La conquista del Urriellu, una cuestión de clases

Una novela de Rodríguez Cubillas recrea la proeza del pastor que guió al marqués de Villaviciosa a la cima del Picu. La dura y precaria vida en la montaña era su único entrenamiento

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David Artime
David Artime
Periodista y escritor. En 2009, ganó el premio de narrativa en lengua asturiana de la editorial Trabe con la novela "La Bufanda", en la que aborda el mundo de los ultras de fútbol.

Apenas ha pasado la medianoche cuando Gregorio Pérez Demaría se calza las corizas, unos zapatos hechos con piel de vaca o jabalí, y deja atrás su casa de Caín para empezar a caminar. Es el 3 de agosto de 1904. Aún faltan 12 años para que comience la construcción de lo que hoy conocemos como Ruta’l Cares, así que Gregorio tiene que orientarse bajo la luz de la luna por un laberinto de senderos, bosques, sedos y estrechos pasos colgados sobre el vacío, como la traviesa de La Bersolina, alcanzar la Canal de Trea y arribar a la Vega de Ario a la hora convenida.

Ese día, seguidamente y casi sin descanso, acompañará a Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, a las cimas de la Torre de Santa María, primero, y de Peña Santa, la reina del macizo occidental de Picos de Europa, después. Acabarán la jornada en Vega de Ario, para tomarse, ahora sí, un merecido descanso.

Cualquiera que conozca mínimamente la intrincada orografía de la zona es consciente de la hazaña física que supone este trayecto, incluso para montañeros entrenados y experimentados. Y también jóvenes. Gregorio, que pasará a la posterioridad conocido como ‘El Cainejo’, no es ni lo uno ni lo otro. Es un pastor y cazador pobre que cuenta en ese momento con 51 años. “En aquella época con esa edad ya eras viejo”, comenta Isidoro Rodríguez Cubillas.

Este veterano montañero leonés, leyenda viva del alpinismo español, y experto conocedor de Picos de Europa, recrea ahora en una novela (Cainejo, Ediciones Cordillera Cantábrica) la gesta que llevó al Cainejo y al marqués a coronar por primera vez en la historia el Picu Urriellu aquel 5 de agosto de 1904. Una fecha que para muchos marca el nacimiento de la escalada moderna en España.

Autor de un sinfín de guías y trabajos de investigación, entre ellos Naranjo de Bulnes, un siglo de escaladas, y Peña Santa, la perla de los Picos, Cubillas se introduce por primera vez en el mundo de la narrativa para componer este cantar de gesta montañero que relata los cuatro días de aquella expedición. Una épica que va más allá de la propia ascensión concreta al Picu, ya de por sí difícil de creer: Gregorio descalzo, y el marqués en alpargatas, y con una sola cuerda. Ni arneses, ni expreses, ni friends, ni fisureros, ni grigris… Vista desde la perspectiva actual, una auténtica locura.

El Cainejo escaló descalzo y Pidal en alpargatas, solo con una cuerda

“Es que al día siguiente de hacer las dos peñas santas, van desde Ario a Camburero”, insiste el escritor montañero, aludiendo a topónimos que quien ha recorrido el corazón de los Picos de Europa sabe lo que implicaban en aquella época, sin senda del Cares, mapas, ni GPS: más de doce horas de dura caminata por parajes que no dan tregua, para al día siguiente acometer el ataque a la cima.

¿Cómo fue posible? Pues porque Gregorio era cainejo, y un cainejo, a principios del siglo XX solo se podía ganar la vida de dos formas, llendando cabras y cazando. El enclave de Caín, aprisionado entre las murallas de los macizos de El Cornión y Los Urrieles, no da para más. “Estaban muy entrenados. Para ir a vender el queso a Cabrales tenían que subir a Colláu de Cerredo y bajar por la Canal del Texu”, recuerda Cubillas. Una travesía hoy en día solo apta para gente muy entrenada y avezada en montaña.

Los cainejos iban a Cabrales por Bulnes para vender queso

Con una prosa que combina las descripciones paisajísticas evocadoras y el ritmo ágil de la tensión narrativa, las páginas de la novela dan cuenta del atávico vínculo del Cainejo con el entorno en el que se crió: fue su ruda y precaria vida de campesino la que lo convirtió precisamente en un compañero de viaje indispensable para el marqués, un rico aristócrata con tiempo libre para hacer deporte y practicar la escalada en Los Alpes.

Sin embargo, al autor de esta novela histórico-montañera le cuesta asumir el relato de la diferencia de clases sociales, pese al antagonismo de las dos realidades que confluyen en la cordada de Pidal y el Cainejo, el señorito y el campesino. De la misma manera que rechaza que la figura del marqués eclipse a la del pastor (en el epílogo recuerda que el propio noble tuvo que insistir en que se incluyera una mención a Gregorio en el monolito inaugurado en el Pozu de la Oración en 1933), tampoco le convence la narrativa del aristócrata que se aprovechó del esfuerzo y la pericia del humilde pastor. 

