“Delegar las decisiones en expertos plantea muchos límites a la libertad”

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

El que ha escrito Juanma Agulles (Alicante, 1977) es un libro punzante, incómodo por momentos, exagerado en otros y perspicaz casi siempre. Pero mejor eso, mejor la desmesura y la discordia que las miles de páginas que ya se han publicado-y que están por publicar-de insulsos diarios de cuarentena, de sermones rebañegos y regüeldos cien veces mascados del discurso oficial. Mejor y más necesaria la tensión estimulante del pensamiento; mejor la crítica acerada a los consensos y lugares comunes que la crónica cursi y machacona que no hace sino repetir los eslóganes tuiteros y las consignas que vienen de arriba.

En “La plaga de nuestro tiempo” (Editorial Milvus) se recogen un puñado de artículos y reflexiones a vuelapluma que Agulles, sociólogo y ensayista, fue escribiendo entre marzo y el final de este verano pandémico. Hay observaciones agudas, jeremiadas más o menos pertinentes y un pensamiento tal vez desmesurado en ocasiones, pero sin duda sólido y coherente hasta las últimas consecuencias. Agulles, que ganó el III Premio Catarata de Ensayo por su obra “La destrucción de la ciudad”, despliega un oído finísimo que disecciona y les saca el jugo a esos latiguillos cotidianos –bajar la curva, asintomáticas, ha venido para quedarse, los asintomáticos, los irresponsables-que nos dan a probar el sabor amargo de nuestra época.

Otros libros suyos, también urdidos a base de ensayos breves, son “Los límites de la conciencia. Ensayos contra la sociedad tecnológica” o “Piloto automático. Notas sobre el sonambulismo contemporáneo”. Ahí escribe que uno de los rasgos del intelectual contemporáneo ha de ser la intransigencia, “porque a medida que avanza la sociedad tecnológica mayores son los esfuerzos que debe realizar quien quiera gozar de cierta distancia frente a las formas de vida que se nos imponen”. Para bien y para mal, Agulles milita en el bando de los intransigentes.

“¡La libertad se acabó! ¿Os asusta, señores, la tiranía que sufrimos? De poco os asustáis. Veréis cosas mayores”, es la cita que abre el libro, ¿lo peor está aún por venir?

Es una cita de Juan Donoso Cortés,  en el “Discurso sobre la dictadura”, donde dice que entre la dictadura de la navaja y la dictadura del sable, él apostaba por la dictadura del sable. Y es un poco provocador poner esa cita al inicio. Sí pensaba que las cosas iban a ir a peor, aunque saliésemos del confinamiento más duro, por las consecuencias sociales que íbamos a ver.

La otra cita que abre el libro es de Camus: “Aquel que no quiere renunciar a separar lo verdadero de lo falso está en cierto modo condenado a una especie de exilio”

Es una cita de su correspondencia en la que creo que está contenida parte de lo que ha sucedido durante la pandemia. Y me parece que es una crítica insinuada, pero que en alguna entrada se recoge, a las críticas que han tendido a mezclar lo verdadero y lo falso, sobre todo cuando esas críticas a la gestión de la pandemia llegaban a concluir que no existía la pandemia, que es lo que hacen las teorías de la conspiración.

Es importante poder diferenciar lo verdadero de lo falso. Es decir, hasta qué punto estamos en una situación que viene derivada de una forma de vida anterior, y cómo eso deriva en una gestión política de la pandemia. Me parecía importante hacer una crítica social sin negar la evidencia.

“La sociedad acepta voluntariamente la sustitución de la realidad social a través de la realidad virtual”

Hemos estado confinados, pero no en silencio ni aislados del ruido. De hecho, tal vez estuvimos más expuestos que nunca a lo que llamas el “ruido ensordecedor de la servidumbre de masas”

Creo que se evidenció que eso de “quédate en casa”, y otros mensajes cargados de buenas intenciones que decían que era un momento para reflexionar y estar con nosotros mismos, han sido muy difíciles de cumplir. El constante seguimiento mediático de los datos y de la gestión hacía muy difícil sustraerse.

Aprovecho en el libro la conocida cita de Pascal, esa de que “todas las desgracias del ser humano se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación”, para decir que ni siquiera esa forma de pensamiento enclaustrado hemos podido llevar a cabo en la soledad de la contemplación. Era imposible sustraerse al bombardeo mediático.

Las libertades civiles, ¿lo son de veras si en cualquier momento pueden quedar suspendidas?

