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Opinión

Contra el republicanismo de derechas: un panfleto anti-identitario.

El republicanismo del siglo XXI deberá construir una gran alianza por el ‘Green New Deal’ y la fraternidad plurinacional.

Proclamación de la Segunda República en Barcelona. Foto: Archivo Histórico de Barcelona.

El 12 de octubre de 2020 se publicaba una encuesta sobre la salud de la monarquía española financiada a través de un crowdfunding, e impulsada por medios independientes como Público, El Salto, CTXT, Píkara, La Marea, Nortes o Crític. La principal pregunta del sondeo, “¿En caso de referéndum sobre Monarquía o República usted que votaría?” daba una ajustada mayoría a la opción republicana, un 40,9% frente a un 34,9% monárquico y un significativo 13% de abstencionistas. Otros datos interesantes de la encuesta eran la mayoría republicana en Catalunya y el País Vasco, entre las personas jóvenes y entre los votantes del PSOE y de Unidas Podemos.

Más allá de los resultados, lo más destacado era que alguien se atreviera a preguntar por esas cuestión cuando llevábamos ya cinco años sin que el CIS preguntara sobre la forma del Estado. No es casualidad que lo dejara de hacer en el peor momento de la Casa Real desde 1977. En abril de 2014 la confianza que tenía la ciudadanía en la Monarquía era de un 3,7. En la última consulta que se hizo en abril del año siguiente, después de la abdicación de Juan Carlos I y el inicio del reinado del rey “más preparado” de la historia de España, la nota no era mucho mejor: un 4,3.

En abril de 2014, la confianza que tenía la ciudadanía en la monarquía era de un 3,7

La encuesta venía precedida de un verano en el que el Rey Emérito se había dado a la fuga después de sus innumerables escándalos económicos, de una gira más bien pobre de Felipe VI por las diferentes comunidades autónomas, y que le llevaría a recibir incluso silbidos en Extremadura. La Monarquía española ha seguido este curso en el ojo del huracán con los gritos de “¡Viva el Rey!” por parte de los jueces del Consejo General del Poder Judicial o la carta de 73 mandos del ejército mostrando su apoyo al Rey frente al gobierno “social-comunista y sus socios independentistas.

En este ambiente de deslegitimación, de polarización política en torno a la figura del Rey, y como recuerda Maria Corrales, de debilidad del Régimen del 78, se está produciendo un lento retorno al espacio público de la cuestión republicana. Algunas voces leídas y escuchadas entre las izquierdas han escrito, discutido y planteado algunas ideas al respecto. Diego Díaz exponía algunas hipótesis en relación al nuevo republicanismo en un artículo en La U. Pablo Iglesias ha planteado que sin la corona se podría encarrilar mejor la crisis territorial con Catalunya. También Gabriel Rufián e Íñigo Errejón han discutido la necesidad y la estrategia republicana en una presentación reciente. Xavier Domènech afirmaba la necesidad de que “una estrategia republicana conjunta”, y Jon Iñarritu pedía en el congreso un referéndum sobre monarquía o república.

Este artículo pretende ser una aportación más al debate. Concretamente vamos a cuestionar una posición muy extendida: la necesidad de un republicanismo de derechas como elemento imprescindible para la construcción de una nueva República en España.

Republicanos de derechas ayer y hoy

Cabe recordar que las dos repúblicas españolas llegaron más por deméritos de la Monarquía que por la potencia del propio republicanismo. El Sexenio democrático arranca en 1868 con la Revolución Gloriosa, más antiborbónica que antimonárquica, le siguen la marcha al exilio de Isabel II y el fallido reinado de Amadeo de Saboya, cuya abdicación traería casi sin previsión la I República. 

Con respecto al segundo intento republicano de nuestra historia, Valle-Inclán lo resumió en que los españoles habían echado a Alfonso XIII más por ladrón más que por Borbón. A veces la historia sucede sin mucha preparación, y esta parece haber sido la suerte del republicanismo en España. Aun así, hubo algunos movimientos previos que merece la pena reseñar.

La Segunda República encarnó la posibilidad de reforma de la estructura del Estado en su conjunto. La monarquía española representaba el caciquismo, el militarismo, la oligarquía terrateniente, y el poder ideológico de la Iglesia católica. La crítica al centralismo iba también inseparablemente ligada a la crítica de la Monarquía. O, dicho con otras palabras, al contrario que en otros países europeos en los que la monarquía se había abierto al reconocimiento de la plurinacionalidad, en España no se podía ser federal sin ser republicano. Un mínimo acercamiento al momento constituyente de la II República muestra cómo las reivindicaciones autonómicas de Catalunya y, en menor medida, del País Vasco y Galicia, contribuyeron a minar el régimen de la Restauración.

Si la crítica a la monarquía de Alfonso XIII era integral, el proyecto transformador debía encontrar asimismo un horizonte común que sintetizara esa enmienda a la totalidad. Llegaría con el Pacto de San Sebastián, de agosto de 1930, impulsado por republicanos españoles, catalanistas y galleguistas, a los que algo más tarde se unirían el PSOE y la UGT. En torno a ese gran pacto interclasista y plurinacional lograron encontrarse actores tan diversos como los separatistas de Estat Català y los radicales de Alejandro Lerroux, conocido por sus posiciones españolistas y anticatalanistas.

