Hablar de la prostitución desde la prostitución

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Jara Cosculluela
Jara Cosculluela
Licenciada en Humanidades, experta en género y activista feminista.

El pasado sábado 31 de octubre, dos días antes del anuncio del gobierno asturiano del cierre de las actividades no esenciales, tuvo lugar el espectáculo “Prostitución” en el teatro Jovellanos de Xixón. La cultura offline en la nueva normalidad implica colas, estrictas medidas sanitarias y butacas vacías alternas, pero había ganas -no en vano este era un segundo intento de representación de la obra de Andrés Lima que ya fue pospuesta en abril, confinamiento mediante- ganas que, probablemente, estuvieran detrás del grito que pudimos oír en mitad del primer acto: “en el anfiteatro ni se ve ni se oye”, dirigido a Carmen Machi mientras ésta reproducía el gesto de una felación en el pasillo del teatro (la actriz, diligentemente, se movió para corregir el ángulo de visión y permitir así contemplar la acción concreta).

Nathalie Poza y Carolina Yuste.

De la calle al escenario

Porque, en “Prostitución”, las tres actrices en escena, Carmen Machi, Carolina Yuste y Nathalie Poza y la pianista Laia Vallés, se ponen al servicio del objetivo principal de la pieza, que no es sino llevar la voz de las prostitutas al teatro y para ello utilizan el pasillo de butacas como una pasarela que, por momentos llena de cleenex, simula ser el polígono Marconi de Madrid o cualquier otro lugar en el que buscar clientes. Para ello también son deliberadamente introducidos elementos propios del cabaret -mejor podríamos hablar de revista- que, por ejemplo, llevan a las actrices a interpretar, oscurecer y desmontar hasta el esqueleto una de las canciones insignia de la capital del país: Pichi – aunque no se salva del desmontaje ni Nick Cave o I´m just a Gigoló-.  De ahí también que la dramaturgia, a cargo de Lima que es acompañado de nuevo por Albert Boronat, se sostenga sobre los testimonios directos de prostitutas, obtenidos en un proceso previo de investigación que el Premio Nacional de teatro 2019 acostumbra a hacer, además de sobre un par de textos fundamentales: dos capítulos contundentes de Teoría King Kong, de Virginie Despentes y fragmentos del más reciente La Rebelión de las Putas, de Amelia Tiganus.  De ahí que las tres actrices utilicen técnicas propias del teatro verbatim (del inglés, literal) para reproducir palabra por palabra, acento y tono y gesto incluidos, los relatos de las entrevistadas, manteniendo intacta la honestidad de la premisa que es llevar la voz de las putas desde la calle a la escena. El resultado formalmente ofrece un panorama algo irregular, en el que Yuste sobrevuela muy alto por encima del resto del elenco, conteniendo algunas elecciones escénicas que no acaban de cuajar, como el texto final de Juan Cavestany y la proyección que acompaña, que funciona como un truco clásico de devolución al público de la papeleta. En todo caso, las irregularidades quedan soterradas por el poderoso ejercicio de compromiso estético-político con la realidad que el equipo de “Prostitución”  ha realizado.

La interpretación de Carolina Yuste sobrevuela muy alto por encima del resto del elenco

Arrancando con una visión de dron sobre los datos opacos que disponemos acerca de la prostitución en nuestro país, las actrices nos bajan pronto al terreno: acompañaremos durante casi dos horas a todas las protagonistas y lo que ellas deciden contar sobre un tema que, en palabras de Lima, “normalmente no forma parte del día a día por estar oculto y que, sin embargo, matiza la realidad de nos rodea”. En escena, únicamente: actrices, pianista y un contenedor giratorio que, como metáfora pesada de container de mercancía, alberga en su interior una habitación kitch vista en millones de películas norteamericanas que han ido construyendo el cliché, donde las mujeres realizan los servicios sexuales. Las actrices también utilizan el símbolo de subirse a los tacones, de los que no se apean hasta el final, para indicar el compromiso con aquellas a las que vinieron a dar voz. Definitivamente, Lima no consigue llevarnos “al público de putas” y hacernos “salir prostituidos”, pero sí abre una puerta para que podamos sentarnos cerca de ellas, encendiendo una luz en el lugar oscuro del centro del mundo donde se encuentran, y escuchar todo lo que quieran contar, de la manera en la que ellas quieran.

