Novedades sobre los asturianos en los campos de concentración de la Alemania nazi

Se han podido añadir siete nuevos deportados asturianos a campos de concentración nazis a los 181 ya registrados

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Antonio Muñoz
Antonio Muñoz
Es Investigador del Instituto de Ciências Sociais da Universidade de Lisboa

Entre julio y octubre de 1937, más de 50.000 asturianos abandonaron por mar su tierra, unos para seguir combatiendo a los insurrectos, la mayoría huyendo de la represión del ejército nacional que desde el este avanzaba hacia el área central de la región, último reducto de la República en el norte. Finalizada la guerra, solo una parte de aquella masa de refugiados del año 37 pudo regresar a Asturias. El resto habían muerto en el campo de batalla, estaban cumpliendo penas en cárceles o campos de concentración franquistas o habían abandonado el país.

El exilio provocado por la guerra civil tuvo un enorme impacto económico, demográfico y cultural para Asturias. Pese a ello, es muy poco lo que sabemos de él. La historia del exilio republicano no ha sido estudiada en profundidad y no forma parte de la memoria colectiva de la Asturias actual. Si se pide a los paseantes por el centro de Oviedo que identifiquen a algún exiliado asturiano, la inmensa mayoría no sabrá responder. Pareciera que aquel éxodo hubiera sido cubierto por muchas capas de olvido y también de misterio. No deja de ser irónico que conozcamos los nombres de los barcos usados para la evacuación de Asturias en 1937, pero ignoremos los de casi todas las personas que se apiñaban en sus bodegas y cubiertas. Ni siquiera disponemos de una lista completa de los más de 1.000 “niños de la guerra” enviados a la URSS. Como no sabemos casi nada de los asturianos que pasaron a Francia desde Cataluña en 1939, excepción hecha de un puñado de políticos e intelectuales que acabaron en América, de algunos héroes de la Resistencia y de algunos deportados a los campos de concentración nazis.

Liberación del campo de Mauthausen

La falta de atención en Asturias hacia sus exiliados de la guerra civil es una rareza en la España de las autonomías. Desde hace años, en Andalucía la Junta impulsa estudios sobre el exilio, hay en todas las provincias monumentos a los deportados, y la Universidad de Almería ha realizado un censo de los 20.000 exiliados andaluces.

En Cataluña, existe desde 2007 un Museo del Exilio,  y los lugares de la memoria dedicados a la Retirada de 1939 son incontables. Además, la Generalitat impulsa a través del Memorial Democràtic una enorme cantidad de iniciativas en torno a la memoria del exilio y su web ofrece informaciones sobre refugiados en Cataluña durante la guerra, exiliados y deportados. En Galicia, un proyecto interuniversitario financiado por la Xunta documentó en 2006 de manera exhaustiva la represión franquista y el exilio, mientras que el Consello da Cultura Galega realizó hace ya veinte años un estudio biográfico de cada uno de los 2.000 gallegos exiliados. En Valencia, Aragón, Extremadura o País Vasco existen estudios y censos de exiliados y deportados.  

El desinterés oficial sobre el exilio asturiano ha ido de la mano de la inexistencia de una política de memoria democrática merecedora de tal nombre. Mientras que muchas Comunidades Autónomas entendieron, a partir del año 2000, que era importante y necesario debatir en el espacio público sobre las consecuencias de la guerra civil y la dictadura, el Principado consideró que ese no era el camino a seguir para nuestra región. Es cierto que el gobierno asturiano impulsó algunos proyectos valiosos como el plan de localización de fosas de la guerra civil. Pero tras el fogonazo de la “memoria histórica” de la época de Zapatero, la yerba volvió a crecer sobre las políticas del pasado en Asturias. En esencia, la forma en que el Principado gestiona la memoria pública de la guerra civil y la dictadura nunca ha cambiado, es la misma desde hace cuarenta años. Su inagotable fuente de inspiración es el “espíritu de concordia” que habría hecho posible la Transición, con el corolario de echar al olvido un pasado traumático cuya evocación únicamente serviría para “reabrir heridas” y sembrar discordia entre españoles.

La Asturias de la desmemoria histórica

La elección consciente del Principado de no implementar una política pública de gestión del pasado hubiera convertido a la Asturias del siglo XXI en la aldea de Astérix de la “desmemoria histórica” de no haber sido por el impulso de la sociedad civil. Desde la Universidad de Oviedo hasta fundaciones ligadas a organizaciones de izquierdas, pasando por asociaciones memorialistas, investigadores de historia local, novelistas y periodistas, se pusieron en marcha proyectos de investigación, se promovieron la creación de espacios de memoria, se organizaron homenajes a los combatientes antifascistas y a los exiliados, y se publicaron artículos, estudios o novelas sobre diversas facetas de la guerra civil y el franquismo. Todo ello contribuyó a difundir entre la sociedad asturiana el conocimiento sobre nuestro pasado reciente y sirvió además para crear una presión positiva sobre el Principado, que en los últimos tiempos se ha visto obligado a revisar su tradicional política de avestruz en el ámbito de la memoria histórica.