Esta ha sido una oportunidad para preguntarse por el Estado, que se reserva la prerrogativa de suspender las libertades, y la dependencia que pueda tener del estado de excepción. Ahora estamos en una situación parecida hasta mayo, y no parece que eso haya inquietado mucho a los defensores del orden constitucional, pues este mecanismo va mucho más allá de lo que reconoce incluso su propia legitimidad.

Me parece un momento para repensar el Estado y ese funcionamiento de excepción, que además no ha venido solo de la pandemia. Estaba mucho antes en la Ley Mordaza, por ejemplo, y antes todavía en la Patriot Act en Estados Unidos, tras los atentados de las Torres Gemelas. Entonces ya se había puesto en duda que los regímenes de libertades civiles pudiesen ser compatibles con la gobernanza y la gestión del sistema económico. A veces se necesita mano dura, primero en las periferias del Imperio, pero después también en el interior.

Dices en que no se trata de discutir si estaba “científicamente justificado o no” el confinamiento y las medidas restrictivas, ¿de qué se trata entonces?

He hablado de pensar el Estado, de reflexionar sobre el poder, porque es algo que ha estado en todos mis artículos. Mi pretensión era dejar de lado la justificación científica o no de las restricciones de libertades. No quería ponerla en duda ni entrar en el juego de cuestionar los datos científicos, que ha sido el error de mucha crítica que ha ido más allá de lo razonable.

Me quería centrar en que este es un mecanismo que no solo se ha utilizado ahora, sino que se ha utilizado de otras formas para reducir libertades, y que puede ser una herramienta de aquí en adelante con la justificación de los datos sanitarios o de cualquier otra. En la crisis financiera, por ejemplo, también se propusieron estados excepcionales. Me interesaba esto como mecanismo del Estado más allá de la coyuntura que justificase o no las restricciones.

¿Es lícito someter la vida por el miedo a morir, como dice en el libro que hemos hecho?

No sé si es una elección que se pueda dejar solo en manos de los expertos o de la política profesional. Creo que debería ser parte de un debate mucho más amplio, que no ha tenido lugar y no creo que vaya a tenerlo.

La centralización de poder que requiere un estado de alarma deja la participación siempre para después, para cuando pase la emergencia. Y eso mina las propias bases de la legitimidad, que no se viene poniendo en duda solo ahora, sino que las políticas neoliberales suponen un desmontaje desde dentro de la misma.

“El desarrollo tecnológico no es una fatalidad, parte de una correlación de fuerzas”

Se nos trató como héroes a todos los ciudadanos por quedarnos en casa viendo Netflix y haciendo bizcochos

Héroes desde el sofá…Venía siendo un poco así desde lo que supuso el 15-M y las primaveras árabes, cuando tomó mucho poder de influencia lo que pasaba en las redes sociales y en los medios. Las revoluciones habían cambiado de protagonista, y a partir de ese momento eran las redes sociales: la revolución era tuiteada.

Esa delegación por poderes de la transformación de la sociedad nos induce a una pasividad que con el confinamiento se ha visto claramente con la escenificación diaria del aplauso en los balcones. En el libro lo comparo con el aplauso al piloto al aterrizar el avión, que desahoga una tensión de saberse toralmente dependientes, de saber que si llega a buen término no se debe en casi nada a lo que hayamos podido hacer directamente. Y eso plantea una situación de dependencia que cada vez profunda y de la que ni siquiera nos estamos dando cuenta.

¿Ha sido el confinamiento, de algún modo, un ensayo para el control masivo y digitalizado de la población?

Creo que se han puesto en marcha en muchos ámbitos de la sociedad herramientas y dinámicas que ya estaban bastante bien asentadas. Y con esta situación excepcional se ha encontrado un escenario propicio para asentar aquello que ya estaba presente. No creo tanto que se trate de un plan, como que esta situación de crisis, y cualquier otra que pueda venir, hará que esas herramientas se pongan en práctica masivamente.

Su uso en todos los niveles de la educación se ha visto claramente. Se presuponía que todo el mundo tenía accesibilidad a esas herramientas, y que Internet podía sustituir a las clases: las aulas virtuales en los salones de casa, como se decía.

Eso da cuenta de que se presupone que la sociedad ya está en esa dinámica, que acepta voluntariamente la sustitución de la realidad social a través de la realidad virtual. No sé hasta qué punto puede servir como control externo, pero sí da cuenta de cómo la sociedad tiene asumido que esas herramientas, siempre y en general, son buenas.