Un momento de “Prostitución” de Andrés Lima.

Putas y mujeres

Boronat y Lima han reconocido que la elección del tema surge del deseo de ubicarse “en un lugar para mirar el mundo” por su capacidad de atravesar todas las esferas de la vida, públicas y privadas y, sin embargo, estar sometido al silencio y la oscuridad. Dividida en actos, “Prostitución” se sostiene sobre la capacidad de las actrices y del propio texto dramático de sacar a la luz y problematizar el hecho de ser mujeres en el trabajo sexual -aunque incluyen un breve aparte para dar voz a Lukas, un hombre- desde todos los flancos y desde este nivel micro del testimonio que no renuncia a la abstracción de la teoría. Ana María/Poza explica las tarifas: 15 francés y 20 el completo y enseña a Machi y al público entero cómo ejercer en su día a día como prostituta en un polígono y que, como ocurre en muchas ocasiones, combina con otro trabajo de hostelería y mientras piensa en sus hijos. Isabella/Machi, por su parte, introduce el elemento propio de un espectáculo tragicómico de revista al dirigirse al público abriendo su bolso y su vida hasta que llega Lucía/Yuste. La actriz, la más sobresaliente a lo largo de la obra, sube a los tacones de Lucía, estudiante de derecho en el camino de ser subdirectora de inspección laboral (risitas en la sala llegadas a este punto, que revelan verdaderamente la foto fija estereotipada que como sociedad tenemos de las prostitutas) y defiende un honesto alegato por los derechos de las trabajadoras sexuales para dejar de ser ciudadanas de segunda, que no pueden estar dadas de alta en la seguridad social, cotizar, y son las que, justamente, se ven obligadas a mover el dinero negro. Al fin y al cabo, resume, la prostitución se encaja en una ecuación de dinero y tiempo y en un marco en el que, para acabar con ella, “lo primero que tienen que hacer es dar empleos de calidad y dignidad a las personas” que, ahora mismo no existe.

Los textos de Despentes y Tiganus son dispuestos en un espléndido careo gracias al ingente trabajo de Machi y Poza quienes, en realidad, no hablan tanto entre sí sino para el público, consiguiendo que lo que veamos enfrente sean dos mujeres feministas tratando de dar forma y soluciones a una cuestión altamente compleja, con vías de salida muchas veces incompatibles, pero con algunos puntos de intersección en sus hitos vitales. Acto seguido, Machi, Yuste y Poza reproducen conversaciones cotidianas de tres prostitutas en su lugar de ejercicio, interrumpidas por las entradas y salidas sucesivas de cada una de ellas al contenedor/habitación para encontrarse con sus clientes, consiguiendo, con un realismo perturbador y entrañable, permitirnos escuchar qué quieren, qué sienten, qué desean y cómo explican el mundo que les rodea y su situación. Hablan sin tapujos, pero con una humanidad que nos desbarata, de muchos de los tabúes en nuestra sociedad: dinero, enfermedad, poder y deseo no permitido.

Los textos de Despentes y Tiganus son dispuestos en un espléndido careo gracias al ingente trabajo de Machi y Poza

Mención especial en esta estampa a la forma en la que las tres se preguntan si son mujeres antes que putas o al revés. Una de ellas, encarnada por Yuste, explica al resto la hipótesis principal, sin nombrarla, de una relevante obra feminista de finales de los ochenta: El Contrato Sexual de Carol Pateman, hipótesis que vendría a explicar que simbólicamente los hombres firman un pacto que les hace iguales y libres en la esfera pública, pero para ello tienen que ocultar que al mismo tiempo están firmando otro contrato por el cual se reparten a las mujeres, sometidas en la esfera de lo privado, donde no existen los derechos y sí la dominación del pater familias. Es casi un honor poder asistir al intento de las tres actrices, sentadas en cubos-asientos improvisados y entre llamadas de móvil y proyecciones de sexo remunerado, de dar respuesta a tal hipótesis que pareciera que les llevaría de lleno a entrar en el grupo de “las mujeres”, identificando en ese momento que lo inconmensurable que les separa de este submundo de las (buenas) mujeres es el pesado manto del estigma que les acompaña como putas.