En julio de 2019, Adrián Barbón firmó sus primeros decretos como presidente del Principado en la misma mesa en que Belarmino Tomás rubricó en 1937, como presidente del Consejo Soberano de Asturias y León, las órdenes para la desesperada defensa de la región y la evacuación de la población. En el bizarro microcosmos amnésico astur, este gesto de Barbón llamó poderosamente la atención y fue interpretado como un claro mensaje de la voluntad del nuevo presidente de pasar página a las políticas de memoria histórica de sus predecesores. La creación de una Dirección General de Emigración y Memoria Democrática ha sido por ahora la principal medida en esa dirección. En tiempos de pandemia, la actividad del organismo público ha sido forzadamente modesta, pero no cabe duda de que sus responsables tienen objetivos ambiciosos y desean colaborar con la sociedad civil que hasta ahora ha portado la antorcha de la memoria democrática en Asturias. 

Vivimos quizá el principio del fin de la desmemoria sobre el exilio asturiano y el inicio de un largo camino poblado de publicaciones, homenajes públicos a los supervivientes, listas de exiliados de cada concejo, placas conmemorativas en algunos colegios con los nombres de los “niños de la guerra” de la localidad, y hasta una iconografía original que sirva para popularizar entre los asturianos el éxodo de 1937. Probablemente, con la memoria de los deportados a los campos de concentración se escriban las primeras páginas de un nuevo relato oficial del exilio asturiano. En este punto, la colaboración del Principado con la sociedad civil resultará esencial. En contraste con otras regiones, en Asturias los poderes públicos no impulsaron investigaciones sobre los deportados. Todo cuanto se ha avanzado en el conocimiento de los asturianos en el Holocausto se debe a familiares de los propios deportados, como los de Benjamín Álvarez Carcedo, que publicaron su biografía, a periodistas como Xuan Santori con su libro sobre Vicente García Riestra, o a proyectos de investigación y difusión como los impulsados por el Grupo Eleuterio Quintanilla y Deportados Asturianos, que desde su creación en 2020 ha sacado a la luz historias de vida de decenas de antifascistas represaliados por el nazismo.  

Siete nueve deportados

Como colaborador informal del Grupo Eleuterio Quintanilla y de Deportados Asturianos, el autor de estas líneas hace su aportación a la investigación, por ejemplo, localizando a deportados asturianos desconocidos hasta ahora. Gracias fundamentalmente al Archivo Arolsen, el mayor centro documental del mundo sobre víctimas del nazismo, se han podido añadir hasta ahora siete nuevos deportados asturianos a la lista de 181 registrados en el Libro Memorial: deportados españoles en los campos nazis (1940-1945), publicado por el Ministerio de Cultura en 2006 y hasta hoy la fuente más autorizada sobre la deportación de republicanos españoles. A continuación presentamos a estos deportados asturianos, que algún día deberán engrosar la lista oficial de víctimas asturianas del nazismo a las que el Principado rendirá honores.

Juan Mateo

Nació en Mieres en 1924. Siendo un niño emigró junto a su familia a Francia, donde se naturalizó francés. Trabajaba en Nuremberg cuando en 1943 fue detenido y enviado a Dachau. Sobrevivió y regresó a Francia.

Nicolás Álvarez

Foto: Arolsen Archives.

Nació en Turón (Mieres) en 1920. Probablemente emigró con su familia a Francia, donde se habría naturalizado francés. En 1944 fue detenido en París y deportado a Buchenwald.

Isidro Álvarez Martínez

Nació en Cuba en 1900. Con toda probabilidad pertenecía a una familia de indianos. Se casó en Gijón, residió hasta la guerra civil en la zona noble de la ciudad y era funcionario de Correos. Se exilió en Francia, desde donde fue deportado en 1943 a Sachsenhausen. Sobrevivió y regresó a Gijón.  

José García

En el Libro Memorial aparece como natural de Morella (Castellón). Ahora sabemos que nació en Moreda de Aller. También sabemos ahora que falleció en un hospital alemán a finales de 1946, sin duda como consecuencia de las secuelas de su cautiverio en Dachau.  

Rafael González Costales

En el Libro Memorial aparece sin datos sobre su procedencia. Ahora sabemos que nació en Gijón en 1917. Tras la guerra civil se exilió en Francia, desde donde fue deportado en 1944 a Neuengamme. Sobrevivió y regresó a España.

Luis Valdés

En el Libro Memorial aparece sin datos de su procedencia. Ahora sabemos que nació Asturias en 1914. Fue deportado desde Francia a Neuengamme en 1944. Con toda probabilidad falleció antes de la liberación del campo. 

Enrique Sansón

En el Libro Memorial aparece sin datos sobre su procedencia. Ahora sabemos que nació en Arnao (Castrillón). Era probablemente hijo de un ingeniero francés de la mina de Arnao. Fue detenido en Francia y deportado a Neuengamme en 1944. Fue luego transferido a Sachsenhausen y a Mauthausen. Sobrevivió y regresó a Francia.    

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