“Puedes denunciar la violencia sexual en la realidad y fantasear con ella en la imaginación”

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Sara Combarros
Sara Combarros
Es psicóloga y activista social. Participa en el 8M y en la Asamblea Moza d´Asturies.

Los debates en torno a la sexualidad, las llamadas “guerras del sexo”, llevan décadas ocupando los debates del feminismo en todo el mundo. En los últimos tiempos reaparecen en un clima muy polarizado. La pornografía ha sido una de las grandes protagonistas en estas batallas culturales. El deseo de las demás es cutre, amigas, el mío no, decían ya irónicamente algunas feministas en las jornadas de Santiago de Compostela de 1988 para cuestionar las posiciones que apostaban por la censura de la pornografía. María Rodríguez Suárez (Siero, 1986) fundadora del proyecto Rizoma es sexóloga y doctora en Género y Diversidad, y tiene un largo recorrido trabajando con adolescentes y familias en temas de educación sexual. Autora de una tesis doctoral sobre postpornografía, piensa que censurar la pornografía es una utopía y que el feminismo debe de seguir otras estrategias con respecto a la representación de la sexualidad y del deseo.

¿Podríamos decir que existe una sexualidad feminista? 

Esta pregunta parece fácil, pero no lo es. Podría responderte que sí y que no. Tendríamos que detenernos en qué entendemos como “sexualidad” y como “feminista”, pero no tenemos tiempo para eso. Si pienso en mí misma como ser sexual y en que mi identidad y mi forma de comunicarme eróticamente están influenciadas por valores por los que lucha el feminismo, pienso que la sexualidad puede ser feminista. A ratos, porque mi sexualidad se configura también desde otros muchos sitios que son machistas y patriarcales. El feminismo nos ha dado herramientas para poder repensar nuestras sexualidades y las normas sociales que la configuran, para replantearnos de dónde vienen las cosas que nos parecen deseables y para asumirnos como sujetos con capacidad de agencia sobre nuestras sexualidades.

Otra cosa es que se quiera imponer una forma correcta o “esencialmente feminista” de abordar esta esfera tan compleja, y con tantas aristas, como es la sexualidad humana. Las personas somos diversas y nuestras biografías sexuales son muy distintas. En este sentido, considero que la última tarea que debe asumir el movimiento feminista es establecer normas sobre lo que es más o menos feminista y decirles a otras mujeres lo que tienen que hacer, lo que les tiene que gustar y cómo deben vivir su sexualidad.     

Dice Cristina Garaizabal que el deseo y sus aspectos oscuros, violentos y tenebrosos podrían parecer que chocan con nuestros ideales feministas, pero nos producen un intenso placer. ¿Qué pasa con las fantasías sexuales políticamente poco correctas? ¿Puede gustarnos un sexo donde aparezca violencia, dominación, humillación o donde seamos objeto?

Nuestros deseos, fantasías, gustos o preferencias eróticas están fuertemente influenciados por la sociedad en la que vivimos. La sexualidad no es algo abstracto ni descontextualizado de los entornos culturales en los que se produce y, por tanto, tenemos que ser conscientes de que nuestras sexualidades han sido configuradas a través de un imaginario patriarcal y machista. Recordar esto es importante, porque ser feminista no te exime de que todo este imaginario haya calado en ti.  En realidad, ha calado en todas las personas. La pregunta es: ¿vamos a vivir este hecho desde la culpa y la autocensura o vamos a tratar de ver cómo resignificamos todo esto para ser más felices? Mencionas dos cosas que creo que es importante diferenciar. Por un lado, cuando hablamos de fantasías tenemos que ser conscientes de que nos estamos refiriendo a un terreno que tienen que ver con la imaginación, no con las prácticas. Las fantasías son estímulos que se generan en nuestras cabezas y que nos sirven para excitarnos sexualmente. Son pensamientos placenteros que no queremos llevar a la práctica y, por tanto, no tienen por qué tener ningún condicionante ético. Tu puedes denunciar la violencia sexual en el plano de realidad y fantasear con ella en el plano de la imaginación. Igual que puedes condenar el asesinato y disfrutar de una película de crímenes. En este punto, creo que el feminismo no debe juzgar las fantasías de nadie. Por otro lado, si hablamos de prácticas en compañía de otras personas, aquí si tiene que estar presente la ética del consentimiento. Si dos o más personas quieren llevar a cabo una práctica, se establecen unos límites y todas están de acuerdo, tampoco veo ningún problema. Si me preguntas si se puede ser feminista y sumisa en cama, pues creo que depende de la persona, de sus valores, creencias y vivencias. Todas vivimos de forma distinta la sexualidad. Existen variables diversas, tanto individuales como sociales. Por ejemplo, desde las comunidades en las que se práctica el BDSM se expone que la persona sumisa es la que realmente tiene el poder y el control de la situación. Es ella la marca las prácticas que desea experimentar y los límites que no quiere sobrepasar.

