El horror y la vida

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

Mauthausen: la voz de mi abuelo 

Autoría y dirección: Pilar G. Almansa

Intérprete: Inma González

Centro Niemeyer

Avilés, 16 de enero de 2021

A los españoles nos resulta fácil entender la II Guerra Mundial como la prolongación de la Guerra Civil en un escenario más grande. A poco que se escarbe en la contienda internacional nuestra presencia se hace significativa en todos los frentes, bien como pro-nazis a través de la División Azul, como combatientes en la Resistencia francesa o formando parte de los ejércitos aliados o, lo que es más doloroso, como víctimas expiatorias en los holocaustos de los campos de exterminio. El enfoque anticomunista que como telón de fondo impregnó el conflicto refuerza el planteamiento ideológico. Desgraciadamente han sido muchos quienes, huyendo hacia el exilio por Francia, han dado con sus huesos en Mauthausen. El teatro ya ha tratado con anterioridad estos trágicos sucesos –el libro de Benito Bermejo y Sandra Checa abrió muchas puertas–, casi siempre con un planteamiento documental, revelador y socialmente catártico. El trabajo de campo, la recogida de testimonios y la Ley de Memoria Histórica son también herramientas que forman parte del proceso. La pieza Mauthausen de Pilar Almansa se suma así a la lista de espectáculos ya conocidos con la peculiaridad de hacerlo con humor, ternura y una picaresca de supervivencia que sortea de la mejor manera la perniciosa y manida retórica del victimismo. Algo que es muy de agradecer y que, por otra parte, tampoco es nuevo en este “genero”, si pensamos que en 1940, en el cine (y salvando todas las distancias imaginables), El gran dictador, avant la lettre y con el grueso de la tragedia aún por caer, abría la espita en esta dirección.

Mauthausen llega a Asturias tras dos años largos de singladura y con el reconocimiento unánime del público y la crítica. Su sencillez de planteamiento y el excelente trabajo de Inma González como el bululú que nos cuenta la vida de su abuelo Manuel, es la gran baza de esta pieza que consigue ganarse a todos los espectadores, sin distinción de edad ni condición social. Su efigie de niño grande con cara de picaruelo con la gorra puesta al revés, acentúa su encanto y seducción. El que sea una actriz con apariencia de niño representando a un adulto propicia el fundido y la poética de intercambios que hace que veamos al nieto en el lugar del abuelo. Manuel, el malagueño que “se salvó de milagro”, describe su periplo a través de la guerra, los campos de refugiados franceses, la vendimia, Mauthausen, las canteras con los Pochaca y un campamento de inválidos… sin animadversión política ni odio de ningún tipo. Tan sólo con la esperanza del joven buscavidas que se defiende de la cotidianidad infernal con el aliento de las pequeñas alegrías, un partido de fútbol o el enamorarse de quien después será su esposa, a partir de la fotografía que le enseña un compañero de infortunio.

Inma González y Pilar Almansa como directora, se lanzan a esta introspección familiar con una propuesta asentada en la oralidad y en una épica que es muy específica del teatro, consiguiendo un gran potencial evocador con unas acciones mínimas que son poco más que un esbozo. La belleza de la iluminación de Jesús Antón acierta igualmente con unas luciérnagas entre tinieblas colgadas de un cable entre dos pértigas, con distintos planos y niveles para cada momento. Al igual que la música original de Luis Miguel Lucas que envuelve dramáticamente las transiciones, para que a  ciertos cuadros no les falte detalle. Manuel el malagueño, el abuelo de Inma, tuvo la mala suerte de pasar por Mauthausen, pero también la fortuna de tener una vida prolija en hijos y retoños, y la buena estrella de contar con una nieta artista que le rinde un homenaje –a él y todas las víctimas anónimas que se le parecen– con un espectáculo tan hermoso como el presente. Algo que, evidentemente, no es baladí, porque la creatividad ni se puede comprar ni está al alcance de cualquiera.

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