Tras los últimos acontecimientos en escenarios como Ceuta y el barrio ovetense de La Florida, y aprovechando que se cumplen diez años de la edición de En mar abierto, la primera novela de Eduardo Romero ―protagonizada, entre otros, por chavales marroquíes que cruzaron solos el Estrecho, siendo aún niños, y acabaron llegando a Oviedo―, publicamos aquí las primeras páginas de esta historia. En la novela, las peripecias de Rachid, de Ahmed y de Simo se entremezclan, en la escalera de un portal que funciona como engranaje de todas ellas, con las de otros migrantes: con la de Lamp, el apacible vendedor ambulante, con la de Jenny y su periplo de trabajos entre hoteles y el cuidado de ancianos, y también con la del asturiano Rafa. Este último decide abandonar su pueblo y la ganadería de la familia, y será precisamente Simo, uno de esos niños solos, quien, unos años después, ya veinteañero, acabe viviendo en un altillo encima de la cuadra para atender a las vacas: para ordeñarlas, alimentarlas y asistirlas ―a ellas y sus terneros― cuando se ponen de parto.
1
La casa estaba, a todas luces, desocupada. Puertas cerradas, maleza en el jardín, macetas conquistadas por las malas hierbas, persianas bajadas y oxidadas. Habían rondado a su alrededor durante varios días para confirmar que no había vida en su interior.
La puerta delantera, demasiado expuesta a la calle, quedaba a la vista de algún vecino curioso y, quizás, entrometido. Así que esperaron a la noche para propinar tres o cuatro patadas a la puerta de atrás. La luz de las farolas de la calle iluminaba levemente algunas de las estancias de la casa. Lo suficiente para comprobar que era habitable. Abajo, un amplio salón con una mesa de madera maciza, grande y alargada, además de la cocina y el baño, sin agua corriente. Arriba, un buen puñado de dormitorios. Más arriba aún, en el techo de una de las habitaciones, una misteriosa trampilla. Demasiado oscuro para abrirla y colarse en su interior.
2
Las furgonetas repletas de comida se estacionan, de madrugada, delante de la puerta del almacén del supermercado, que permanece abierta durante el reparto. Penetran sigilosamente y se dividen para coger la mayor cantidad de comida en el menor tiempo posible: leche, yogures, pan y dulces son el grueso del botín. Un reponedor sorprende, encaramado en una escalera, al más menudo, que avisaal resto con un breve grito. Salta al suelo con una agilidad asombrosa, se escurre entre las manos del empleado y es el primero en alcanzar la puerta. Los demás, como un resorte, han iniciado la huida. Salen justo detrás y se dispersan, a la carrera, en diversas direcciones. Ninguno ha soltado la cena.
3
Ha anochecido. Sobre uno de los bancos de la plaza extienden toda la comida que han podido recopilar. Comienza la cena del primer día de Ramadán. Al otro lado de una valla, se oye ruido de juegos en una pista de fútbol atestada de jóvenes del barrio. Una mujer se acerca, renqueante, al grupo reunido alrededor de la comida. Es una vieja conocida de la calle. Tiene hambre. Pronto le hacen un hueco y se suma al banquete.
4
En el gran salón de la casa abandonada algunos chicos han comenzado a cantar. De no se sabe dónde ha aparecido un pequeño tambor. Todos —también la vieja— siguen su ritmo con palmas o golpeando sobre la mesa. En uno de los armarios del piso superior han encontrado un montón de vestidos, además de sombreros, chaquetas e incluso una peluca. La fiesta es también una fiesta de disfraces.
La música se cuela en la casa de al lado. Los vecinos, que hasta entonces no se habían percatado de la vida que bullía al otro lado de la pared, tratan de encontrar el lugar del que procede la melodía. Se asoman primero a la ventana, convencidos de que viene de la calle, pero esta permanece desierta. Cuando se dan cuenta de que el ruido proviene de la casona, el padre y la madre se acobardan. ¿Quiénes la ocuparán? El hermano mayor, adolescente, se ofrece a aventurarse y, a través del jardín, asomarse a la ventana para ver qué pasa adentro. Su padre le prohíbe tajantemente salir de casa mientras su madre marca el teléfono de la policía.
El rap ha sucedido a las canciones populares marroquíes. Un sillón hace las veces de escenario: a él se suben quienes quieren cantar sus propias letras.
Han apartado la mesa del centro del salón y casi todos los chicos bailan. La vieja, bastante borracha, dormita en el sofá y, de vez en cuando, abre los ojos, mira a su alrededor y ríe. Vuelve a dormirse.
El ruido de las sirenas alerta a los chicos. Suben la persiana —se levanta entre quejidos— y ven, por el amplio ventanal, cómo se acercan dos coches policiales. Los agentes se dividen para entrar por la puerta principal y por la trasera. Irrumpen a la carrera en el gran salón, donde encuentran a una vieja echada en un sofá, durmiendo. Desconcertados, la zarandean hasta que se despierta y la interrogan por los causantes del ruido.
—¿Qué ruido? ¡A la mierda! Ni aquí puedo dormir tranquila —responde ella, alcanzando a uno de los agentes con su aliento a vino.
—Aquí había música hace un momento, la hemos oído —insiste uno de los policías, que sigue sin dar crédito a la escena que se han encontrado. Mientras, los demás se han repartido por la casa y buscan con linternas a los alborotadores.
—No hay nadie —informa uno de ellos.
