pandemia, aguijoneada por los avances civilizatorios de las mujeres en lucha.

Cierta porción averiada de la humanidad sigue necesitando señalar, o que le señalen, culpables concretos para los azares cósmicos que desbordan su intelecto

La historia luctuosa del antisemitismo europeo nos enseña que una evolución posible y probable de culpar a un colectivo de propagar bacilos es acabar considerándolo, él mismo, un bacilo en el cuerpo sano de la nación; un agente tóxico del que esté justificada la persecución y, en último término, el exterminio. En los últimos años, hemos visto ya acusar a las feministas de envenenar fuentes; fuentes inmateriales: los colegios en los que gentes de alma abollada braman que se adoctrina a nuestros niños en una nociva ideología de género. Y hemos visto también, a través del libro y la serie El cuento de la criada, lo muy verosímil de un advenimiento neofascista que futuras catástrofes espoleen y haga de la mujer liberada su Otro y su víctima. Así pues, la renovada oleada de odio que el virus excusa ya debe encender todas las alarmas del feminismo y del progresismo en su conjunto. Se avecina una Ofensiva del Tet que va a exigir lo mejor de las mujeres insurgentes y de sus aliados. Y no habrá excusa que valga para no darlo.

Pablo Batalla
Escrito por

Es licenciado en Historia. Ha sido colaborador en medios como La Voz de Asturias o Atlántica XXII y en la actualidad coordina la revista digital El Cuaderno y dirige A Quemarropa, el periódico de la Semana Negra de Gijón. Su último libro es "La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista" (Trea Ensayos).

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