“Necesitamos derechos de desconexión, proteger la atención como un bien común y reducir el trabajo”

La escritora cordobesa Remedios Zafra participa en la Escuela Laboralista Anita Sirgo organizada por Comisiones Obreras en Uviéu.

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David Sánchez Piñeiro
David Sánchez Piñeiro
Doctor en Investigaciones Humanísticas por la Universidad de Oviedo/Uviéu. Ha colaborado con medios como La Trivial, Atlántica XXII y El Salto.

Remedios Zafra (Zuheros, Córdoba, 1973) aparece bajo los arcos de piedra del Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo y mientras posa para las fotos se deshace en elogios hacia la Escuela de Verano Laboralista Anita Sirgo de Comisiones Obreras, de la que dice estar “prendada” y envidiosa de que no existan iniciativas similares en su tierra natal. La escritora cordobesa e investigadora del Instituto de Filosofía del CSIC no deja de coleccionar reconocimientos por sus libros, no solo en forma de premios (el Anagrama de Ensayo en 2017 por El entusiasmo, el Premio Internacional de Ensayo Jovellanos en 2022 por El bucle invisible o el Premio Nacional de Ensayo en 2025 por El informe), sino también a través de una comunidad creciente de lectores y lectoras fieles que ya esperan con impaciencia la publicación de su nuevo ensayo, del que adelanta algunas ideas en esta entrevista.

Participas en la escuela de formación de un gran sindicato. En tus libros reflexionas sobre las condiciones de un sector laboral específico, el de las personas que trabajan con las palabras. ¿En qué se parecen y en qué se diferencian los problemas y las demandas de este sector a los de otras profesiones asalariadas? ¿Cuál debería ser el rol del sindicalismo en el mundo del trabajo intelectual?

Creo que el trabajo intelectual comparte con muchos otros sectores asalariados problemas que hoy son comunes: la precarización creciente, la dependencia de infraestructuras tecnológicas que organizan nuestro trabajo y la urgencia de conquistar derechos digitales acordes con esta nueva realidad… Pero el “trabajo con las palabras” presenta, además, una vulnerabilidad específica. Suele ejercerse desde la polivalencia de trabajadores que se ocupan de una gran diversidad de tareas (a menudo acotadas bajo el eufemismo de “autogestión”) teniendo que proteger el tiempo más importante y “menos visible” de su trabajo; me refiero a la concentración, la investigación y la escritura. Son prácticas con una tradición de aislamiento, incluso romantizada y, como efecto, con escasa tradición comunitaria, especialmente en ámbitos culturales y creativos. En la actualidad, además, se han hecho duramente competitivas y están sometidas a concursos permanentes, lo que dificulta el reconocimiento mutuo entre quienes las desempeñan, favoreciendo la rivalidad frente al compañerismo. El papel de la tecnología ha sido crucial además para contribuir a desdibujar aún más los límites entre vida y trabajo desde una agotadora disponibilidad constante. A ello se suma la inutilidad de los horarios convencionales (cuando puedes pasar noches, días o vacaciones trabajando en una investigación o en una obra); así como una transferencia silenciosa de responsabilidades hacia quien trabaja.

La concentración es el corazón del trabajo intelectual y sus tiempos son fáciles de colonizar. Se protege con relativa facilidad aquello que puede medirse; pero cuesta mucho más defender aquello que transcurre en la intimidad no visible y cuyo valor reside en la lentitud y en la profundidad que requiere. De ahí que el sindicalismo tenga hoy un papel fundamental en este ámbito. No solo para mejorar condiciones laborales, sino para reconstruir vínculos colectivos en un sector especialmente fragmentado, y también para defender las condiciones materiales que hacen posible el pensamiento crítico. Si quienes producen conocimiento trabajan desde la precariedad y la dispersión permanente, la pérdida no afecta únicamente a quien trabaja, ni al colectivo, sino que empobrece la capacidad democrática de toda la sociedad.

Elaboras un diagnóstico sombrío de la deriva de las sociedades capitalistas contemporáneas en las que predomina la apariencia frente al sentido, en las que “nos han matado el tiempo” y en las que estamos cada vez más ocupados pero espiritualmente más vacíos. ¿Cómo de (antropológicamente) enraizadas están estas tendencias? ¿Por dónde se puede empezar a revertirlas? ¿Crees que seremos capaces de hacerlo?

No creo que esta aceleración responda a una condición antropológica. Más bien sucede lo contrario. Si observamos otras épocas o atendemos a otras culturas, comprobamos que la subordinación absoluta de la vida al trabajo ha estado ligada a relaciones de dominación y explotación de unos sobre otros, vinculada con la desigualdad y la acumulación de riquezas. Lo singular de nuestro presente es que la velocidad ha terminado ocupando el lugar que antes atribuíamos a la profundidad. Los ritmos del trabajo han colonizado los de la existencia cotidiana y la tecnología ha facilitado esa continuidad hasta hacer casi indistinguibles los tiempos de producción y los tiempos de vida fundidos en nuestras casas y espacios conectados (que son ya todos los espacios).