—¿Lo ves? —añade la vieja—. Ya te lo decía yo: estoy sola, y hasta aquí me perseguís para molestarme. ¿No habíamos quedado en que no podía dormir en la calle? Pues en algún sitio tendré que pasar la noche, aunque vosotros queráis que, simplemente, desaparezca. ¡Dejadme en paz de una vez!
Antes de irse, los policías dan una vuelta por los alrededores de la casa y avisan a los vecinos de que la única sospechosa del concierto nocturno es una anciana acostada en un sofá.
Pasa por lo menos media hora hasta que el primero de los chicos se anima a levantar la trampilla y descolgarse desde el tejado hasta el piso superior. Desde arriba han podido comprobar que los dos coches se han ido, pero prefieren extremar las precauciones. Solo bajan tres. Recorren toda la casa antes de avisar al resto de que ya pueden salir. De vuelta en el salón, ríen mientras recuerdan la velocidad de su estampida hasta colarse por la trampilla, el agujero por el que observaban a los policías volverse locos en su busca, la
insuperable actuación de la vieja para espantarlos. Ella vuelve a dormir. No la despiertan. Por la mañana se lo agradecerán.
5
Ahora que me propongo novelar las peripecias vitales de algunos de estos jóvenes, trato de recordar cómo los conocí. Maldigo mi memoria de pez, que me impide reconstruir mi primer encuentro con Ahmed. Cariñoso, desequilibrado, amable, mentiroso, locuaz, en Ahmed todo es exagerado. Me recrimina recurrentemente ese olvido mío de la primera vez que nos cruzamos por el barrio y él me abordó. Es nítido, sin embargo, el recuerdo de mi primer encuentro con Simo. Caminé hasta aquel parque en busca de Soufiane —tímido y despistado, Soufiane fue el primero de los chicos que conocí— y allí me encontré con un grupo de adolescentes que, junto a los muros de una iglesia, se pasaban una bolsa de plástico para esnifar disolvente. Era una tarde de domingo. Parecía que la gente de ese barrio vivía enclaustrada en sus casas, pues solamente esta pandilla ocupaba el parque. A mi llegada escondieron la bolsa y el bote de disolvente, pero bastó un poco de confianza —yo no era policía ni educador— para que Simo sacara de nuevo la bolsa y empezara a inspirar con fuerza para regocijo de sus iguales, pendientes de mi reacción. A Simo le gusta referirse a aquella escena y yo recuerdo perfectamente su rostro y su cuerpo frente a mí: laenergía que desprendía, sus ojos enrojecidos, su sonrisa mientras reivindicaba el placer del pegamento.
A Rachid, sin embargo, no llegué a conocerlo. Escribiré sobre él sin haberlo visto nunca. Serán las voces de Jibril y Elías —sus dos hermanos—, de sus amigos y de Laura —su novia de entonces— las que me permitan dibujar algunas de las escenas de su vida.
6
La gran casa abandonada, la kharba de la fiesta de disfraces, es ya un lugar controlado por la policía. La ciudad —Oviedo— se va haciendo cada vez más claustrofóbica para este grupito, que nunca logra pasar desapercibido. Entre las fantasías de los chavales siempre sobrevuela la posibilidad de largarse. Este horizonte —el de que los chicos abandonen la ciudad— es curiosamente compartido por maderos y chavales. La forma y el destino de ese éxodo son, sin embargo, opuestos en el imaginario de unos y otros.
El jefe de la Brigada de Extranjería es un burócrata. Desde la Comisaría General de Extranjería y Fronteras le llegan periódicamente órdenes para capturar extranjeros. Se trata de llenar aviones de deportación: le dan una fecha tope, un objetivo numérico y una nacionalidad, y él ordena a la brigada salir a por nigerianos o a por senegaleses o a por colombianos. Al principio enviaba a sus agentes a hacer detenciones a puntos calientes de la ciudad. La estación de tren o la de autobuses eran sus preferidos. Cuando no alcanzaba el objetivo, ampliaba las redadas a otros sitios, como la entrada de la cocina económica, los locutorios, el entorno de la sede de la asociación Asturias Acoge… Últimamente está perfeccionando sus métodos. Para qué hacer identificaciones por la calle, con lo escandalosas que son, pudiendo personalizarlas y acometerlas con discreción. El mando policial revisa los datos del padrón municipal, los cruza con las órdenes de expulsión en curso y envía a sus subordinados a hacer detenciones en los propios domicilios. Se le ocurre una treta para ahorrar aún más trabajo a la brigada. La está empezando a experimentar con éxito. No hace falta ir a buscar indocumentados si vienen directamente al redil: les envía citaciones para que acudan a hacer un trámite de su interés a la oficina de extranjería y allí mismo sus agentes los detienen. El jefe de la Brigada está orgulloso de las mejoras que ha introducido, pero todo esto lo vive como una cuestión de eficacia profesional.
El asunto de los jóvenes marroquíes que, tras su paso por centros de acogida, vagan por la ciudad, se lo toma, sin embargo, como una cuestión más personal. Son —piensa— chusma, carne de cañón, un nido de conflictividad social que hay que erradicar. Así que se le pone entre ceja y ceja el objetivo de deportarlos, directamente o previo paso por la cárcel o el centro de internamiento.
Lo que los chavales imaginan, en la dirección contraria, es una nueva aventura: sortear fronteras hacia el norte, hacia otros países de Europa.



























