La espera como destino

El 'Esperando a Godot' que dirige Antonio Simón suaviza la exasperante inercia de provocación del texto de Samuel Beckett y realza el valor recreativo y circense que también contiene.

Recomendados

Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

Esperando a Godot, de Samuel Beckett

Dirección: Antonio Simón

Intérpretes: Pepe Viyuela, Alberto Jiménez, Fernando Albizu, Juan Díaz y Jesús Lavi

Escenografía: Paco Azorín

Estamos tan familiarizados con la deconstrucción, las pausas y la falla argumental que somos incapaces de hacernos una idea precisa del impacto que supuso en 1953 el estreno de Esperando a Godot. Su irrupción en la escena  fue un golpe bajo al teatro bienintencionado, a las convenciones dramáticas en su línea de flotación más estable y al público, que incapaz de encajar  el revés con humor y deportividad señaló la pieza como “apta” sólo para minorías. El premio Nobel concedido a Samuel Beckett acrecentó su prestigio en el ámbito académico, aunque le colgó el sambenito de “teatro del absurdo”, etiqueta tan confusa como escurridiza, que sirvió sólo –con gran éxito mediático, eso sí– para cobijar a una serie de autores distanciados del planteamiento realista. Vista hoy Esperando a Godot, al margen del prurito cultural con que la envolvemos y del acontecimiento histórico-subversivo que representa, la pieza dirigida por Antonio Simón suaviza su exasperante inercia de provocación y realza el valor recreativo y circense que también contiene, y que es uno de los asideros seguros a los que agarrarse. El espectador sigue la obra con la curiosidad del esteta que le saca partido al humor y al arte del intérprete. Al fin y al cabo hace ya tiempo que hemos somatizado la espera y el “impasse” como unidad de destino, y que el vaciado argumental, la intrascendencia y la ausencia de catarsis  redentora, forman parte sustancial de nuestras vidas.

Vi un ensayo general de este Esperando a Godot la víspera de su estreno, hace más de un año, y ya entonces se apartaba de la mejor manera del tono seco y desabrido con que de ordinario se la representa. El temperamento y carácter de Alberto Jiménez y Pepe Viyuela, su mucho oficio y maña, llevaban la pieza a su terreno y le daban un plus de ironía con la que conseguían un humor muy reconfortante. Con el paso del tiempo y las representaciones, la interpretación ha ganado en matices enriqueciéndose con pequeñas incursiones de solista –Pepe Viyuela (Estragón), por ejemplo, pasándole la silla a Pozzo– y otros desmarques muy amenos y divertidos. Siempre se ha señalado la influencia de Buster Keaton y otros clásicos de la pantalla en esta pareja de vagabundos, pero aquí los personajes están abocados a la referencialidad de los actores protagonistas. Porque Viyuela tiene su identidad y sus gags peculiares, y Alberto (Vladimir), tan bragado en teatro de cualquier pelaje, un humor muy suyo, sobrio y enigmático. Fernando Albizu (Pozzo) y Juan Díaz (Lucky) teatralizan con violencia circense el brutal viacrucis de la sumisión y la explotación, y aciertan de pleno con la parodia de nuestras miserias, la ruina del pensamiento y la  inteligencia.

Pero lo que sin duda quedará en la memoria de los espectadores además de los intérpretes, será la extraordinaria escenografía de Paco Azorín. Esa encrucijada de vías muertas y retorcidas con sensación de abandono y orfandad, de tren fantasma y de viaje a ninguna parte. El tren al que esperamos en vano una y otra vez y que, al igual que ocurre con Godot, nunca llega. Evidentemente hay otras maneras de representar esta pieza, pero la propuesta desenfadada de Antonio Simón vale como la que más.

- Publicidad -spot_img

Actualidad

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here