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Expropiadores anarquistas: “Los Solidarios” de la Transición

En el 84 aniversario de la muerte de Buenaventura Durruti repasamos la trayectoria de los libertarios que se dedicaron en los años 70 y 80 al atraco de bancos para financiar el movimiento.

Buenaventura Durruti, Fernando Ascaso, Joan García Oliver y Gregorio Jover eran los miembros de un grupo de afinidad anarquista. Proscrito su primer nombre “Los Solidarios” se acabaron llamando “Nosotros”

No fueron muchos pero se dejaron sentir. Durante la Transición diversos grupos de militantes de la izquierda radical recurrieron a la expropiación (aka atracos) para financiar organizaciones y luchas obreras. De entre todos ellos serían los anarquistas quienes jugarían un papel más destacado. Y es que este tipo de acciones se insertaban dentro de una tradición ilegalista que durante este periodo se reivindicaba como continuadora de la estela de grupos como Los Solidarios y de militantes como García Oliver o los malogrados Ascaso, Escartín o Durruti.

Portada del periódico de la CNT dedicado a la muerte de Durruti.

La situación sociopolítica lo requería y casi lo justificaba: con la muerte de Franco se abría un periodo incierto que iba a desembocar en la democracia, debía hacerlo mediante la ruptura y podía concluir con una revolución. Las huelgas, no pocas de ellas salvajes, se extendían por todo el país y el anarquismo, que resurgía cual Ave Fénix en fábricas y barrios, necesitaba unos fondos de los que carecía para alentar huelgas, editar propaganda y financiar sus iniciativas.

Mientras la mayoría se ocupaba de estructurar sus organizaciones para dotarlas de unos ingresos regulares y legales, una pequeña parte ponía sus ojos en los bancos. Se disponía de armas y coches con cierta facilidad, las medidas de seguridad de las sucursales bancarias brillaban por su ausencia, en clara contradicción con la cantidad de dinero que albergaban; y las necesidades económicas de la lucha por la emancipación eran elevadas. Los bancos representaban además la mayor perversión del sistema capitalista, la usura, por lo que la expropiación, un acto recurrente dentro del mundo libertario (y no solo de él), era un acto de justicia que ponía a disposición de la clase trabajadora y de la revolución los recursos del enemigo.

Los expropiadores no gozaron de muy buena prensa en el seno de la CNT

De manera informal se fueron conformando desde principios de los años 70, diferentes grupos de acción (en un número variable pero nunca superior a las pocas decenas) que con pequeñas redes de apoyo, realizaron cientos de expropiaciones a lo largo y ancho de todo el país, sobre todo en el trienio 1977-1979. Pero más allá de los atracos existía también otra gama de acciones que también cultivaron estos y otros grupos (más centrados en la confrontación directa con la patronal): presiones a empresarios, sabotajes, piquetes en conflictos laborales, pequeños atentados contra materiales y, en el caso del País Vasco (donde la situación sociopolítica conducía con mayor facilidad a la violencia), incluso contra personas.

La Federación Ibérica de Grupos Anarquistas (FIGA)

Frente a una FAI rodeada de mística pero devenida en grupos poco operativos, surgió en Madrid una nueva específica (de acción) que suponía la excepción a norma de la informalidad. Muy influenciada por la impronta personal de sus principales impulsores, Alejandro Mata y Agustín Valiente, la FIGA proyectaba hilos que enlazaban con los del anarquismo de acción del primer tercio del S.XX.

Portada de la revista de la FIGA dedicada a Agustín Valiente.

Mata y Valiente fueron los principales exponentes del prototipo de hombre de acción durante la Transición, dada la notoriedad que adquirieron tanto sus nombres como sus acciones. Varias decenas de atracos (la policía llegó a imputarles 21), en los que consiguieron un cuantioso botín (más de 52 millones de pesetas) dedicado íntegramente a sostener huelgas, sindicatos y, si se hace caso de ciertas afirmaciones, a financiar el CNT (periódico de la Confederación); llevan su firma. Además, ambos militantes se habían significado en varias huelgas y habían organizado sindicatos y trabajadores en diferentes puntos del país.

La FIGA llegó a perpetrar 21 atracos y obtener así 52 millones de pesetas

Su caída fue igual de espectacular que sus acciones. El 18 de junio de 1979, tras la realización de dos atracos a cara descubierta, Mata y Valiente eran rodeados en su piso franco, lo que dio lugar a un tiroteo en el que resultaron heridos dos policías y en el que Valiente perdió la vida. Mata fue detenido y enviado a prisión. Dos años después de su puesta en libertad, en 1985, volvería a la cárcel tras una nueva campaña de atracos y acciones, hasta que en la primavera de 1989, gracias a la mediación de la CGT, recuperaba definitivamente la libertad a través de un indulto.

Otros grupos de acción intervinieron directamente en conflictos laborales tratando de amedrentar a la patronal. Tal fue el caso (sobre todo) vasco, donde los Comandos Autónomos Anticapitalistas, además de realizar decenas de acciones para mantener los diferentes focos de autonomía obrera, trataron de asesinar, en 1980, al director de la factoría de Michelín en Vitoria. Por su parte, en los ambientes más sociales, grupos como el de Manuel Martínez se dedicaron a los atracos para apoyar a los presos comunes. Martínez, preso desde la adolescencia, formaría parte de la Coordinadora de Presos en Lucha de la Transición. Tras su puesta en libertad participaría en varios atracos en España y Portugal para “apoyar económicamente a los compañeros que se habían quedado dentro”. Su vida está contada en el libro de Eduardo Romero “Autobiografía de Manuel Martínez”.

Manuel Martínez en la actualidad. Foto: Iván G. Fernández

Al igual que sus predecesores, los expropiadores no gozaron de muy buena prensa en el seno de la CNT. La mayoría de su militancia desaprobaba sus acciones al entender que fuera de la conflictividad laboral, era muy complicado asumir actos violentos. Además, los atracos, el uso de armas y la discrecionalidad de las acciones estos grupos, suponían un serio perjuicio para la organización, que se veía involucrada en asuntos que no emanaban de su seno, de muy difícil justificación y que le reportaban grandes quebraderos de cabeza, tanto internos como frente a la policía y la prensa. La actitud distante, e incluso beligerante, de la Confederación para con este tipo de acciones, dio lugar al reproche de organizaciones como la FIGA, que denunciaban que mientras la CNT santificaba figuras como la de Durruti, abandonaba a su suerte aquellos militantes que continuaban su senda.

Habrían de llegar los años 80 para que de mano de lo que hoy es CGT, los militantes de acción y los expropiadores tuvieran un paraguas bajo el que atecharse al arreciar la represión. Fue en esta década además cuando, paulatinamente, estos grupos comenzaron a entrar en declive, aunque sus ecos se dejaron sentir hasta bien entrados los años 90. El aumento de la seguridad en los bancos, el incremento de los medios policiales y la definitiva desaparición de las perspectivas revolucionarias, se conjugaron para cercenar la capacidad operativa, las perspectivas de éxito y el relevo generacional de los Durrutis de la Transición.

Héctor González
Escrito por

Es historiador, sindicalista y anarquista.

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