Cara norte del Picu Urriellu, por la que realizaron la ascensión.

El mérito fue de ambos

Más que lucha de clases, estaríamos ante una simbiosis. “El mérito fue de ambos”, comenta Cubillas. “Ninguno lo hubiera podido hacer sin el otro. El Cainejo nunca hubiera intentado subir al Urriellu sin la iniciativa del Marqués, pues ese monte ni siquiera pertenece a su zona de Picos de Europa. El marqués tampoco habría podido hacerlo sin contar con el Cainejo. Escalaron la cara norte gracias a la audacia del Cainejo, y sobrevivieron al descenso gracias al marqués”, que había aprendido en los Alpes ciertas técnicas del uso de cuerdas para hacer el rapel, como explica el autor. 

Tampoco le convencen los paralelismos que aluden al Tenzing de Caín, en alusión al sherpa nepalí (Tenzing Norgay) que acompañó a Edmund Hillary a la cima del Chomolungma (Everest) en 1953. “No tiene nada que ver, ni la historia ni el contexto”, recuerda. 

Y la trayectoria de ambos, así lo atestigua. Tenzing ya era guía profesional antes de emprender la aquella aventura, y la conquista del techo del mundo lo consagró como una figura del alpinismo internacional. Nada que ver con el Cainejo, que siguió siendo un pastor el resto de su vida. Corto, por desgracia. Lo mató de una embestida en 1913 uno de los castrones a los que estaba enhuertando, es decir, aislando en zonas de difícil acceso para que no dejaran preñadas a las hembras en épocas de escasez de pastos. 

No había motivación económica

A Gregorio Pérez Demaría, si bien aceptó un buen dinero que el marqués le ofreció cuando se despidieron camino de Sotres, no era el beneficio económico lo que le motivaba. Él vio como gentes importantes de otros países venían a su territorio con la absurda idea de escalar montañas. Corren las postrimerías del siglo XIX. Los Alpes y los Pirineos se llenaban de nobles y burgueses queriendo doblegar cimas, bajo los efluvios románticos y nacionalistas de aquel contexto, y los pastores locales, conocedores del terreno, les servirán de guías. Picos de Europa no iba a ser menos. Hasta allí empezaron a llegar personajes de la alta alcurnia francesa como Aymar d’Arlot, conde de Saint Saud, a quien acompañaba frecuentemente Juan Suárez, pastor de Espinama.

Isidro Rodríguez escalando el Picu.

Formará su equipo aventurero con Paul Labrouche, alpinista acomodado, y con François Bernat-Salles, guía profesional de Pirineos. El 30 de julio de 1892, los tres galos y el lebaniego harán cima por primera vez el Torre Cerredo. Cinco días después, Labrouche y Bernat-Salles (Saint Saud no les acompañó en esta ocasión) coronarán Peña Santa, junto con el valdeonés Vicente Marcos. Dos años antes, el trío francés ya había alcanzado la cima de la Morra de Lechugales, en este caso acompañados por Bernardo González, trabajador de las minas de Ándara.

Anteriormente, en 1853, se produjo la primera ascensión documentada a Torre Salinas, por parte del geólogo e ingeniero gallego Casiano de Prado, acompañado por el geólogo francés Édouard de Verneuil, con la ayuda de un pastor de Portilla de la Reina.

Así pues, era la práctica habitual que aristócratas y burgueses acomodados se sirvieran de la ayuda de pastores y mineros para hollar aquellas cumbres hasta ese momento inexpugnables. Pero estos últimos sí lo hicieron por ganarse un dinero con el que afrontar sus penurias. Sin embargo, en el caso del Cainejo, Cubillas incide en que él sintió también esa curiosidad por aquellos gigantes que le habían rodeado desde el día de su nacimiento, en 1853. Antes de El Picu, ya había subido en solitario Peña Santa y conoció al marqués en otra ascensión al Torre Cerredo. Pidal, que quería evitar a toda costa que los extranjeros también conquistasen la montaña más emblemática de Picos de Europa, el Urriellu, como ya habían hecho con las más altas, se fijó en el de Caín y decidió que era su hombre.

Más de un siglo después de aquella gesta, El Picu cuenta con 86 vías de escalada de diferentes niveles, desde las “fáciles” de la cara sur hasta el noveno grado de la Orbayu, abierta en la cara oeste por la cordada vitoriana de los hermanos Iker y Eneko Pou en 2009, pasando por la Cepeda, en la vertiente oriental, accesible para escaladores con cierta experiencia y poco miedo al abismo. El inconfundible perfil de esta montaña es ya una seña de identidad para los asturianos y una inagotable fuente de recursos turísticos.

La herencia del Cainejo contrasta con su casa, aún en pie en Caín de Arriba, vieja y abandonada, con sus paredes agrietadas cada vez más ocultas por la maleza. Quizá sea esta la metáfora que mejor sintetice la sinopsis de la novela de Cubillas: la grandeza del Urriellu y la humildad del tipo que lo conquistó.

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