Conecta con nosotras

Opinión

Por un pacto de regeneración, no solo de reconstrucción, para Europa

Para lograr un cambio de rumbo en la UE, no basta con esperar a que los más ricos lancen el dinero sobre los más pobres.

Mural del artista urbano británico Bansky.

Tras el Covid 19, nada será como antes. Ni en España, ni en el mundo. En primer lugar, porque las instituciones internacionales han fallado estrepitosamente. Nada ha funcionado, al menos en un primer momento. El cierre de fronteras para evitar la salida de productos sanitarios ha sido una situación bochornosa que no puede volver a repetirse. Como lo fueron las primeras reacciones de Legarde, Merkel y otros dirigentes europeos. Pese a que la mayoría eran políticos de probada experiencia, sus decisiones fueron de una miopía evidente, hasta el punto que la fragmentación de Europa pareció a muchos que sería uno de los efectos de la epidemia. Si la Unión Europea fue tan torpe ante una emergencia como esta, algo habrá que hacer para que esto no vuelva a ocurrir. Todo podría haber sido muy diferente si Europa no fuese un armatoste de organizaciones profundamente antidemocráticas y controladas por una burocracia sumisa a los intereses de las multinacionales, cuyos cabilderos, que pululan a miles por Bruselas, siempre acaban imponiendo sus intereses sobre los de los ciudadanos. La Europa social de los fundadores ha sido suplantada por la Europa del capital de Maastricht, pero la UE tiene que ser algo más que un mercado.

Firma del Tratado de Maastricht en 1992.

En segundo lugar, nada será como antes, porque la situación de emergencia ha puesto de relieve los desastres provocados por la política económica neoliberal, una ideología empeñada en destruir lo que queda de civilizado en el ser humano. Impuesta al mundo desde los años ochenta del pasado siglo de manera autoritaria, corroyó el estado de bienestar en toda la zona euro. Con la disculpa de la necesidad de hacer reformas estructurales, que fracasaron estrepitosamente, se llevó a cabo una deflación salarial, el consumo descendió, se perdió competitividad, las desigualdades aumentaron, se debilitaron los sistemas de protección social, proliferaron las privatizaciones y las liberalizaciones, se desreguló el mercado laboral y, a través de la deuda, los pueblos del sur fueron reducidos a la servidumbre. Las sociedades, sobre todo las de economía más frágil, se debilitaron.

Campaña del Bloco de Esquerda contra el anterior gobierno conservador.

Con todo, el camino hacia la solidaridad se fue abriendo paso ante la realidad de la catástrofe, demasiado evidente como para negarla. La presión de Conte, Sánchez y Macron, y, todo hay que decirlo, el que Merkel comprendiese que el hundimiento del consumo en los países del sur sería letal para la economía exportadora de Alemania, fueron decisivos para que la UE se pusiese en marcha. Ha sido con estos mimbres con los que se ha empezado a trenzar un plan de reconstrucción del que todos esperan milagros. Pero nada cambiará si, como quieren quienes convirtieron la UE en un instrumento de las políticas antipopulares, las cosas quedan como estaban. Si queremos que Europa se reconstruya, los pactos que se establezcan entre las fuerzas políticas de cada estado deben de comenzar acordando un proyecto de transformación de las numerosas políticas restrictivas europeas que, por el momento, tan solo están suspendidas.

Jóvenes en una protesta sindical francesa. Foto: CGT.