La violación fabrica las mejores putas

En la apuesta de teatro-musical-documental encontramos un magistral bofetón escénico, que se sucede en varios pasos y con similar precisión e intensidad, y que tiene que ver con el tratamiento más que pertinente que se hace de la violación. Sorteando el callejón sin salida que es el lugar de “la víctima”, casi todos los personajes, de manera inevitable, pasan por encima o se detienen en los momentos en los que sufrieron agresiones sexuales. La literalidad debida a la técnica elegida como fórmula de fidelidad y compromiso a los textos y testimonios consigue profundizar un realismo que, de tan real, nos empuja al extrañamiento en un lugar sin asideras. Isabella/Machi, después de haber instruido como prostitutas a dos animosas voluntarias del público, retrata el momento en el que fue violada cerrando la conversación con la promesa de que no le volverá a pasar: o sale ella muerta, o salen ellos. Tiganus/Poza explica las violaciones múltiples a las que fue sometida en su pueblo natal como la forma de domesticar su cuerpo para la prostitución, de tal manera que para ella todas las veces que tuvo que practicar sexo en el prostíbulo, no fueron sino violaciones sistemáticas auspiciadas por un Estado/sistema proxeneta.

Es, sin embargo, la combinación del testimonio de Lucía, los fragmentos excepcionalmente escogidos del capítulo Demasiado viciosa para ser violada de Despentes y la poderosa puesta en escena de Yuste, lo que nos coloca en uno de los momentos álgidos de “Prostitución” y, de hecho, en “ese lugar para mirar” que Lima persigue. El cuerpo de Yuste, agitado bajo el peso de la violación grupal que reproduce en el centro de la pasarela, es poderosamente dignificado por ella misma a través del relato de esa misma violación, exactamente al mismo tiempo, y que pertenece a Lucía/Despentes pero, en realidad, acude en la búsqueda de todas las mujeres del público. En la declamación sometida a los auto-embistes, Yuste explica cómo la violación de dos jóvenes amigas que suben a un coche de unos desconocidos se produce porque es en ese momento cuando la virilidad se constituye y puede convertir la agresión sexual en otra cosa, quizá porque ellas tienen pinta de “follar como perras”: “si hubiéramos querido que no nos violaran, habríamos preferido morir, o habríamos conseguido matarlos”, como Isabella ha concluido antes, pero sobrevivir implica que “la cosa no nos disgustaba tanto”. A diferencia de Tiganus, para Despentes, esta vez en brazos de Machi y un esforzado castellano con acento francés, la prostitución también puede ser una “etapa crucial de reconstrucción después de la violación” y, sin embargo, como concluye Yuste en el momento de clímax-bofetón, la violación es fundacional y algo que, al mismo tiempo “desfigura y constituye”.

El equipo de “Prostitución“, con Lima, Yuste, Machi y Poza al frente, han logrado construir un espectáculo que derrocha valentía y una fuerte honestidad para hacer aquello que se habían encomendado, que es hablar de la prostitución desde la prostitución y, aunque en contadas ocasiones la puesta en escena no funcione a la perfección, la obra supone un trabajo más que reseñable y comprometido con el mundo que les rodea y que permite al público aproximarse a “la experiencia de la prostitución”, en palabras del Lima, eso sí, sin poder subirse del todo a sus tacones, pero sí consiguiendo hacernos “correr el riesgo, comprender.”

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