“Lo último que debería hacer el feminismo es decirle a otras mujeres cómo deben vivir su sexualidad”

Virgnie Despentes en Teoría King Kong afirma que el problema que plantea el porno reside en el modo en el que golpea el ángulo muerto de la razón. No podemos decidir qué deseamos. ¿Cuál es la tarea feminista ante esto? ¿Potenciar y liberar el deseo de las mujeres o mantener una actitud de sospecha hacia ellos por patriarcales?

Como bien dices, no decidimos qué deseamos. El deseo se construye de una forma compleja y no es tan fácil modificarlo para que se amolde a nuestro ideario feminista. El deseo es cambiante, pero no se pude forzar este cambio. Por eso, creo que un primer paso puede ser comprender que nuestros deseos e imaginarios eróticos han sido construídos en un entorno cultural machista y no culparnos por ello. Creo que la labor del feminismo aquí no puede ser la de juzgar, sino la de acompañar en las contracciones que todas tenemos. Creo que, a veces, falta mucha empatía. Detectamos rápido las incoherencias de las otras, pero nos cuesta reconocer las propias. Por otro lado, la antropóloga Carole S. Vance decía algo así como que “la lucha contra las opresiones sexuales que sufren las mujeres no debe suponer la represión de su deseo”. El deseo, el placer y el disfrute no deben de ser considerados como algo peligroso para el feminismo, sino todo lo contrario. Censurar y condenar el deseo femenino es algo que ha hecho siempre el sistema patriarcal y tacharnos unas a otras de “poco o malas feministas” por el modo en que vivimos nuestros deseos o nuestras eróticas es totalmente contraproducente.

¿Qué te parece el enfoque prohibicionista en concreto con la pornografía? ¿Es capaz este enfoque de hacerse cargo de la cuestión de los referentes, la orientación del deseo y de el elemento patriarcal que tiene el porno como el resto de dispositivos culturales?

En mi opinión la censura de la pornografía es una utopía… ¿vamos a poder eliminar una de las industrias más rentables del capitalismo contemporáneo? No lo creo. Otra cosa es que forcemos a esta industria a ser más ética e igualitaria, como hacemos en otros sectores. Por otro lado, a nivel de representación, la pornografía ofrece imaginarios y fantasías sexuales a las cuales no tendríamos por qué renunciar. Me sorprende cuando se argumenta que hay que censurar la pornografía por ser machista. El arte, la literatura, el cine, la música, la arquitectura son machistas y lo que se plantea desde el feminismo es transformar y resignificar esta realidad, incluyendo otras historias, narrativas y puntos de vista. ¿Por qué no se puede hacer lo mismo con la pornografía? ¿es la sexualidad algo intrínsecamente patriarcal? Yo creo que no. La reapropiación de nuestros cuerpos, placeres, deseos y vivencias sexuales debe de ser uno de los principales objetivos de la lucha feminista. Antes comentábamos que nuestras sexualidades están marcadas por nuestro contexto… ¿qué pasaría si este contexto nos ofreciera referentes diversos, valores éticos e información variada para que cada cual pudiera decidir cómo vivir su propia sexualidad de una forma satisfactoria?

Vídeo de María Rodríguez para el proyecto Rizoma.

En una entrevista de hace unos meses hablabas de «generación pornonativa» ¿Es la pornografía una escuela para los y las jóvenes? ¿Aprenden las niñas y los niños a partir de una ficción que promueve un reparto desigual de roles, crea expectativas irreales y supedita el placer de la mujer al del hombre?

Tenemos que tener en cuenta que la generación Z es nativa digital. Ha nacido con acceso a internet y, por tanto, a la pornografía. Un estudio publicado este año por la ONG Save de Children establece la media de edad en el inicio de consumo de porno, en el Estado español, en los 12 años. Podríamos preguntarnos entonces qué busca una persona de esta edad (o menor) en el porno. En mis talleres de educación sexual suele salir el tema del porno, que identifican como un canal de información sobre sexualidad. Me cuentan que lo consumen por curiosidad, frente al tabú del sexo, para aprender, tanto de prácticas como de anatomía, o para satisfacer mejor a sus parejas. Ahora podemos pensar en qué anatomías, qué prácticas y qué roles y relaciones de poder privilegia la pornografía hegemónica. Todo esto es muy problemático. Frente a la falta de educación sexual hemos convertido al porno en una escuela que nos dice cómo tener sexo, con quién, con qué partes de cuerpo o para qué. Y claro que los discursos machistas que reproduce el porno afectan a cómo las personas jóvenes entienden su sexualidad o lo que significa ser hombre y mujer y qué roles deben asumir. El porno es una ficción cargada de estereotipos que distorsionan la sexualidad humana. Sin embargo, dejamos que funcione como un agente educador, porque nadie se atreve a hablar del tema. ¿Dejaríamos que la educación vial la hicieran ficciones como Fast & Furious? Claramente no, porque las carreteras de este país serían un caos. Pues eso estamos haciendo con la pornografía. En mi opinión, si las personas jóvenes están viendo porno, debemos facilitar una educación sexual mediática que les ayude a tener una mirada crítica con la información que reciben. Podemos culpar de todo al porno, pero el porno no está hecho para educar, y mientras tanto seguimos sin asumir nuestras responsabilidades. La educación sexual es un derecho, también en la infancia y la adolescencia.  

