El regreso de la solidaridad obrera

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Héctor González
Héctor González
Es historiador, sindicalista y anarquista.

Cuando el 14 de marzo el gobierno declaró el estado de alarma, muchas de las carencias de las coberturas sociales y del tejido productivo del país quedaron en evidencia: familias sin ingresos que no tenían siquiera para comer, ausencia de material sanitario, falta de mascarillas, etc… En todas partes aparecieron redes de apoyo autogestionadas para hacer frente a la emergencia social. En el caso de Asturies las iniciativas preexistentes de la Corriente Sindical de Izquierdas han cobrado una dimensión y una relevancia de las que habían carecido con anterioridad y que están sirviendo para paliar algunas de las muchas carencias en la clase trabajadora.

El sindicato mantiene un banco de alimentos sustentado en donaciones de secciones sindicales y el trabajo de afiliados en huertas y fincas

Primero fue la comida. El banco de alimentos del sindicato, sustentado con las donaciones económicas de sus secciones sindicales, y la producción de las diferentes fincas y huertas en las que trabajan algunos de sus afiliados, sirvieron para abastecer a más de 600 familias durante el confinamiento anterior, una cifra que se mantiene desde entonces y que el sindicato espera superar dadas las circunstancias actuales. Toneladas de alimentos han sido repartidos desde entonces y sin reparar en esfuerzos. Durante lo más duro del confinamiento varios de sus militantes se desplazaron hasta León para volver de allí con 3.000 kilos de patatas. “Para nosotros la cuestión está clara: no podemos dejar a nadie atrás. La clase trabajadora es solidaria”, afirma Juan Manuel Martínez Morala, coordinador de la recogida de alimentos.

Acto seguido se prestó atención a la sanidad. Y es que la CSI no solo está impulsando las movilizaciones del Hospital de Cabueñes sino es que es el sindicato que, a día de hoy, ha donado más de 25.000 euros en material sanitario al SESPA y ha fabricado más de 50.000 mascarillas y 2.000 pantallas protectoras. Como señala Nacho Fuster, trabajador de Vauste y secretario general del sindicato: “mientras algunas instituciones y sindicatos nos acusan de estar detrás de actos vandálicos y nos señalan como una especie de inadaptados, nosotros estamos en todos los frentes y nos preocupamos por afrontar problemas que otros obvian, tanto en lo sindical como en lo social”.

Afiliada de CSI preparando una caja de mascarillas en los locales del sindicato. Foto: Luis Sevilla.

Una de las personas que más ha trabajado en estas iniciativas ha sido Olga García Rodríguez (Cádavo, Lugo, 1953), coordinadora de fabricación y distribución de mascarillas y pantallas y una mujer que entiende que el mundo y el sindicalismo “se mueven por la solidaridad, que es la base de todo esto”. Su historia es desconocida pero muy significativa. Olga es una mujer que entiende que como parte de la clase trabajadora, su “deber” es apoyar a todas las personas que se encuentran en dificultades. Esta máxima fue la que le llevó a refugiar en su casa a más de 20 trabajadores de Talleres de Moreda durante una de las manifestaciones contra el cierre de la factoría a primeros de los años 80: “bajaba al portal con mis hijos y con las llaves en la mano, cuando pasaban grupos de trabajadores perseguidos por la policía yo les daba las llaves y les indicaba cual era mi casa. Un día que se puso la cosa especialmente dura, metí a más de 20 de golpe, para evitar que los cogieran. Estuvieron todo el día allí, hasta que empezó a anochecer”.

Caja de mascarillas producidas por mujeres del sindicato.

Conoció la CSI a principios de los años 80 y descubrió un espacio en el que era tenida en cuenta a la hora de tomar decisiones en su trabajo, Conservas Litoral, propiedad de la multinacional Nestle, y en el que se practicaba el apoyo mutuo “cuando teníamos que ir a formarnos sindicalmente las compañeras, porque éramos desconocedoras de casi todo, el administrativo del sindicato se encargaba de nuestros hijos, que no podían quedar solos. Así que ahí veías al hombre, entreteniendo a 7 u 8 güajes para que nosotras aprendiéramos a defendernos”.

En abril de 2009 fue despedida junto a dos compañeras por negarse a la prejubilación, aunque tras varios meses de lucha y movilización tuvo que aceptarla: “nos ofrecieron reincorporarnos pero nos advirtieron que en nuestro lugar despedirían a otras tres compañeras”. En aquel conflicto Olga recibió el apoyo incondicional de sus compañeros de sindicato, quienes acudieron a decenas de manifestaciones, pero al final, por evitar otros despidos, aceptó irse a casa cuando aún le quedaban ganas de seguir trabajando.

Con la llegada de la pandemia, volvió a sacar a relucir su comportamiento solidario y aprovechó para devolver las muestras de apoyo que había recibido años atrás. Olga hacía mascarillas en su domicilio para ella y su entorno con unos manteles comprados y gracias al asesoramiento de su sobrina, médica. Una mañana sonó el teléfono: “me llama Morala y me dice que está reunido con Nacho Fuster, que están hablando sobre el tema de la falta de mascarillas, que quieren conformar un equipo con antiguas trabajadoras del textil para elaborarlas en el sindicato y que les gustaría que coordinase todo el proceso”.

Afiliados de CSI entregando material al Servicio de Salud del Principado de Asturias.

Olga y una docena de compañeras se pusieron manos a la obra: contactar con empresas para conseguir materiales adecuados, conseguir patrones de elaboración, encontrar lugares para la esterilización, etc. Una semana después el grupo se había ampliado hasta las 80 personas entre militante y personas afines. Luego llegó el momento de comenzar con las pantallas faciales, vuelta a empezar: “estamos inmensamente orgullosas de lo que hemos hecho, nos dio la vida en un momento muy complicado y aquí seguimos. Ahora mismo tenemos un lote de 5.000 mascarillas nuevas para esterilizar y estamos haciendo pantallas a demanda”.

MASCARILLAS PARA COMISARÍA

La importancia y la trascendencia de esta actividad ha sido tal que ha dado lugar a situaciones curiosas. Otro día volvió a sonar el teléfono, se trataba de Samuel Fernández, ex Secretario General de la CSI, le habían llamado de comisaría ante la falta de mascarillas para ver si podían acercarles algunas. A pesar de los problemas judiciales y los encontronazos que la Corriente mantiene de manera constante con la policía, les enviaron varias cajas: “reflexioné mucho sobre eso, que te venga un jefe de una empresa o la propia policía pidiéndote apoyo… Bueno, eso indica que estaban necesitados y no dárselas me parecía más contradictorio que dárselas, la verdad. No simpatizo con ellos, cuando pueden dan leña y la dan con gusto… pero es de ser bien nacidos ayudar. Allá ellos en su conciencia, nosotros somos solidarios. Nunca dejamos a nadie atrás”.

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