“Los ritmos del trabajo han colonizado los de la existencia cotidiana y la tecnología ha facilitado esa continuidad”

Empezar por una llamada individual a gestionar mejor nuestro tiempo no me parece útil, pues este es un problema comunitario que se hace estructural. Necesitamos derechos efectivos de desconexión, una regulación capaz de proteger la atención como un bien común y una reducción del trabajo que no se mida únicamente en horas, sino sensible a la diversidad de prácticas que realizamos y que precisan hacerse bien y con sentido. El problema es que existe un profundo desajuste entre la velocidad con la que las tecnologías transforman nuestras formas de vivir y la lentitud con la que las instituciones consiguen responder. En ese intervalo se juega buena parte de nuestro futuro, porque es ahí donde se normalizan hábitos y dependencias que después resultan muy difíciles de revertir. Pero tiene que ser posible intervenir estás dinámicas y escuelas como esta reflexionan también sobre ello.

Remedios Zafra. Foto: Pablo Lorenzana.

Tu último libro, El informe, galardonado con el Premio Nacional de Ensayo, estaba dedicado a analizar lo que llamas la “servidumbre burocrática”. ¿En qué consiste y por qué es tan dañina para los procesos creativos? ¿La inteligencia artificial nos puede ayudar a reducir la burocracia o la complicará todavía más?

Cuando hablo de “servidumbre burocrática” no me refiero simplemente al exceso de trámites, sino a un desplazamiento del sentido del trabajo, a un riesgo de neutralización de los tiempos de trabajo con valor y sentido apagados por las tareas administrativas y burocráticas. Cada vez más personas dedicadas a crear, investigar, enseñar o cuidar comprueban que aquello que da valor a su profesión queda progresivamente subordinado a la necesidad de justificarla mediante procedimientos y justificaciones que fagocitan tiempo y energía. No es solo una cuestión de tiempo perdido. Es una transformación más profunda en tanto el trabajo empieza a organizarse alrededor de aquello que puede registrarse, cuantificarse y evaluarse, mientras la reflexión, la imaginación o la investigación (que requieren lentitud y cuya productividad nunca es inmediata) pasan a ocupar un lugar secundario.

“La IA puede y debe ayudarnos, pero de momento no lo está haciendo”

La inteligencia artificial podría contribuir de manera extraordinaria a invertir esa tendencia si asumiera las tareas más repetitivas y burocráticas. Sin embargo, la impresión que tengo es que estamos recorriendo el camino contrario. La IA puede y debe ayudarnos, pero de momento no lo está haciendo. Muy al contrario, ha contribuido a amplificar tareas tecnológicas y a sumar la autogestión digital de la vida convertida también en un nuevo trabajo. Me parece triste que haya resultado más sencillo (y prioritario) desarrollar tecnologías que intervienen en la escritura, la ilustración o la creación de imágenes que aplicarlas allí donde realmente podrían liberar tiempo para pensar y librarnos del trabajo tedioso. No es un problema tecnológico, sino político y económico. Me resulta clave preguntarnos ¿qué trabajo queremos proteger y qué trabajo necesitamos delegar?

Creo que existe un malestar generalizado en torno al uso de las redes sociales; casi todo el mundo reconoce que tienen una adicción, pero casi nadie es capaz de desengancharse y reducir su uso. ¿Cómo es la relación personal de Remedios Zafra con las redes? ¿Hay alguna manera de compatibilizar su uso cotidiano con el mantenimiento de la capacidad de concentración?

Mi relación también es compleja y está muy tensionada. Las uso exclusivamente como panel de noticias para informar sobre conferencias o convocatorias y desde que entré en ellas como campo de observación etnográfica para algunos trabajos de investigación. Sin embargo, sería feliz si no existieran. Me parece que el mundo no es mejor con las redes. Pese a los usos que puntualmente nos han permitido instrumentalizarlas para ayudarnos y para rebelarnos frente a formas opresivas, prima un dominio orientado a la adicción y al control de los oligopolios tecnológicos, no solo de datos e intimidad, sino de creación de estructura de socialización, de poder sobre nuestras decisiones y futuro. Así, creo que los beneficios que solemos atribuirles han quedado ampliamente desbordados por un modelo cuyo negocio depende de capturar atención, generar dependencia y convertir nuestros comportamientos en datos.

Remedios Zafra. Foto: Pablo Lorenzana

Compatibilizar redes y concentración es complicado, pues operan como un parque de atracciones donde siempre es de día, donde el morbo renta y constantemente pasan cosas. Es un sistema perverso para manejar la atención y creo que no solo exigiría recuperar una relación instrumental con ellas, dejar de habitarlas como si fueran el espacio natural de la conversación pública y preservar ámbitos de la vida que permanezcan al margen de esa lógica de interrupción permanente. Pienso que siendo un problema colectivo necesitamos también regulaciones y soluciones colectivas.

La hiperestimulación permanente también genera un rechazo cuasi fisiológico al aburrimiento. ¿Consideras que una cierta dosis de aburrimiento y de pasar el tiempo sin hacer nada es un factor esencial para la creatividad?