Detengámonos en el caso catalán para entender la potencia de la reivindicación republicana en este territorio. Durante la dictadura de Primo de Rivera en Cataluña, a diferencia del resto de España, los liberales catalanistas se hicieron republicanos y los republicanos se hicieron catalanistas. Esto se entiende por un motivo muy concreto: el régimen había perseguido no sólo a republicanos y catalanistas, sino casi cualquier signo de catalanidad, desde la lengua catalana al baile de la sardana. Llegados a las elecciones de abril de 1931, la derecha catalanista, temiendo un escenario revolucionario con el triunfo de las candidaturas de republicanos y socialistas, se aliaría con la Monarquía borbónica confiando en que España así podría volver al sistema liberal constitucional de la Restauración que otorgaba un mínimo autogobierno a Catalunya. Fue esa contradicción de la derecha catalanista con sus intereses de clase la que posibilitó que las izquierdas republicanas y catalanistas tomaran el liderazgo del movimiento nacional catalán y conquistaran para Catalunya su primer estatuto de autonomía.

Hay otra experiencia interesante que demasiadas veces se olvida, el blasquismo en Valencia: un movimiento abiertamente anticlerical y con fuerte implantación en las clases populares, que perdió su amplia base social cuando giró a la derecha y dejó de dar respuesta a las demandas populares. La trayectoria de Vicent Marco Miranda, alcalde de Valencia, es paradigmática en ese sentido. Descontento con el giro conservador del Partido de Unión Republicana Autonomista y sus aliados del Partido Radical, fundó Esquerra Valenciana, que en 1936 se integró en la exitosa candidatura del Frente Popular valenciano contribuyendo así a valencianizar el discurso de las izquierdas.

Como dice Xavier Domènech en una entrevista reciente, en España “surgió un republicanismo de derechas, pero hacia el final, es decir, cuando ya había descomposición del sistema”. En la experiencia de la Segunda República vemos como lo decisivo para el 14 de abril de 1931 no fue la existencia de una tradición republica de derechas. Al contrario fue la fuerza del movimiento republicano hegemonizado por las izquierdas lo que condujo a algunos monárquicos liberales y conservadores a pasarse a las filas republicanas entre 1930 y 1931. Tal sería el caso de Niceto Alcalá Zamora y Miguel Maura. Es decir, el republicanismo ensanchaba su base social a medida que el movimiento era más fuerte y lograba más adhesiones a su proyecto de refundación del Estado.

El republicanismo logró triunfar el 14 de abril gracias al desprestigio de la Monarquía y a la identificación de la República con un nuevo proyecto de país que pretendía resolver las grandes problemáticas o nudos del momento: la cuestión social, la cuestión religiosa, la cuestión territorial y la cuestión militar. Salvando las distancias, podríamos decir que el republicanismo propuso en 1931 un gran pacto social de reconstrucción del Estado similar al New Deal en los EEUU de Roosevelt o el espíritu del 45 en la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial. De hecho, es interesante recordar que después de la Segunda Guerra Mundial la mayoría de gobiernos europeos que hicieron reformas redistributivas fueron democristianos y no socialdemócratas. Las razones de que tanto conservadores como progresistas aplicasen políticas keynesianas después de 1945 resulta inseparable de la fuerza y el prestigio del movimiento obrero en ese momento, capaz de condicionar tanto a gobiernos de uno como otro signo político.  

Por un republicanismo anti-identitario

Si volvemos al presente y al porvenir, tiene razón Diego Díaz cuando escribe que “un republicanismo que realmente quiera ser de masas debe esforzarse en hablar un lenguaje comprensible para amplios y heterogéneos públicos”. Además, como decía Manuel Delgado, “no tiene interés que yo sea republicano o no, lo que sí que tengo claro es lo que representa la monarquía en España, y nada más”. Es evidente que con el discurso del Rey el 3 de octubre de 2017 es imposible construir un modelo territorial que reconozca la soberanía de las distintas naciones “periféricas”. Al fin y al cabo, ya decía Pi Margall que “una república centralista no sería otra cosa que una monarquía con gorro frigio”. 

Tenemos pocas dudas de que solo será un republicanismo plural, que apueste por construir alianzas amplias en torno al Green New Deal el que pueda avanzar hacia un horizonte de esperanza que identifique la República con ideas como la igualdad social, la democracia y la fraternidad plurinacional. Sin embargo, esa pluralidad se irá construyendo en el camino, sobre la marcha. No es una condición previa. Su diversidad irá creciendo a medida que el movimiento adquiera fuerza e influencia en la opinión pública. Será entonces cuando elementos hoy monárquicos puedan ir girando hacia un republicanismo conservador o moderado, pero que no tenga más remedio que asumir algunas de las ideas que por ahora son patrimonio de las izquierdas.

La edificación de este movimiento republicano debe ir mucho mucho más allá del politicismo imperante. Debe construir un campo social y cultural a base de espacios de encuentro, clubes de discusión, grupos de lectura, cursos de formación, podcasts de difusión, revistas, proyectos de memoria, plataformas artísticas y foros de debate que permitan enmarcar y producir debates fundamentales de nuestro tiempo: ¿Qué modelo económico queremos para la post-pandemia? ¿Cómo hacemos la transición ecológica de un modo justo? ¿Cómo abordamos la crisis de la vivienda? ¿Qué tipo de construcción nacional queremos y qué relaciones en el seno de la UE?

Finalmente, si las izquierdas quieren tener un proyecto político orgánico que trascienda los diferentes partidos, liderazgos personales e incluso pueda vivir y retroalimentarse en las distintas realidades nacionales de la península, este solo podrá ser dentro de larga y fértil tradición de un republicanismo que pese a sus muchos desfallecimientos siempre vuelve a resurgir, una y otra vez en nuestra historia, como un viejo topo ibérico.

Roc Solá y Xavi Granell

Roc Solà Gonzàlez Historiador doctorando. Co-impulsor del colectivo Debats pel Demà y la revista La Trivial. Miembro del consejo redactor del Institut Sobiranies. Xavi Granell Oteiza Doctorando en sociología. Miembro del colectivo Agon. Qüestions Polítiques y Debats pel Demà.

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