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150 aniversario: ¿Lenin para qué?

El sociólogo y diputado de Más Madrid, Jorge Moruno, reflexiona sobre el legado del revolucionario ruso.

Ficha de la policía zarista de Lenin.

“No copiéis nuestras tácticas, pero considerad las razones por las que asumieron esas características peculiares, las condiciones que las determinaron y sus resultados”

Lenin

Hablar de Lenin es hablar de un personaje normalmente defenestrado, por sus detractores, aunque también por quienes se reclaman como sus seguidores, pero sin el cual no se puede entender el siglo XX europeo. Como suele ocurrir con los grandes personajes del pensamiento y de la historia, sus epígonos nunca logran comprenderlos o extraen lecciones totalmente erróneas a sus propios ojos. Le pasó a Hegel y le pasó a Marx, quien no pudo evitar despreciar a los que malinterpretaban su obra, y espetaba aquello de “he sembrado dragones, pero he cosechado pulgas.” Algo parecido podría decirse de la relación entre Lenin y el llamado “marxismo-leninismo”, una categoría inventada por Stalin que tenía como único objetivo construir la historia a su medida, donde él pudiese autoproclamarse heredero directo de la figura de Lenin. Tras su muerte, Lenin fue endiosado y se llegó incluso a fundar el Instituto de investigación cerebral para canonizarlo, con el único objetivo de usar su figura para intereses espurios. A ese Lenin se le puede tirar a la basura, ahí no hay nada interesante que extraer.

Si con Stalin se consagra el arte de la fontanería como forma de gobierno, Lenin consagra, especialmente entre revoluciones, la audacia política representada en la tensión que enfrentaba al partido y la inteligencia que lo desobedece; curiosamente, y a pesar de lo que él mismo defendía, Lenin contra el partido. Pero entonces, ¿qué sentido puede tener escribir a 150 años de su nacimiento si no es para hacer, en el mejor de los casos, un relato y una contextualización histórica que marcó el siglo pasado? ¿Puede ser algo más que un ejercicio de onanismo identitario insertado en discusiones delirantes? En definitiva, qué sentido puede tener llamar a filas a Lenin en medio de una pandemia global, con efectos todavía desconocidos, que amenaza con cambiarlo todo, aunque desconocemos en qué dirección. Bueno, pues precisamente esa es su misión, ya que nadie como la brújula de Lenin para intentar hacernos una idea sobre lo que supone pensar la política en tiempos convulsos, no para repetir consignas como quien repite salmos de la Biblia, inercia que él mismo despreciaba, sino para extraer lecciones al margen de su vivencia histórica.

¿Qué sentido puede tener llamar a filas a Lenin en medio de una pandemia global, con efectos todavía desconocidos, que amenaza con cambiarlo todo?

Un Lenin contextualizado por Maquiavelo, esto es, rebozado por el materialismo toscano, para usarlo como herramienta de cara a pensar la complejidad cuando el suelo se mueve bajo nuestros pies, especialmente para pensar aquella política que busca subvertir la tendencia dominante. Todos somos maquiavélicos cuando se habla de poder, dado que, ya sea en el pasado o en el presente, “todas las ciudades y todos los pueblos tienen los mismos deseos y humores, y así ha sido siempre.” En el mundo siempre se encuentran los mismos ingredientes y nos vemos motivados por las mismas pasiones porque siempre alberga “la misma cantidad de bondad y maldad.”

Así pues, lo interesante no es lo que hoy se pueda decir sobre Lenin, eso es irrelevante, sino buscar aquello que Lenin pueda decirnos hoy a nosotros, cuando de nuevo la historia se abre de par en par y todo lo considerado como evidente se derrumba. Qué hacer cuando la política se torna netamente constituyente y no una mera cadencia repetitiva de lo ya constituido. Lejos de recuperar a Lenin o de esforzarse por limpiar su buen nombre, hay que verlo como una caja de herramientas para interpretar un momento, el actual, en el que los datos y las evidencias se tornan inservibles porque se limitan a evaluar lo ya sucedido, pero se muestran impotentes para aventurar lo que pueda llegar a venir. Lenin tiene sentido cuando (re)aparece la política y todo se mueve sin que nadie conozca la orientación del movimiento. Sin embargo, Lenin no es el demiurgo que dirige a la historia, al revés, su nombre sirve para explicar una realidad histórica tumultuosa que le excede e incluye. Ahora nos toca a nosotros pensar el presente en medio de la tormenta del Kairós, pero que, tal y como le sucedió al propio Lenin, no tenemos un manual de instrucciones ni tampoco certezas, y solo podemos contar con nuestras intuiciones, la inteligencia, el tesón, la ambición, la prudencia y la valentía. Por lo tanto, si se animan a leerlo les recomiendo que lo hagan en un sentido laico, porque de lo contrario, serán otros, los reaccionarios, quienes lo utilicen en nuestra contra.

Jorge Moruno
Escrito por

Es sociólogo y escritor. Co-fundador de PODEMOS, en la actualidad es diputado de Más Madrid. Colabora habitualmente con varios medios de comunicación.

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