Absolutamente esencial. Hace tiempo escribí en El País un texto de elogio a “la nada”, que a menudo me pongo como fondo de pantalla. Era sobre la importancia del vacío donde no hay objetivo y planificación, sino juego, deriva, paseo, mirada, o simplemente nada, un cuerpo tumbado con la mirada perdida.

El papel del aburrimiento en las democracias modernas es necesario, pero en la práctica está saboteado o relacionado con emociones negativas. Hemos aceptado que los tiempos tienen que ser productivos y que una actividad se concatene a otra como una vida en modo horror vacui, cuando llegar de una cosa a otra requiere cuando menos un tránsito, un vacío, un pensar, un extrañarnos, un desvío. Estas mínimas formas de “no hacer” y las que vinculamos a aburrirnos u holgazanear son fundamentales para evitar la reiteración conservadora de lo preconcebido, de “lo siempre igual”. Porque cualquier mínima aportación innovadora, creativa, o posicionamiento libre sobre lo que hacemos precisan de esos vacíos como nosotros necesitamos el aire.

La escritora Remedios Zafra. Foto: Pablo Lorenzana.

Una sociedad orientada casi exclusivamente al rendimiento termina sospechando de cualquier experiencia que no produzca un resultado visible. Sin embargo, buena parte de nuestra vida interior se construye precisamente en esos vacíos o tránsitos aparentemente improductivos. Insisto en que la creatividad necesita espacios donde todavía sea posible demorarse, pasear, observar, jugar, dejar que una idea encuentre lentamente a otra idea. Incluso el aburrimiento puede convertirse en una forma de resistencia cuando interrumpe la obligación de estar permanentemente ocupados. Considero que tendríamos que dejar de pensar en él como una carencia para entenderlo como una condición que hace posible el pensamiento, porque imaginar también exige tiempos en los que parece que nada está ocurriendo.

Ya has terminado tu próximo libro, que se publicará próximamente. En él haces un repaso de la evolución de internet en los últimos 30 años, para intentar averiguar cómo hemos llegado a la situación actual. ¿Qué conclusiones puedes compartir de esa investigación? ¿Otro internet es posible?

El libro quiere ser una defensa de otras formas de vivir con y a pesar de las pantallas. Hay distintos asuntos sobre las derivas y miedos del presente que atraviesan la narración, pero construidas desde la identificación de cuestiones materiales sobre las que me parecía importante observar. Como la apuesta de la industria para que cada humano tenga un smartphone y no ya un ordenador personal. Creo que el tipo de identidad y de vida que activa uno y otro es muy diferente y cabe pensar que el enganche tecnológico actual viene de llevar un dispositivo conectado como apéndice. No es una diferencia meramente técnica. Cada dispositivo favorece una determinada forma de presencia, una manera distinta de relacionarnos con el tiempo. El hecho de llevar una conexión permanente adherida al cuerpo ha normalizado una disponibilidad continua que ha cambiado nuestra experiencia cotidiana mucho más de lo que solemos reconocer.

El libro también recupera la memoria de aquella otra internet que muchos imaginábamos antes de que unas pocas corporaciones concentraran la arquitectura de la vida social digital. Volver sobre ese momento no responde a una nostalgia tecnológica, sino al deseo de rescatar las expectativas democráticas que impulsaron la red. Esas que dibujaban una mayor autonomía, una inteligencia distribuida y formas de cooperación menos jerárquicas. Me interesa especialmente observar cómo muchas de las preguntas que entonces no supimos formular reaparecen hoy con la inteligencia artificial. De cómo decidamos gobernar estas tecnologías dependerá que amplíen nuestras capacidades y consoliden nuevas formas de construcción libre y creativa o más bien de aumento de la dependencia y la docilidad. Y sí, otra internet es posible.

Has revelado que el libro llevará por subtítulo”desespectacularizar la vida”. ¿Cuáles serían esas otras dimensiones valiosas de nuestra vida individual y social que actualmente están opacadas por el imperio del espectáculo y que tú nos propones rescatar?

Es un subtítulo todavía provisional, aunque resume bien una de las preguntas que atraviesan el ensayo. Vivimos en una cultura donde el valor de las cosas tiende a confundirse con su visibilidad. La lógica del espectáculo ha terminado instalándose en espacios donde antes predominaban otros criterios y valores, hasta el punto de que los grandes números, la exposición permanente o la capacidad de atraer atención funcionan con frecuencia como sustitutos del juicio, del conocimiento, de la ética o de la experiencia. Reivindico estos valores que cambian la deriva mecanizadora (o deshumanizadora) de las personas. Desespectacularizar la vida supone recuperar formas de existencia que difícilmente encuentran recompensa en ese régimen de visibilidad donde todo viene mediado por pantallas. Me refiero al paseo, la lectura atenta, la conversación sin audiencia, el trabajo silencioso, los vínculos que no necesitan exhibirse, el cuidado o el pensamiento que madura sin la presión de producir una opinión inmediata. En el fondo, se trata de resistir una cultura que privilegia el parecer sobre el ser (o sobre la complejidad del ser) y la reacción sobre la comprensión, para devolver centralidad a aquello que nos hace más autónomos, más reflexivos y también más capaces de convivir y crear lazos con los demás.

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