¡Es la ecología, estúpido!

¿Cómo plantear una política ecologista sin caer en el catastrofismo ni en el cinismo?

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Christian Ferreiro
Christian Ferreiro
Graduado en Filosofía por la Universidá d'Uviéu. Esperando ser docente de secundaria en un futuro no muy lejano.

A largo plazo, estaremos todos muertos”, decía John Maynard Keynes (1883-1946), precursor de la economía del Estado del bienestar. El británico siempre decía que el horizonte temporal de cualquier economista no debía ir más allá de los próximos 10-20 años. Pues bien, “Keynes ha muerto” (decía André Gorz ya en 1980). En nuestro contexto actual, la economía de crecimiento cuantitativo –es decir, la economía basada en el aumento del porcentaje del Producto Interior Bruto año tras año­­– va en contra de los límites biofísicos del planeta.

Lema de campaña de Bill Clinton en 1992: “The economy, stupid”. Foto: blog.iese.edu

Si bien es cierto, por un lado, que la teoría económica de libre mercado centra sus esfuerzos en el individuo y su bienestar privado, egocéntrico –literalmente: el ‘yo’ en el centro–, por otro lado, la ecología nos permite dar cuenta de las limitaciones de dicha economía y poner el foco en sus consecuencias más allá de la propia economía. La ecología nos permite entender que la economía destruye más que produce: “¡Es la ecología, estúpido!”.

¿Es (ya) deseable una sociedad de crecimiento?

Vivimos en sociedades de crecimiento, basadas en economías de crecimiento. Estas economías se basan, a su vez, en amoldarse a una serie de indicadores: aumento del consumo promedio por persona, producción de bienes y servicios, maximizar los beneficios y minimizar los costes… Además, la ética de estas sociedades, tal como señaló Anthony Giddens, tiende a seguir un principio productivista en el que “el factor trabajo asalariado que se desempeñe justifica otros ámbitos de la vida”. La economía, por tanto, da sentido a la vida.

Pero, ¿son ya deseables? Hay razones para decir que no: genera un aumento de las desigualdades, un bienestar ilusorio y, además, no les asegura ni a los más privilegiados un futuro posible. Degradación de la calidad de vida, enfermedades derivadas, pandemias, desaparición de especies vegetales y animales esenciales o desorden climático son solo algunas de las consecuencias más visibles de la crisis ecosocial que ya está en camino.

Sin embargo, se necesitan (además) pasiones. Mark Fisher decía que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, y esta idea nos ha calado hasta los huesos. Hemos de tener esto muy en cuenta para plantear cualquier política radical, que vaya a la raíz del problema. Por ello, hay que estar alerta ante los catastrofismos, que llevan al inmovilismo y a la inacción, y las conspiranoias, que llevan al cinismo. Ambos escenarios, catastrofismo y conspiranoia, son el caldo de cultivo de la extrema derecha.

¿Es (ya) deseable una sociedad de decrecimiento?

La idea de una sociedad de decrecimiento comenzó a perfilarse con el informe Los límites del crecimiento (1972), encargado por el Club de Roma al MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts), en el que se exponía que, si no se detenían las tendencias de aumento de población, de producción industrial, de contaminación y de agotamiento de recursos hasta un estado estacionario –es decir, un estado en el que la norma sea el equilibrio, y no el aumento sin límites–, la especie humana se encontraría en una situación crítica sobrepasando los límites biofísicos del planeta. El capitalismo siempre fue un sistema económico sostenido sobre el principio de crecimiento económico perpetuo; pero no entenderíamos nada si obviamos que es también, y fundamentalmente, una civilización, un orden en el que las relaciones económicas y la ganancia monetaria son el objetivo central de la vida.

Hoy, el decrecimiento no es un ideal o un principio, sino una necesidad. Pero, ¿es deseable? La sociedad de crecimiento se funda sobre los mitos, deseos e imaginarios colectivos de la modernidad: el sujeto meritocrático, con su esquema de premios-reconocimiento y promesa de felicidad y prosperidad. Y estos mitos están unidos a la idea de una economía de crecimiento: así es como el capitalismo tiende la trampa del crecimiento. Toda política de decrecimiento, por tanto, tiene que partir necesariamente de la cuestión del deseo. André Gorz nos preguntaría hoy: “¿Es posible transformar aquello que es social y ecológicamente necesario en un deseo con fuerza normativa?”

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