Pero la buena noticia es que la acción destructiva de la pandemia ha abierto muchos ojos y derribado dogmas que parecían indestructibles. La reconstrucción asistida, por fin, ha sido anunciada y cada vez son más los que ven que el futuro debe ser planteado sobre bases diferentes y sostenibles. Europa necesita nuevas políticas públicas para todos, no para unos pocos. Pero la reconstrucción será insuficiente, si no va acompañada de un pacto por la regeneración económica, política y también moral de la Unión Europea. Un pacto encaminado, por un lado, a eliminar las desigualdades entre los estados y, por otro, decidido a democratizar las instituciones comunitarias. Es esta una tarea que debería comenzar con la clausura de todos los caminos y vericuetos que conducen los impuestos de algunos países del sur hacia los paraísos fiscales y en primer lugar los que llevan a Luxemburgo, a Holanda e Irlanda. En esta misma ruta hay que cancelar sin contemplaciones el ramal de la evasión fiscal. Solo el fraude del IVA le cuesta a Europa 150 millones de euros cada año. Cuando los burócratas dicen que no hay dinero para servicios sociales es mentira. Ya sabemos donde hay ricos yacimientos mal explotados. Si los salteadores que se llevan los impuestos son inadmisibles, no menos lo son los cabilderos que con sus trapicheos y corrupciones condicionan las decisiones de burócratas y políticos. Y, puesto que citamos a burócratas y políticos habría que recordar que sus privilegios deberían ser recortados drásticamente. Como las desvergonzadas puertas giratorias. Se trata de una forma de pago por favores que no puede existir, o, al menos, debería ser controlada con más rigor. Respecto a la economía, la austeridad expansiva ha causado demasiado daño social. Europa tiene que pasar esta página negra de su Historia. Su sustitución por una estrategia basada en inversiones y el crecimiento de la demanda no puede demorarse. En este sentido, sería bueno proponer un plan de inversiones públicas que controle las arbitrariedades del mercado y defina las necesidades reales, no las creadas artificialmente. La perversa doctrina de jibarización del Estado “hasta poder ahogarlo en una bañera” no puede continuar. Los Estados tienen la obligación de recuperar el derecho a la planificación democrática para contener el galope desbocado del mercado. Es más, las ayudas corporativas, sobre las que ya se están lanzando los empresarios para condonar sus deudas, deberían convertirse en participaciones en el capital y en la gestión. Y, finalmente, porque la enumeración de los cambios necesarios para la regeneración sería demasiado larga, las políticas sobre gastos, impuestos y déficit tendrán que dirigirse hacia la expansión del estado de bienestar, algo que está fuera de la lógica de los mercados porque consideran que eso no da beneficios. Es un error. Una vida buena, claro que da beneficios y, además, es la gran aportación de Europa a la historia de la Humanidad. El bienestar, por encima de tanto trapo multicolor, debería ser la bandera capaz de unir a todos los europeos. Sobre los egoísmos nacionales, tiene que primar una visión común. Los desafíos con los que la UE tiene que enfrentarse -nuevo acuerdo verde, impuestos, política exterior, migración, salud, seguridad y políticas sociales- son imposibles de abordar individualmente.

Cumbre ibérica. Foto: Moncloa.

El neoliberalismo ha actuado con eficiencia en la destrucción de los lazos sociales, ha provocado el descrédito de los sindicatos, ha propiciado el desprecio por la participación política y ha impregnado a las masas de la ideología de la culpabilidad personal. Paralelamente, al aumentar la pobreza y la desigualdad, ha propiciado un paliativo: las ONG. Estas, con su acción humanitaria, frecuentemente convertida en negocio, como siempre fue la caridad, han proporcionado dosis importantes de pasividad y fatalismo, que han sido las drogas que han matado el virus de la indignación y de su consecuencia: la rebeldía. No son limosnas lo que se necesita, sino el cumplimiento de los Derechos Humanos. Para que las nuevas políticas se hagan realidad, los ciudadanos de Europa tienen que hacer algo. No basta con esperar a que los más ricos lancen el dinero sobre los más pobres sin más. En especial, los trabajadores tendrán que ser de nuevo capaces de indignación, un producto que escasea bastante en esta sociedad de mercado en la que tantas cosas sobran.

Gabriel Santullano
Escrito por

Nació en Oviedo en 1941. Es autor de diversos trabajos sobre la prensa en Asturias, el movimiento obrero, la historia de la minería, la oposición al franquismo y la reacción absolutista de 1823.

Comentarios
Advertisement

Lo más leído

Expropiadores anarquistas: “Los Solidarios” de la Transición

Cultura

Yá puede reservase’l calendariu de topónimos “tuniaos” p’apoyar l’Atención Primaria

Actualidad

Vecinos del Antiguo proponen convertir la nave de Popular Ovetense en sala municipal de exposiciones

Cultura

Suatea acusa a la derecha de atacar la Ley Celaá para defender “los privilegios” de la concertada

Actualidad

Asociación Cultural Nortes de Asturias © 2020 · Centradas en la periferia

Nortes en redes