Dedica varias páginas a hablar de la digitalización sobrevenida con la pandemia, y dice que es una “ideología” más que una exigencia técnica impuesta por las circunstancias…

Eso es un debate muy largo que tiene que ver con la idea de la neutralidad o no de la tecnología. La tecnología, parece, viene de algún sitio, no se sabe de dónde, o de la genialidad de alguien que inventa algo, y una vez que se implanta en la sociedad ya es muy difícil dar la vuelta atrás. Pero eso históricamente no ha sido así.

El desarrollo tecnológico no es una fatalidad: parte de una sociedad que inventa lo que necesita para un determinado fin, y parte de una correlación de fuerzas sociales. Desde ese punto de vista, atribuirle un carácter de fuerza natural que sobreviene y que tenemos que aceptar dice mucho de una concepción de la sociedad. Parece que solo nos podemos adaptar a las leyes inmutables del desarrollo, del mercado financiero, de la economía…

“Las teorías de la conspiración y los verificadores de datos asumen que no puede haber un debate público”

Habla del “fetiche del dato” y de las famosas “agencias de verificación”, ¿acaso nos hemos vuelto alérgicos al pensamiento complejo y elaborado que vaya más allá de sí o no, de 0 o 1?

En una de las entradas hablo del aplanamiento de la curva, de cuando el dato quiere representar algo pero en realidad lo oculta. En una sociedad que tiene tanta capacidad de producir información lo que necesitamos no es más información, sino la capacidad de separar lo verdadero y lo falso, lo que es coherente con nuestra experiencia directa y lo que no.

Si ese dato aislado llega a una sociedad incapaz de discriminar lo verdadero de lo falso, y no sabe qué hacer con esos datos, aparecen esas agencias como Maldita, que tratan de ejercer un control en esa cacofonía de datos que se confunden con los hechos. Y es que los hechos a nivel social, a diferencia de los físicos o matemáticos, son siempre interpretables, y el ámbito de la interpretación exige un debate público.

Tanto las teorías de la conspiración como los verificadores de datos asumen que ese debate no puede tener lugar, que debe haber alguien externo que dice cuándo un hecho se ha producido o no.

“Corremos el riesgo de creer que el escenario previo a que todo esto sucediese era mejor”

¿Y por qué ese acto reflejo de nos tomamos las recomendaciones de los expertos como ley marcial?

Creo que es una tendencia de largo alcance que ha derivado en ceder cada vez más parcelas de nuestra existencia a una gestión experta, desde fuera, que supuestamente es mejor. Y a veces se comprueba que ha sido peor el remedio que la enfermedad, o que no ha beneficiado en nada. Pero se acostumbra a delegar decisiones en otros, y esa delegación, a todos los niveles, plantea muchos límites a las libertades que se tienen.

¿Veremos un creciente autoritarismo de los gobiernos ante un clima de incertidumbre e inseguridad?

La diferenciación política o partidista entre izquierda y derecha pierde peso a la hora de controlar la inmensidad de los problemas que genera una sociedad industrializada y global como la nuestra. A nivel mundial, los gobiernos de un signo u otro se han ido plegando a esta situación. Es algo que ya se veía poniendo sobre la mesa: hasta qué punto el sistema capitalista es cada vez más consciente de que la democracia quizás sea un lujo que no se puede permitir.

Quizás se podría llegar a un modelo chino, donde se articula un control estatal importante de la vida social y de los individuos con un mercado libre. Este modelo estaba planteado desde hace tiempo, y la tendencia en muchos países ya se está viendo. Y no solo con la llegada de partidos de extrema derecha, sino con la aparición de esas mismas expresiones políticas en la sociedad. Boaventura de Sousa Santos habla de un fascismo social que hace que se mueva todo el espectro político y que se defina en torno a eso la agenda pública y una forma de ver la sociedad.

¿Cree que siguen sirviendo de algo las palabras y el pensamiento en una situación como esta?

Creo que sí, sigue teniendo importancia que se escuchen determinadas voces, hablar y debatir sobre todo lo que está pasando. Tengo la impresión de que este escenario ha supuesto una especie de gran trauma y, como todo gran trauma, corremos el riesgo de caer en la falacia del recuerdo. Es decir, creer que el escenario previo a que todo esto sucediese era mejor, y eso me parece que nos pondría en una situación delicada a la hora de debatir las alternativas.

Poder seguir debatiendo apartados de todo este ruido sobre cómo vivimos y cómo podríamos vivir. Pero, ¿cuándo se van a poder recuperar los espacios para esos debates? Eso me parece que, más allá de las palabras y los libros, requiere de cierta movilización social.

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