“Dejamos que el porno funcione como un agente educador, porque nadie se atreve a hablar de educación sexual”

¿Cuál es la realidad de la educación sexual en la educación pública? ¿Existe una educación sexual con una perspectiva de libertad y de placer que vaya más allá de la prevención en salud?

La educación sexual sigue siendo la asignatura pendiente de este país porque, al no estar regulada, no existe un plan para abordarla de manera integral. Ahora mismo, todo depende del criterio del centro. La realidad es que, la mayoría de las veces, la educación sexual de las personas jóvenes se limita a algún taller o charla puntual. Además, las intervenciones comienzan tarde. Normalmente en la ESO, por lo que llegamos tarde a muchas cuestiones. Se suele tener una idea incorrecta de qué es la educación sexual y el interés suele aparecer cuando se intuye que el alumnado está teniendo coitos y siempre desde la perspectiva de la prevención de riesgo: embarazos no deseados, ITS u otras situaciones incomodas o violentas. Así, no se contemplan el resto de ámbitos que abarcan la sexualidad. En mi opinión, la educación sexual no puede partir de una perspectiva donde lo que se pone en el centro son los peligros. Por el contrario, creo que debe asociar la sexualidad con valores positivos como la satisfacción, el placer y el bienestar, la responsabilidad o los buenos tratos.

También es importante tener en cuenta que, hoy en día, lo mediático tiene la hegemonía de la formación y que las redes sociales, las series, las pelis o el porno están continuamente haciendo educación sexual y generando imaginarios cargados de mitos, estereotipos e ideas erróneas. Creo que la educación sexual tiene que estar muy pendiente de todo esto. Por un lado, para poder revisar estos contenidos y facilitar situaciones en las que poder desaprender o, por lo menos, flexibilizar lo ya aprendido. Por otro, porque cuando trabajamos con personas jóvenes es fundamental generar aprendizajes significativos. Si nos acercamos a hablar con ellas y queremos que nos escuchen, lo primero que tenemos que hacer es escuchar primero y comprender cuáles son sus gustos, aficiones, procesos de identificación, referentes… ¡Seguro que también encontramos muchas cosas positivas!

“La educación sexual no puede partir de una perspectiva donde lo que se pone en el centro son los peligros”

Lo ideal sería que la educación sexual empezara en la infancia y que se implicasen las familias, la comunidad educativa y la sociedad en general. El problema es que muchas veces no es una cuestión de falta de ganas o interés, sino de conocimientos y herramientas para enseñar o acompañar en todo esto. Las familias y el profesorado me dicen que no saben muy bien cómo afrontar el tema.

Reforzar la educación sexual en los centros educativos es algo fundamental pero probablemente siga siendo mayor la influencia de los contenidos pornográficos que se encuentran fácilmente por internet. Partiendo de esta realidad ¿el feminismo tendría que trabajar por cambiar el porno? ¿puede crearse un porno más plural, para todos los sujetos y todos sus deseos?

Lo hablamos antes. ¿Se pueden ampliar los imaginarios pornográficos a partir de otras miradas no normativas? Yo creo que sí. Si se puede hacer en otras disciplinas artísticas y culturales también se puede hacer en el terreno de la representación sexual. De hecho, ya existen pequeñas productoras, plataformas o colectivos que lo están haciendo. Por un lado, ofrecen imaginarios en los que se pone en valor la diversidad corporal, sexual, de género o racial y que cuestionan muchos de los estereotipos que impone el modelo sexual dominante y la mirada masculina. Por otro lado, le dan mucha importancia a que el proceso de producción sea ético: qué las actrices y actores participen en el proceso creativo, que deseen realizar las prácticas filmadas y con las otras personas que comparten escena, que el proceso de grabación sea horizontal, que los salarios sean justos… Aquí creo que también hay que hacer un ejercicio de responsabilidad y plantearnos qué consumo de porno hacemos. Es lo mismo que la pregunta sobre si apoyamos al pequeño comercio o compramos en Amazon.

Has iniciado hace unos meses una iniciativa de educación sexual llamada “Rizoma”. ¿Puedes contarnos un poco más sobre este proyecto?

Pues Rizoma es un proyecto de educación sexual que parte de una perspectiva sexológica y feminista y que tiene como objetivo ofrecer recursos para ayudar a vivir las sexualidades de una manera positiva y satisfactoria. Impartimos formación para alumnado de todas las edades, profesorado, familias, personal sanitario u otros agentes educativos. Y lo hacemos tanto en el espacio educativo formal, como no formal. También colaboramos con asociaciones, planes de ocio y tiempo libre u otros grupos informales. Este año, con las medidas y recomendaciones establecidas con el covid-19 hemos tenido que virtualizarnos un poco, adaptando algunos de nuestros talleres al formato online y también hemos participado en distintos proyectos (digitales) de educación sexual.

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