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Opinión

Feísmo urbanístico y feísmo ideológico: la historia de un match

Otra lectura de clase interpreta el feísmo gallego en clave económica: la emigración, la pobreza del rural y la ética de la reutilización.

Típico ejemplo del llamado "feismo" gallego.

Thomas Bernhard fue un escritor neerlandés al que Viena aceptó como habitante. Inspirado por el expresionismo alemán, el nihilismo existencialista y ciertas muecas al absurdo a lá Ionesco, escribió una obra, Maestros Antiguos (1985), en la que se despacha a gusto con su ciudad de acogida, a la que maldice por feminicida y sucia. Releyéndolo estos días, me hizo pensar en cuántos de los adjetivos que utiliza para Viena podrían trasladarse al territorio gallego, conocido por una tendencia abstracta hacia la construcción inacabada, el ladrillo visto y los esqueletos de emporios soñados que un coitus interruptus (hablamos de construcción) dejó a medio hacer. Escándalo, catástrofe, hedor, espanto, asco… y así un sin fin de calificativos con los que el holandés ataca con saña y furor a su ciudad adoptiva.

Típico paisaje “feista”. Foto: Twitter.

Feísmo urbanístico:

Si acudimos a la RAE, en su única acepción, llamamos feísmo a la «tendencia artística o literaria que valora estéticamente lo feo», y urbano, en su primera acepción, a aquello: «perteneciente o relativo a la ciudad». Pero el feísmo Uurbanístico va más allá. Entendemos por feísmo el caos estético que salpica el paisaje gallego. El término se hizo popular cuando La Voz de Galicia lo adoptó, a finales de la década de los 90, para criticar la gestión paisajística y territorial de la Administración pública. Hoy es un lugar común, que recoge no solo una relación con el paisaje y la mirada, sino toda una manera de habitar. Un censo antiguo cifra en más de 50.000 la cantidad de edificaciones inacabadas que salpican la geografía gallega, pero habría mucho más: construcciones imposibles, atentados al gusto, acabados con materiales traídos del más allá. Y un infinito etcétera.

Foto: Twitter.

Habría otra lectura más de clase que interpreta el feísmo en clave económica: la emigración, la pobreza de las zonas rurales, la ética de la reutilización (que bien entendida podría ser interpretada en clave antidesarrollista), y una metainterpretación tambien basada en Marx, pero en clave más estético-filosófica: la fealdad emana de la opulencia (Marx) y no de la precariedad o la pobreza (Weil). O dicho de otro modo: la podredumbre es podredumbre, y no categoría estética.

Ética de la reutilización. Foto: Twitter.

Pero retomo el hilo Sin ser para nada experto en urbanismo o paisajismo, y menos en verano, cuanfo me dedico más al amarillismo, sea en el cielo, en las lecturas o en las cervezas a orillas del mar, sí que me ha dado por pensar en la relación del PP, dada su condición de partido hegemónico en Galicia, con los atentados al gusto. 

Ermita de Madalena, Pontevedra. Foto: Miguel Álvarez Soaje.

Love story:

Pongamos un caso práctico. Feijóo se mete en Tinder. De incógnito, por aquello de que no estaría muy bien visto un presidente buscando rollo por internet. Swipe left, swipe left… y, de repente, match! ¿Qué puede mover a un presidente sempiterno, sin una ambición política clara o, por lo menos, manifiesta más allá de controlar a su feudo y especular con lo público, así, de esa manera tan gallega de ir facendo, sin mucha ceremonia? La cultura del pelotazo. Match. La afortunada (o afortunado, no demos nada por hecho en política) sería un proyecto de centro comercial en los montes comunales de Tameiga (Pontevedra). Una maniobra para reubicar el campo del Celta de Vigo, urbanizar un terreno jugoso en la ciudad olívica, destrozar una zona de montes comunitarios y de paso construir un nuevo centro comercial. Una plataforma de vecinos en contra, una crisis sanitaria global que nos debería hacer pensar en la importancia de lo local, de las formas de consumo basadas en la cercanía, del fortalecimiento del pequeño comercio… lo que viene siendo el abc de la sostenibilidad, vamos. Pero no. Nuestro recién elegido presidente se enamora de una comunidad de montes vecinales para su próximo proyecto de corrupción urbanística, y se enfrenta de paso al alcalde de Vigo, ese socialista descarriado, egocéntrico, populista y que parece que come tripis antes de cada intervención pública.

Infografía del proyecto para los montes comunales de Tamiega, Pontevedra.

Sigamos. Lo del centro comercial en Mos ocupó un espacio mínimo durante la campaña. Era peccata minuta en relación a otros grandes temas como la crisis sanitaria —fruto de la privatización encubierta de la sanidad—, la crisis económica o los muertos sin derecho a despedia. Pero el escenario post-electoral también da para historias de amor. Quizás más, desamor. Swipe left, swipe left, y de repente MATCH. Feijóo se enamora de una planta de pediatría. En concreto de la del hospital Álvaro Cunqueiro, también en Vigo. Pero ya sabemos que igual que hay flechazos, hay amores no correspondidos. Y en venganza, decide activar sus redes para clausurar dicha planta, sin contar con sindicatos, personal sanitario y sin más apoyos que su desamor. Amores que matan.

Plataforma contra el proyecto de centro comercial en los montes comunales.

Quizá con esto nos estamos yendo un poco del objeto de esta crónica, que era el feísmo, pero ya he dicho que en verano me atrapa lo amarillo, los flechazos y todo lo relacionado con el amor. No solo con el amor carnal. Como buen gallego me azota la nostalgia del pasado, la infancia perdida, me pongo a ver obsesivamente pelis sobre el coming to age. Hablaba un amigo periodista estos días en un análisis sesudo sobre el escenario abierto por los resultados de las eleciones gallegas, que «el PP suministra la nostalgia de un pasado que nunca existió». Suscribo esa frase. El PP nos proporciona a los gallegos una hauntología, una sensación de pasado mítico que puebla nuestro imaginario, igual que las leyendas del mar, la Santa Compaña y las bodas con bandejas de mariscos del tamaño de la Pirámide de Keops.

Alberto Núñez Feijoo en la anterior campaña. Foto: PP de Galicia.

Y Feijóo corporeiza esa sensación. El dueño del oasis gallego, heredero de una maquinaria electoral perfectamente engrasada, que no solo iguala los tiempos gloriosos de Fraga sino que los supera, que gobierna al margen de los hechos, sean cifras de empleo, políticas sociales, cultura o educación, que saca rédito político de los tiempos convulsos (sea el Procés, el auge de la extrema derecha en el resto del Estado, las pandemia globales…). Porque cualquier tiempo pasado fue mejor.

Xaime Fandiño
Escrito por

Quiso ser cocinero pero una cámara se cruzó en el camino. Dire de foto, morroputa, periodista en vacaciones y enamorado del agit-prop

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