Hasta las flores resisten

Lo pensé desde el desaliento y el desánimo, también desde esa sensación de impotencia que me invade con frecuencia.

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Me pasé buena parte del verano regando las plantas y las flores que había ido comprando en mis sucesivos viajes a los viveros de Santoseso y Murias, intentando protegerlas de esa falta obstinada de agua que nos está arrebatando el verde del paisaje y buscando para ellas la sombra que nunca fue necesidad mayor en nuestra geografía del Norte. Me daba gusto ver cómo los capullos de la tarde se abrían generosamente al día siguiente, y cómo el riego de la mañana, o del mediodía, apaciguaba las hojas y los tallos –justamente resentidos por el exceso de calor– de las begonias, de las hortensias o de las dalias. De vuelta a Nueva York, y mientras me sorprendía admirando los maceteros llenos de flores que hay delante de los edificios, y deteniendo la mirada en los espacios acolchados por la vegetación que nos brinda la ciudad, sentí nostalgia del jardín que nunca tuve y un deseo nuevo de plantar árboles en la tierra que mis antepasados trabajaron, esa que se nos metía en las uñas siempre que ayudábamos en casa a recoger las patatas, y que las maestras de entonces, guiadas por un principio de higiene que cuestionaba nuestra relación íntima con la aldea, se empeñaban en que hiciéramos desaparecer de nuestro cuerpo. No sabían bien aquellas maestras –tampoco nosotros– lo pronto que nos íbamos a despojar de la tierra que a ellas les molestaba, y lo rápido que iban a desaparecer de los dedos de nuestros pies las bolas de suciedad que quitábamos con satisfacción con los dedos de nuestras manos. Se abandonó el campo en cuanto se pudo para vivir mejor, y nos faltó tiempo para aceptar que el paisaje que habíamos llevado prendido en la retina, y guardado en el corazón, había cambiado drásticamente. Desaparecieron los cultivos y el ganado, desapareció la gente que atendía la cosecha y los animales, y nos acostumbramos a ver piscinas donde no hacía mucho solo había habido antojanas o güertos. Ya en ese momento el color de la tierra también amenazaba con desaparecer y la vegetación que siempre había suavizado nuestro entorno comenzó a agostarse –aunque fuera junio y estuviéramos en Asturias– como nunca antes se había agostado.

En Nueva York, después de dos meses y medio fuera, me sorprendió el esplendor vegetal con que me encontré. Era obvio que en el Valle del Hudson había llovido lo que no había llovido en Asturias, y que la falta de agua se suplía en las jardineras y en los parques con sistemas de riego que los convierten año tras año en una estampa de tarjeta postal. Me pregunté cómo seguirían las plantas de Grullos y me imaginé la güerta ligeramente reverdecida cuando me dijeron que había estado lloviendo durante varios días seguidos. En Nueva York también llovía, pero más que otra cosa, empezábamos a sentir la necesidad de prolongar las tardes espléndidas del verano que iban llegando a su fin. La ciudad, es inevitable, filtra demasiadas veces los malestares del campo y, si no prestamos atención, que no siempre es fácil hacerlo, nos impide ver las señales de alerta que la naturaleza nos envía; aunque en la ciudad reclamemos insistentemente esa presencia suya que nos permite hacer más amable la convivencia con la contaminación, con el cemento y con los pesares mismos de nuestra humanidad. Fue lo primero que se me pasó por la cabeza cuando, sujeta por un imán en la puerta de la entrada de una de nuestras vecinas, vi la tarjeta de un ramo de flores en la que se podía leer, trenzadas las letras en el dibujo, la siguiente inscripción: “Even the flowers resist”. El rojo intenso de los pétalos, el verde de los tallos y de las hojas, el negro profundo del jarrón y el fondo blanco de la tarjeta eran un delicado recordatorio de la bandera palestina que nos habían prohibido colgar de la puerta –con la excusa de que no se podía hacer uso de los espacios comunes del edificio para expresar opiniones políticas– a principios de mayo. Cuando decidimos no quitarlas, a las cuatro familias que habíamos mostrado este pequeño gesto de solidaridad con Gaza y con los emigrantes de los Estados Unidos nos multaron, y cuando preguntamos por qué una bandera de los Estados Unidos podía ponerse y una de Palestina se tenía que quitar nos dejaron sin respuesta. Hacer esta pregunta en un país rabiosamente nacionalista como los Estados Unidos, en el que se hace un constante exhibicionismo de las insignias patrias, puede sonar a provocación, y reconozco que un poco lo era, pero sentía necesidad de que se verbalizara de alguna forma, por retorcida que esta forma de verbalizarse pudiera ser, la arbitrariedad de un reglamento que, a muy poco que se le dé la vuelta, se convierte en una muestra de apoyo al genocidio y a los abusos de los que son víctimas los emigrantes. Por supuesto, acabamos quitando las banderas y los carteles en los que se condenaban la masacre de Palestina y la brutalidad de ICE y, como ha ocurrido a lo largo de la historia en los regímenes autoritarios, empezamos a hacer uso de los símbolos y de las metáforas.

Hace unos días, la mujer que ahora vive con mi madre me mandó una foto de la hortensia paniculata que había comprado en Murias pocas semanas antes de volver a Nueva York. La había plantado en la huerta de mi padre cerca de una pescal, confiando en que las ramas del árbol la protegieran lo más posible del calor, y le pedí a Amada –que así se llama la mujer– que la regara con cierta regularidad para impedir que se secara. Durante el tiempo que estuve en Grullos, había conseguido que la hortensia prendiera, y cuando ya estaba a punto de irme, la hortensia tenía dos brotes nuevos que no llegaron a formarse totalmente. Lo hicieron a un ritmo mucho más lento del que yo me había imaginado, deteniéndose por semanas en un verde que no acababa de transformarse en blanco, y quiero pensar que exigiendo una cierta calma para llegar a adquirir la grandeza –realmente inverosímil– que estas flores adquieren. Me alegró ver las fotos de la paniculata que Amada me mandó por WhatsApp y, mientras las miraba una y otra vez sin cansarme, saboreando anticipadamente lo hermosa que estará dentro de un año cuando vuelva a Asturias, pensé en todo el cuidado que hay detrás de esta belleza absoluta, pero también en la resistencia extrema a la que los humanos sometemos gratuitamente, tantísimas veces, a la vida misma: a las plantas y a los animales, a los palestinos, a los cubanos, a las mujeres, a los habitantes originales de la Isla Tortuga, este continente agredido al que los conquistadores blancos mal nombraron América, y a todas y todos los desterrados de esta tierra que por no pertenecer a nadie nos pertenece a todos. Lo pensé desde el desaliento y el desánimo, también desde esa sensación de impotencia que me invade con frecuencia, pero consciente a la misma vez de que no hay una ruta alternativa, y de que a pesar de este cansancio que roza la extenuación -–muchísimo más para unos que para otros, lo sé bien– no hay más camino que transitar que el camino mismo de las flores para poder, igual que ellas, seguir resistiendo.

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